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Full text of "La sirena negra, novela"

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LA SIRENA NEGRA 



lio 

EMILIA PARDO BAZAN 



LA 

SIRENA NEGRA 

NOVELA 




MADRID 

M. PÉREZ VILLAVICENCIO, EDITOR 

REINA, NÚM. 33 
1908 



Es propiedad. 
Queda hecho el depósito que marca la ley. 



Tipografía de Archivos. 



I 



En la esquina de la Red de San Luis y el 
Caballero de Gracia, me separé del grupo que 
venía conmigo desde el teatro de Apolo, donde 
acabábamos de asistir á un estreno afortunado. 
Si hablase en alta voz, hubiese dicho «grupo 
de amigos», pero, para mi sayo, ¿qué necesi- 
dad tengo de edulcorar la infusión? Espero no 
poseer amigo ninguno; no tanto por culpa de 
los que pudieran serlo, cuanto por la mía. Si 
alguna vez me he dejado llevar del deseo de 
comunicación, de expansión, de registrarme el 
alma y enseñar un poco de su obscuro conte- 
nido — á la media hora de hacerlo estaba co- 
rrido y pesaroso, según estaría un sacerdote 



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EMILIA PARDO BAZAN 



hebreo que hubiese permitido á un profano 
tocar al arca de alianza. 

Por lo mismo, me guardé de terciar en la po- 
lémica que armaron sobre «la idea» de la obra. 
La tal idea es ya para mí una persona de toda 
confianza: por sexta vez en este invierno la 
aprovecha un autor. Según los recitados, can- 
tares y diálogos de la zarzuelilla, la vida es 
buena, la alegría es santa y los que no andan 
por ahí chorreando satisfacción son unos po- 
rros. No sé por qué (acaso por efecto de la 
discusión trabada entre los del grupo, y que 
me golpeó en el cerebro con redoble de marti- 
llazos secos y ligeros sobre una placa sonora), 
la cuestión, en aquel momento, me preocu- 
paba. Ningún problema, para el que vive, re- 
vestirá mayor interés que este de la calidad de 
la vida. 

Y, aunque preocupado, mediante la facultad 
de desdoblamiento que poseemos los medi- 
tativos sensuales, no dejaba yo de notar una 
serie de insignificantes circunstancias. Bajo 
mis pisadas, la acera resonaba metálicamente. 
La noche era límpida; el frío, puñalero; y al 



LA SIRENA NEGRA 



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abrigo del tapabocas de malla de seda, mi res- 
piración se liquidaba en gotitas glaciales, hu- 
medeciendo la barba. Se me ocurrió tomar un 
coche; después opté por seguir andando. El 
frío duro me activaba el pensar, y en aquel 
mismo instante decidí plantearme yo el proble- 
ma, aprovechando todas las ocasiones de ca- 
minar hacia su resolución, no en beneficio del 
género humano, sino para mi gobierno tan sólo. 
El «género humano» es el vocablo más vacío 
de sentido; no hay humanidad, hay hombres. 
Si algo se afirma del género humano, los hom- 
bres se encargan de desmentir al punto la afir- 
mación. Rumiando estas afirmaciones, saqué 
el pañuelo y sequé las esférulas que me aljofa- 
raban la barba, impregnada de brillantina olo- 
rosa. 

Al entrar en la calle de Jacometrezo, inte- 
rrumpió mis cavilaciones una criatura de man- 
tón gris, de ojeras carbonadas. ¿Qué opinará 
del vivir esta mujer, á quien rechazo con fasti- 
dio como á una mosca? No necesito pregun- 
tar: si hay algo previsto, conocido, de psicolo- 
gía rudimentaria, es el poso del ánimo de estas 



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galantes callejeras. Las llaman de la vida, por 
antonomasia, y, á más, de la vida alegre. Para 
olvidar un instante lo alegre de su vida, fu- 
man, gritan, riñen, se embeodan, insultan, — y 
su ideal, su dorado sueño, es acostarse tem- 
prano y dormir á pierna suelta. 

Cien pasos más allá, el sereno se inclina so- 
bre un hombre espatarrado en el suelo. A mi 
ademán auxiliador y á mi pregunta, el vigi- 
lante responde solícito para mí y compasiva- 
mente desdeñoso para el caído. Nada, lo diario: 
un borracho que todas las noches se tumba 
exactamente en esa rinconada misma... Nunca 
llega á su casa, que dista dos pasos... Y es 
lástima de él: un carpintero, perito en su oficio, 
con cinco chiquillos que caben debajo de una 
cesta... 

Cuando le enderezamos, algo líquido, vis- 
coso, resbaló por mi mano, que sacudí con 
repugnancia. Era sangre. «Está herido» — ad- 
vertí al sereno; y le llevamos con mayores 
precauciones á su morada, edificio angosto y 
caduco, de esos que abundan en las vías más 
céntricas del Madrid viejo. Salió la esposa, 



LA SIRENA NEGRA 



I I 



abotargada de sueño, desgreñada: vió la rotura 
de la cabeza de su marido, y maldijo y se des- 
dicho: «¡Gaste usted ahora en médicos y boti- 
ca!» Al oir los consuelos negativos del sereno, 
— en vez de un herido, pudiéramos traer un 
difunto, si el filo de la acera le coge de otro 
modo — renegó la comadre: «A un difunto no 
le duele ná. El dice siempre que los probes 
nunca estamos mejor que difuntos»... 

Dejé un duro para botica y pedí un poco de 
agua para lavarme la mano maculada. Me 
sacaron de la trastienda una palangana tan 
negruzca, que opté por tamponarme sencilla- 
mente con mi pañuelo. Me alejé, sintiendo un 
escozor irritado, un enojo sordo. La noche 
no me ofrecía sino impresiones «de color som- 
brío», como las palabras leídas por el Dante so- 
bre el dintel de la puerta del infierno. Sin em- 
bargo, de análogas impresiones se sacan obri- 
llas aplaudidas, donde el vicio y la borrachera 
son temas regocijados. Debe de consistir la sabi- 
duría en mirar todas las cosas desde un punto 
de vista gayo y saltarín; de seguro yo no sé co- 
locarme en él: peor para mí, ¡qué demonio! 



í 2 



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Todavía me dirigí otro reproche. Aunque no 
creo en la humanidad, concepto hueco, pala- 
bra de meeting, un instinto de estética moral 
me induce á mostrarme piadoso con los des- 
graciados y los insignificantes, cuando me los 
encuentro al paso. Me pesaba de no haberme 
quedado velando al carpintero, de no haber 
buscado para él un médico y remedios y hasta 
de no haberle dado consejos sobre la mala 
costumbre del alcohol. ¿Causas de mi absten- 
ción? Dos, que voy á declarar. La primera, una 
especie de pudor vergonzoso de practicar eso 
que se llama el bien, la beneficencia, y que no 
comprendo en relativo, sino en absoluto— dedi- 
cando á ello la existencia toda. — El hacer algo 
caritativo acarrea el que se apeguen á uno ca- 
ninamente, ó siquiera el que le den á uno gra- 
cias y le ensalcen por su bondad, otras tantas 
mentiras, pues privarse de lo que nos sobra 
¿qué bondad revela? — La segunda, un miedo 
á la acción, que no puedo (ni quiero) vencer. 
La acción es enemiga de los ensueños y re- 
flexiones, en que encuentro atractivo singular. 
Ni hay acción tan noble como una idea: pen- 



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i'3 



sar lo que estoy pensando, vale más que correr 
á casa de Alejandro San Martín y traerle á la 
cabecera de un beodo que batió contra una 
piedra saliente. Pss! Allá él. Zurrapa más, zu- 
rrapa menos en la barrica... 

Encogiéndome de hombros, sigo hacia mi 
casa — sin prisa — .En la plazuela trabajan, 
á estas altas horas, obreros del alcantarillado y 
del Canal. Según parece, su labor no puede 
interrumpirse. Un arroyo de agua helada corre 
bajo sus pies. Para no quedarse hechos unos 
carámbanos, han encendido un brasero, aí 
cual por turno se arriman, resoplando y es- 
tirando las manos engarrotadas. Para impe- 
dir que los transeúntes sufran percances, han 
colgado un farolito avisador sobre los ado- 
quines arrancados y apilados. Antes que de- 
dicarse á tal labor, ¿no preferiría yo... otra 
cosa? Será que ellos también, como las co- 
ristas q»ue desafinaban hace una hora en Apolo, 
entienden que la vida es 

muy rica y buena, 

prenda divina 

de encantos llena...? 



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EMILIA PARDO BAZAN 



Un poco más adelante — tropiezo que pu- 
diera ser divertido — avanzan por la acera , 
pegadas al caserío, recelosas, dos mujeres no 
mal vestidas, pulcramente calzadas. Las reco- 
nozco: son las modistas del tercero de mi casa, 
muchachas de San Sebastián, que han venido 
á establecerse en Madrid. Suelo encontrárme- 
las en la escalera. La mayor es agraciada, 
fresca aún, á pesar del trabajo y del seden- 
tarismo. La menor es coja; su pierna des- 
igual la hace pegar saltos de codorniz, asaz 
ridículos. Emparejo con ellas y las ofrezco 
mi compañía: se me antoja saber si resuel- 
ven que la vida es buena. Ellas suponen que 
voy con otro fin, fin condenable y gustoso. 
La mayor se atribuye la conquista; la coja, 
en su humildad de lisiada, nunca imagina 
que tales cosas vayan con ella. Para en- 
trar en materia, las pregunto si están conten- 
tas de Madrid y qué tal marchan sus nego- 
cios. 

— Regular. Por ahora, no sabemos... Las 
señoras son tan raras! Hasta que nos acostum- 
bremos á sus caprichos... 



LA SIRENA NEGRA l5 

De dónde venían? — ¡Casualidad más sor- 
prendente! Del mismo teatro que yo, sólo que 
á la salida unas amigas las habían convidado á 
chocolate... ¿El estreno? Bonito; música muy 
animada. 

— Y qué opinan ustedes de eso de que la vida 
es buena? Pilita... Manola... ¿Están ustedes 
contentas de haber nacido? 

La pregunta fué contestada con risas y di- 
chetes. Creían que bromeaba, y no se queda- 
ban atrás. Probablemente (después se me ha 
ocurrido) estas dos abejas cuyo dardo es la 
aguja no se encuentran desgraciadas. Yo sí que 
me encontré cándido al elegir para mi indaga- 
toria tales sujetos. A fin de desviar la conver- 
sación, las dirigí unos cuantos requiebros in- 
sulsos, antes de dejarlas á la puerta de mi 
domicilio. Subir con ellas de bracero, era una 
pacheca insoportable, y preferí callejear un 
poco todavía. 

No sé qué tienen, en las horas que preceden 
al amanecer, sobre todo en invierno, cuando la 
noche es más noche, las calles de una capital 
populosa. Detrás de las imponentes puertas de 



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los palacios; detrás de las ventanas, parecidas 
á ojos que dejaron caer sus párpados al ador- 
mirse, — qué infinito de misterio! ¿Por qué esta 
suspensión de la vida, en toda la ciudad á la 
vez? — La multitud recogida en sus dormito- 
rios, míseros ó confortables, ¿no está real- 
mente como si hubiese muerto? ¿No es cada 
alcoba, cerrada y tibia, una antesala del sepul- 
cro? Y este silencio, esta paz letal de la noche, 
¿no es el único período delicioso, dulce, apa- 
cible de las veinticuatro horas que tejen el giro 
diurno? 

Cuando, por casualidad, el trasnochador se 
cruza con otro trasnochador, ¿no sienten los 
dos un movimiento de desconfianza, de me- 
drosa curiosidad? Sólo velan y sólo ambulan 
fuera del nicho de sus dormitorios las almas 
perdidas por la miseria, por la delincuencia ó 
por el amor clandestino. Si veo á un trasno- 
chador derrotado, mendigo ó malhechor; si á 
un burgués bien trajeado, de tapabocas, su- 
bido el cuello del gabán, amante oculto. Y el 
caso es que yo no soy lo uno ni lo otro, y tam- 
bién vago, transido y envarado de frío ya, de 



LA SIRENA NEGRA 



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ese frío matinal, tórpido, que no es como el 
del anochecer, porque se complica con el ago- 
tamiento nervioso, cansado por el insomnio. 
— Esta reflexión me hace detenerme al pie de 
la blanca fachada, correcta, tranquilizadora, 
del teatro Real. — ¿Qué hago en las calles, dando 
diente con diente? ¿No tengo mi alcoba, tan si- 
lenciosa, tan recogida, mi cama tan cómoda, 
de dorado bronce, con un sommier y un col- 
chón que convidan á tenderse en ellos, con un 
edredón relleno de plumón de ánade, que ha- 
laga sin pesar, que al apoyar en él la palma, 
brinca y se hunde fofo para volver á erguirse 
inflado? 

— ¿Cuántos me lo envidiarían? — pensé; pero 
ai iniciar la retirada hacia mi agujero, me faltó 
fuerza de voluntad y seguí calle del Arenal ade- 
lante. Una transparencia lívida se difundía en el 
firmamento: el amanecer. — La iglesia parro- 
quial abría sus puertas para la primera misa. 
Subí la escalera, crucé el atrio, me deslicé en 
la sacristía penumbrosa, — y por una puerte- 
ciüa entré en la nave. El contacto de la recia 
estera fué simpático á mis pies, que, á pesar de 

La sirena negra. 2 



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EMILIA PARDO PAZAN 



la caminata, eran dos montones de granizo. En 
un rincón, un banco se ofreció á mi fatiga; me 
dejé caer en él; y, sin ser poderoso á resistir, 
rendido, exánime, cedí á un letargo repentino, 
de esos que saltean al jinete sobre su montura, 
al timonel con la mano en la caña. 

Al despertar, siendo ya día claro, no sabía 
dónde estaba, y fué grande mi asombro cuando 
vi de soslayo el retablo del altar mayor y á mi 
lado un pulpito. A decir toda la verdad, des- 
perté porque el sacristán me dió palmadas en 
un hombro, y me silabeó en el hueco del oído un 
«pssitt ¡eh! ¡caballero!» bastante encolerizado. 
Parece que existe y está clasificada la variedad 
de los trasnochadores que gustan de descabe- 
zar un sueño en el apacible recinto de las igle- 
sias á la madrugada, y que los monagos abri- 
gan contra esta ralea justificada prevención y 
la corren como á los perros intrusos. 

Hice mis genuflexiones y salí del templo 
enervado, con el malestar del insatisfecho, de 
la función fisiológica interrumpida. Bebí en 
cualquier sitio un vaso de café caliente para 
despabilarme, y, al contrario, diríase que au- 



LA SIRENA NEGRA 



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mentó mi afán de reposo, mi nostalgia de la 
muerte temporal, mi sed de la nada. Salté den- 
tro de un alquilón y di mis señas. Amodorrado 
y cabeceando contra mi pecho en el ángulo del 
clarens, donde no me atrevía á recostarme te- 
meroso de la impureza promiscua depositada 
allí por tantas cabezas, iba pensando que es una 
niñería humana el temer á ciertos modos de 
morir, pues muérase como se muera, ello es 
que descansamos. El sueño que yo buscaba en 
mi alcoba, donde no faltan refinamientos, no iba 
á ser más dulce y total que el hurtado sobre 
duro banco en el rincón de una iglesia. Tomado 
ya el sueño, logrado el aniquilamiento, ¿qué 
importan precedentes? 

Entré con mi llavín; los criados seguramente 
no se habrían levantado; mi hermana, menos; 
la casa estaba muda. Encendí mi serpentina de 
gas fluido, y á los cuatro minutos tuve agua 
caliente para las abluciones. Enjabonado, pa- 
sada la esponja de mil ojos, enjuto, reaccio- 
nado, me vestí el camisón, y llegó el momento 
mágico de alzar las ropas y deslizarse, ágil y 
desmadejado á un tiempo, en el ancha cama, 



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suspirando de placer. La frialdad de las sába- 
nas cede á la corriente de calor que pronto es- 
tablece el cuerpo; el colchón rebota con suave 
elasticidad al dar yo vuelta y arroparme; los 
ruidos de la calle se extinguen para mí... Por 
última vez, suspiro de bienestar... Duermo. 



H 



Mi hermana Camila tiene, acerca de mí, pro- 
yectos matrimoniales. Creo que es el caso ge- 
neral de todas las hermanas, á menos que sea 
el contrario — , un odio corso á cualquier ser 
femenino que su hermano distinga. 

Propala mi hermana que ha sido muy feliz 
en su matrimonio; y no lo dudo, entre otras 
razones, porque la unión duró cinco ó seis 
años, y mi cuñado estuvo dos de ellos en Cuba, 
arreglando negocios pendientes. Si Camila fuese 
franca, confesaría que es ahora cuando lo pasa 
bien; pero, ¿y la pose de viuda inconsolable? 
¿Quién se la quita? Una vez, anualmente, in- 
consolable la proclama la cuarta plana de La 
Correspondencia, en la esquela más cara y es- 
paciosa de las que allí se publican. Aquel día y 



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EMILIA PARDO BAZAN 



la viuda encarga misas en diversas parroquias. 
Por la tarde, una docena de amigos y parien- 
tes vienen á hacer el duelo á Camila; un duelo 
en que no se alude al finado, en que se mur- 
mura sin mostaza y se planean combinaciones 
de abonos para la temporada de primavera. Ya 
el año pasado, que acudió más gente, se sirvió 
té, con galletas (auténticas de Londres), y un 
revistero de sociedad anunció el jive. Ese día 
no falta ella nunca; y, generalmente, la veo 
cada semana dos ó tres veces, en el Real ó en 
mi casa, donde almuerza bastantes domingos. 

He subrayado ella, únicamente por no sin- 
gularizarme; por conformarme á los usos esta- 
blecidos en tales materias. Si miro hacia mi co- 
razón, ó adonde se cobijen los afectos, allí no 
la llamo ella, sino buenamente Trini. 

¿Su retrato? Ni bonita, ni fea. Hay menos 
beldades por ahí adelante de lo que las novelas 
y las planas á todo color de los semanarios ha- 
rían suponer. Tiene un defecto, la cara redon- 
da; un atractivo peculiar, la boca húmeda de 
juventud y dentada á maravilla. Es hija de un 
magistrado que fué íntimo de mi padre, que 



LA SIRENA NEGRA 23 

casó con una heredera opulenta de Aragón, y 
hubo de sus legítimas nupcias una hembra 
y dos varones. Si al fin me uno á Trini, de- 
beré á la gran Segadora verme libre de suegra 
y suegro. Los padres de Trini son honrados; 
les han hecho las honras, por cierto á todo 
lujo. Trini manda en sí y en su caudal y es 
modelo de «señoritas formales». Unas cuantas 
dueñas cotorronas , tertulianas de Camila, no 
se sacian de repetirlo, y protegen instintiva- 
mente la candidatura. A pesar de mi espíritu 
crítico y minucioso, conozco que Trini será 
una gran ama, no sólo de llaves, sino de sala 
y gabinete. Es fina, lista,, limpia, primorosa. 

Yo me acerco, me dejo caer, la hago unos 
asomos de corte; pero ni me derrito, ni acabo 
de decidirme á meter el pie en el agua. ¿Es 
que quiero á otra? — El lenguaje es una tela 
teñida de los colores primarios, chillones y sin 
degradación. ¿Existe, acaso, la escala de los 
matices verbales, justos, imperceptibles, que 
correspondan al matizado riquísimo del sentir? 
¿Cómo denominar lo que no he definido? 

La casualidad me ha puesto en relación con 



EMILIA PARDO BAZAN* 



una criatura miserable y desquiciada, á quien 
encontré en la antesala de un médico varias 
veces. Para dar idea del tipo de esta mujer, se- 
ría preciso evocar las histéricas de Goya, de 
palidez fosforescente, de pelo enfoscado en 
erizón, de pupilas como lagos de asfalto, donde 
duerme la tempestad romántica. El modesto 
manto de granadina, negro marco de la en- 
flaquecida faz, adquiere garbo de mantilla 
maja al rodear el crespo tejaroz que deja en 
sombra la frente. De la mano de la mujer se 
cuelga un niño como de cuatro á cinco años; 
un niño hechicero, travieso y cariñoso, por 
medio del cual entré en trato con la madre. El 
primer día en que les vi, su turno de consulta 
precedió al mío, y antes de dar pormenores de 
mi gastralgia, me enteré de si era grave el pa- 
decimiento de la cliente. 

— No me ha consultado para sí — contestó 
el doctor. — Se trataba del chiquillo. 

— ¡Pero si ella parece enfermísima! 

— Y lo está. Sólo que pertenece al número 
de las enfermas que no quieren hablar de su 
mal, suponiendo que si no le llaman por su 



LA SIRENA NEGRA 



25 



nombre, el mal no acude. No he visto mujer 
más impresionable. Me gustaría que se consul- 
tase, porque debe de ser un caso. 

La segunda vez, el doctor — mirándome con 
escama algo guasona, sorprendido de mi inte- 
rés por aquella esmirriada — amplió las noti- 
cias. Se llama Rita Quiñones, y vive estrecha- 
mente, con una criadita, en un piso bajo de la 
calle de San Lorenzo. No es casada. No es 
tampoco una mujer galante... Parece andalu- 
za. ¿Sus antecedentes? Ignorados. 

Al encontrarla de nuevo, conseguí hacer mi- 
gas, adulando al niño, acariciándole y regalán- 
dole bombones. Obtuve permiso para visitarla, 
á pretexto de llevar un juguete, y lo aprove- 
ché en seguida. Sin manto, con pañoleta de 
linó y encaje, raída á fuerza de lavados, y de- 
jando asomar por debajo de la falda de lana 
negra un pie combado, pequeño — era más 
marcada aún la semejanza con algunos de los 
inquietadores modelos del Sordo.— Me empeñé 
en que hablase de sí misma, y, en cierto lími- 
te, lo conseguí fácilmente: estaba en uno de 
esos días en que á los neuróticos se les sale 



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EMILIA PARDO BAZAN 



parte del alma por la boca. Según creí alean-, 
zar, mi visita, mi solicitud, la alborozaban; pa- 
recíanle caso de enamoramiento, y ella era mu- 
jer: sobre todo, mujer. No cometió, sin em- 
bargo, provocación ni grosería alguna, de esas 
que suelen gastar las decaídas: al contrario, me 
pareció notar que miraba con instintiva repul- 
sión las demasías, las materialidades. Su amor 
al niño era una mezcla de fiebre y ternura: le 
nombraba con compasión dolorosa, con pala- 
bras como las que se pronuncian á la cabecera 
del enfermo desahuciado, ó al apiadarse del reo 
que va á salir para el suplicio. Cuando le di el 
caballito de cartón, causa de transportes de 
júbilo, la madre murmuró: 

— Que se distraiga, que goce... Siquiera 
mientras pueda gozar, alma mía... 

Su voz es deliciosa, cristalina, menuda; su 
fraseo púdico y decente, en medio de la vehe- 
mencia de su expresión y del violento afán con 
que repite que es «mala», «muy mala». He 
aquí lo curioso y lo atrayente de esta mujer: 
no miente, es de las histéricas verídicas, que 
son las menos; calla, sí, algo, sin duda lo más 



LA SIRENA NEGRA 



2 7 



grave de su historia.— Es versátil. Lo que ayer 
sintió de un modo, lo siente mañana del opues- 
to; y del propio modo se trata á sí misma 
de maldita y de condenada, con la expresión 
más tétrica en los abismos de asfalto de sus 
grandes ojos, que se disculpa, se conmueve de 
lástima de sí propia. Me ha contado que nació 
en Cádiz; que su familia era antigua, y de las 
buenas, venida á menos; que después de apuros 
y miserias estuvieron en Manila varios años... 

— Empleado alguien? Su padre de usted..? 

Al nombre de su padre, los ojos hondos y 
calenturientos se velan como de una nube de 
humo... Sin duda el papá se mostró inhu- 
mano para ella; y continúa: 

— Sí, empleado fué... ¡Qué tierra aquella! 
Calor pegajoso... y está uno tan flojo, tan dé- 
bil... Falta el ánimo, todo le da á uno igual... 
A eso llaman aplatanarse... Luego nos volvi- 
mos á España... En Madrid nació Rafaelín, 
pobrecito mío... 

No me resuelvo á insistir . La veo tan desco- 
lorida, tan desencajada, que aplazo. He perci- 
bido que aquí está la clave... 



2§ 



EMILIA PARDO BAZAN 



Mes y medio hace que dura nuestra relación 
(se puede llamar relación á esto?) y ninguna 
tarde encuentro igual á Rita. Tan pronto canta 
y ríe infantilmente, como yace tendida en ua 
sofá forrado de damasco muy raído, languide- 
ciendo, casi sin aliento, en la angustia de la 
disnea. Un día me enseña el pañuelo estrellado 
de sangre; otro me pide violetas y dátiles y 
bruños secos, y se atraca como los chiquillos. 
Ya habla del amor con murmurio estático, ya 
lo diseca con buen sentido de abuelita septua- 
genaria, ó lo condena con crispaciones de re- 
pugnancia espiritualista. Y no hay ficción, no 
hay cálculo: lo que fluctúa en sus ojazos es 
el oleaje de su alma inquieta, torturada no sé 
por qué. Sólo dos sentimientos invariables en- 
cuentro en ella. El primero, la idolatría de su 
hijo. El segundo, un pavor, un sobresalto casi 
continuo, el miedo á la nada, á la disolución 
de su organismo. 

— Morir! — repite cogiéndome la mano con 
la suya, húmeda y ardorosa. — ¿Verdad que 
no me moriré? ¿Verdad que no es nada est» 
que tengo? No, no me repita usted lo que sepa 



LA SIRENA NEGRA 



por el médico; si yo no he querido consultar- 
le. Al fin, no le curan á uno. Prefiero no sa- 
ber... — Y cierra los pozos de sus ojos, y un 
estremecimiento sobrenatural corre por todo 
su cuerpo y se comunica al mío. 

— La he visto, la he visto pasar! — grita 
una tarde saltando del sofá, con las pupilas di- 
latadas — . Es una sombra grande, muy alta, 
que llega ai techo. ¡Ha salido por la puerta de 
mi alcoba y ahora acaba de desvanecerse en la 
del pasillo! ¿Pero usted no la ve..? ¿No ia ve? 

— ¿A quién, Rita, á quién?— respondo chan- 
cero. 

— A la Seca, á la... ¡Jesús! 

Y se cubre el rostro, y su temblor, como un 
aura del otro mundo, le eriza el fosco pelo go- 
yesco. 

No sabiendo cómo distraerla de la aprensión 
y los terrores, la he propuesto ir al teatro al- 
gunas tardes. Ha aceptado palmoteando de ale- 
gría. Compro un proscenio segundo, localidad 
vergonzante, y la llevo en coche; nos bajamos 
un poco antes de llegar á la puerta del teatro, 
y ella entra sola; yo me reúno momentos des- 



3o 



EMILIA PARDO BAZAN 



pués, disimulo que me impongo para que no 
me importunen con chismes y habladurías. 
Rita lleva sus acostumbrados trajes de lanilla 
negra, muy pobres, y como nota de lujo, un 
boa blanco de pluma que yo la he regalado. La 
agitación y emoción de su contento trazan en 
sus pómulos una pincelada de carmín, dema- 
siado violenta, sin el suave desvanecido de las 
rosas clásicas. Sus manos consumidas bailan 
dentro de los guantes, 'también ofrecidos por 
mí, manejando el abanico con garbo típico de 
maja gaditana. Yo aparezco poco después, y 
me quedo agazapado en el fondo del palco. 
Empieza la representación. Rita se pone de co- 
dos en el antepecho, saca fuera el busto, y be- 
be, absorbe el drama; ó mejor dicho, el drama 
la absorbe á ella, la arrebata momentánea- 
mente á la realidad, la desprende de sí propia; 
como la de los extáticos, su alma sale de su 
cuerpo minado por la enfermedad, codiciado 
y reclamado por la tierra, y se mete en el 
cuerpo vibrante de la actriz; sus labios, en un 
balbuceo, repiten los párrafos más conmove- 
dores, las frases más efectistas; y mientras el 



LA SIRENA NEGRA 



agua que duerme en el fondo de sus pupilas te- 
nebrosas salta un momento á la superficie, en 
chispas de diamante, se vuelve hacia mí y re- 
pite: 

— Qué hermoso! verdad? qué hermoso!.. 
Me enternezco! ¿Qué, á usted no le gusta? 

Sonrío y contesto que sí me gusta mqcho. 
No tengo pujos críticos cuando estoy con Rita. 
Todo es admirable; el almizcle de París que 
desempaquetaron la víspera, el bacalao de No- 
ruega de Ibsen, la ferranchinería romántica, las 
moralejas garbanceras, sensibleras, genuina- 
mente nacionales, el efectismo de chafarrinón... 
No me importan estilos, géneros, corrientes, 
ni moldes; en pos de la neurótica, aprendo á 
viajar por fuera de mi juicio. Alguna vez que 
se me ha ocurrido censurar al autor, sonreír 
de una inverosimilitud, Rita me ha atajado, 
murmurando: 

— En la vida pasan cosas... vaya! más gor- 
das que todo eso! 

He sacado en limpio que Rita vive de una 
pensioncilla que le pasa su abuela materna; 
que su madre murió hace bastantes años; que 



32 



EMILIA PARDO BAZAN 



de su padre no se sabe á punto fijo el parade- 
ro; — se le sospecha en Manila otra vez,— y que 
la abuela, señora pudiente de San Lúcar, 
aunque manda á su nieta limosna, no ha que- 
rido volver á verla: sin duda la maldice. Mi 
información ha sido fragmentaria: hoy arranco 
un pedacillo de verdad, mañana otro; y queda, 
detrás de los hechos escuetos que voy ensartan- 
do como pájaros muertos por varilla de caza- 
dor, un infinito de historia, un secreto que pre- 
siento y que me irrita, como la fragancia devino 
encerrado, inaccesible, al bebedor de oficio. 

Mi tesis con Rita es persuadirla indirecta- 
mente de que morir no hace mal; de que el 
instante decisivo no lleva aparejado ningún 
tormento. Observando que cuando ha dormido 
bastantes horas está contenta, la predico la 
identidad del sueño con la muerte, sin más di- 
ferencia que el instante del despertar, y algu- 
nas sensaciones que preceden al punto de 
dormirse. 

— Sí, sí, pero... ese despertar! — gime aterrada 
la española. — Cuando las personas son como 
yo! tan malas, tan malas! 



LA SIRENA NEGRA 



33 



La ofrezco el trivial consuelo de la frecuen- 
cia, de la insignificancia déla culpa. ¿Quién no 
es culpable? ¿Está el mundo lleno de santos ó 
de pecadores? 

— No todos los pecadores son iguales... Hay 
pecados de pecados...— Y la afirmación de la 
infeliz se completa con un relámpago de su mi- 
rada, velado inmediatamente por una niebla de 
incurable amargura. En estos momentos yo la 
acaricio para calmarla, sin rastro de maliciosa 
intención; ella se desvía — porque es la espa- 
ñola, que no concibe que un contacto de hom- 
bre y mujer puede nunca ser inocente.— Un 
día, sin embargo, me somete el caso de con- 
ciencia. Yo la estoy hartando de finezas, de 
regalos para ella y Rafaelín... ¿La creo obli- 
gada á complacerme?.. ¿Mi objeto es aca- 
so..? 

—No es ese mi objeto, Rita. No piense usted 
disparates. Soy un amigo. 

Me toma una mano y me la estrecha con de- 
voción. Sonrío y saco del bolsillo una cajita de 
cartón rosa llena de tabletas de chocolate, de las 
caras. Rita adora el chocolate; mcarrebata la 

3 



EMILIA PARDO BAZAN 



caja, y con transporte de criatura indisciplina- 
da, antojadiza, hinca el diente á la golosina 
helvética, dándome las gracias con un mirar ri- 
sueño, aclarado de alegría. 

Mientras ella mordisquea, yo la considero, y 
quisiera abrir su cabeza, destaparla, registrar- 
la, — para conocer el arcano que oculta, y por 
el cual me tiene sujeto, con fidelidad de amante 
que espera y teme y respeta y calla; —el arcano, 
único atractivo de este espíritu que, de noche, 
vaga perdido entre las tinieblas del Miedo y 
del Mal. 



ífl 



Amoscada anda mi hermana con lo de Rita: 
no sé quién se lo habrá soploneado. Es vero- 
símil que me haya espiado en el teatro, á pe- 
sar de las precauciones que tomo. Y se me 
figura que Trini y ella, en sus intimidades, 
han conferenciado acerca del asunto, con esos 
campaneos de cabeza y esos enarques de cejas 
que son la mímica de esta clase de conciliábu- 
los entre mujeres sensatas. 

Al fin no pudo vencerse Camila, y cierta 
mañana irrumpió en mi gabinete-despacho, 
una hora antes de la de almorzar, el momento 
que dedico á leer cosas serias, porque tengo la 
cabeza despejada y el estómago libre. Hubo 
preámbulos, diplomacia y, por último, esta- 



36 



EMILIA PARDO BAZAN 



Uido. Yo tenía una querida, y además, un hijo 
de semejante mujerzuela. Y mi tácito com- 
promiso con Trini, y el mal lugar en que las 
dejaba, y la honra, y, y, y... 

Mientras Camila se explaya, la considero 
atentamente, sin enojo y sin reto, como se mira 
correr en estío una fuente parlera. Camila se 
parece de un modo sorprendente á mi madre; 
las mismas facciones clásicas de matrona ro- 
mana, la misma mirada imperiosa, el mismo 
cuerpo arrogante, donde la seda hace pliegues 
solemnes, como estudiados, y juegos de luz, al 
estilo de los ropajes suntuosos que pintaba Ma- 
drazo con tanto acierto. Un cariño meramente 
instintivo ó impulsivo era lo que por mi madre 
sentía yo, y, realmente, según el espíritu, sólo 
soy hijo de mi padre, rezagado romántico, so- 
ñador, y que, conforme á la moda de su tiem- 
po, fué algo poeta (ahora, por moda también, 
somos algo intelectuales). Hacia Camila expe- 
rimento el mismo apego natural que hacia mi 
madre; pero con un toque de desdén, de con- 
vicción de mi superioridad. Ella entiende lo 
contrario; me tiene en menos; se cree más 



LA SIRENA NEGRA 



3/ 



cuerda, más práctica, más razonable cien ve- 
ces que yo, y me protege y vela por mí (que 
es modo de desdeñar). Ejerce sobre mí un as- 
cendiente material, del cual reniego, y que se 
funda en mezquinos servicios y auxilios pres- 
tados á veces, como cuidados durante enfer- 
medades, advertencias relativas á cuestiones 
de interés; nada en suma. 

De todo cuanto me decía Camila, me hizo 
eco en el alma únicamente aquel concepto de 
considerarme padre de Rafaelín. Al estarlo 
oyendo, sentía ansias de que fuese verdad. Yo 
no deseaba un hijo, en el sentido estricto de la 
frase; pero se me ocurrió que sería delicioso te- 
ner ese hijo*; ese, no otro. 

Las gracias y perfecciones del niño se me re- 
presentaron todas en aquel punto, con tal vi- 
veza, que mi corazón se iba hacia él y le besaba 
paternalmente. 

Veía yo, mientras Camila me acusaba del 
dulce hurto no cometido, la cara oval, more- 
na, igual á la de Rita, pero con el barniz regio 
de la salud; los ojos santos, puros, sin man- 
cha; el reir gorjeante, la travesura celeste del 



38 



EMILIA PARDO BAZAN 



chiquillo, la sal de su media lengua y de sus 
antojos, la monería de los bofetones tiranos que 
me pegaba y de los brazos que me abría al de- 
cirle su madre: «¿Ves? Ya te ha traído don 
Gaspar otro juguete...» Un calor íntimo se me 
esparcía por el alma al recordar todo esto; y 
un propósito, una resolución de ser el padre de 
Rafaelín por mi voluntad, no por azar de la 
carne, surgía en mí, al mismo tiempo que mi 
hermana me reprendía severamentesuponiendo 
la paternidad. Era la defensa del instinto de per- 
petuarse, instinto que ya creía punto menos que 
abolido en mí; era... ¡ah, no me cabía duda! 
jera la vida, la vida, la vida, la maga, que 
me llamaba otra vez, y al llamarme me ofrecía 
una copa de amor! La pobre Rita estaba sen- 
tenciada; pero, ¿el niño? Por él podría yo 
— ¿quién sabe? — interesarme en algo senci- 
llo, bueno, natural... 

Con ímpetu, derramando efusión, cogí las 
manos de Camila, y exclamé: 

— Pues bien: no lo discuto. Sí que es mío 
ese chico. Ya verás; un sol, una monada. Vas 
á chochear con él. 



LA SIRENA NEGRA 



39 



Mi hermana retrocedió. No sabré descri- 
bir cómo se le inmutó la cara; sus clásicas 
facciones adquirieron el ceño y la contrac- 
ción adusta de las antiguas Melpómenes. ¡In- 
dignada, es hasta fea Camila! — decidí para 
mis adentros. 

— Supongo que bromeas; pero la broma, 
hijo, es de pésimo gusto. 

— No bromeo. 

— Vamos, piensas casarte con la mamá de 
la criatura. 

— No se me ocurre: —respondí con sinceri- 
dad — entre otras cosas, porque no creo que 
la queden dos meses de estar en este mundo. 
Me coges en un momento de espontaneidad, 
Camila; desarruga ese entrecejo, que te sienta 
muy mal; ¡si te vieses! El chico es más mío, 
¿lo oyes?, que si lo hubiese engendrado ma- 
terialmente. Lo material es muy desprecia- 
ble en todo; pero en eso del amor y de la 
paternidad es en lo que más ruin é insigni- 
ficante se me figura. ¿No crees tú lo mis- 
mo? Si tienes alguna elevación en el sen- 
tir... 



40 



EMILIA PARDO BAZAN 



— Pero... el chico — interrumpió ella vaci- 
lando — , ¿es tuyo ó no es tuyo? ¿En qué que- 
damos, Gaspar? Descíframe el enigma. 

— ¡Pch! El enigma no te importa — respon- 
dí, pensando para mi sayo: «¡Alma, ciérrate!» — 
Los resultados, querida hermana, van á ser 
exactamente los mismos que si el chico fuera 
mío, como entiendes tú que son nuestras tas 
cosas. Y los resultados son lo único que aquí 
se pleitea. 

— ¿Pleitear? Te engañas — articuló Camila 
con aviesa esquivez. — No pleiteo. Allá tú; allá 
te las compongas. Desde que vivimos re- 
unidos, ¿en qué asunto tuyo me he mez- 
clado? 

Yo podría contestarle que en todos absolu- 
tamente, porque desde el color de mi colcha 
hasta la colocación de mis fondos, mi hermana 
interviene siempre en cuanto me incumbe, in- 
directamente, pero con la tenacidad de un in- 
secto preso en un yaso y que busca salida. 
Sospecho que hasta abre mis cartas y las cu- 
riosea. Sin embargo, opté por encogerme de 
hombros y convenir. Porque en mis verdade- 



LA SIRENA NEGPA 



4< 



ros asuntos — los de mi espíritu — Camila no 
puede mezclarse, no conociéndolos. 

— Corriente: dado que no intervendrás en 
mis negocios, hija mía, prepárate á la trans- 
formación que mi vida va á sufrir. Si Trini 
quiere que nos casemos, el niño tendrá quien 
le cuide, quien haga veces de madre... ¿Qué 
opinas tú? ¿Trini sabrá amar como madre á 
mi Rafaelín? 

Camila parpadeó y constriñó los labios, 
gesto de las personas demasiado cargadas de 
razón, que no quieren dar suelta á la palabra 
para que no muerda. De contener la respira- 
ción se puso arremolachada. Al cabo, ajustado 
ya el antifaz de calma indiferente, exhaló un 
susurro: 

—Qué sé yo... allá ella y tú... Entérate. 
— ¿No tienes opinión? — Y mi tono era iró- 
nico. 

—¿Opinión? ¿No he de tenerla?— saltó, dis- 
parando con cerbatana las sílabas, que me azo- 
taron airadas. — A la primer palabra de seme- 
jante delirio, Trini te dirá, y con razón, que 
ella no está para cuidar chiquillos espúreos, 



4 2 



EMILIA PARDO BAZAN 



que no tiene por qué cargar con lo que le en- 
cajas. Que santo y bueno tomarse molestias 
por los hijos propios, pero que los ajenos, me- 
morias. ¿Qué te has creído tú de Trini? Pre- 
tendientes la sobran que no la impongan con- 
diciones raras y obligaciones fantásticas. ¡Pues 
digo!.. 

— Si Trini me amase — articulé sosegada- 
mente — amaría á la criatura, por cariño á mí. 
No viene hoy á almorzar? Pues la interrogaré. 
Tú no la prevengas: déjala seguir su impulso. 

Una hora después llegó Trini. Me había ves- 
tido prestando suma atención á los pormenores 
fie mi traje. Sentía emoción de cadete, ante la 
esperanza, no tanto de que Trini me quisiese 
lo suficiente para acoger en un arranque tierno, 
de mujer y madre, á Rafaelín, — sino de que, 
ante su arranque, naciese en mí el verdadero 
amor. Lo que me hace palpitar viene del inte- 
rior de mi ser: no puede venir de fuera. Si 
Trini se revela, si vibra... — calculaba yo — 
siento que vibraré también; y no será como 
con Rita, una atracción perversa, seudo-ro- 
mántica: será el amor completo, con su raí- 



LA SIRENA NEGRA 



43 



gambre poderosa, que nos adhiere á la tierra; 
será el hogar, con humareda azul de ilusión 
— porque el hogar, con solo el humo del pu- 
chero, lo que es yo no me siento capaz de re- 
sistirlo! — Y enajenado, consagré tiempo al lazo 
de mi corbata, á la clavazón en él de la gruesa 
perla redonda, á atusar el pelo, á frotar con el 
pulidor las uñas. Iba tan brillador de ojos y 
tan amador en mi porte, que Trini, al estre- 
char mi mano, se arreboló, olfateando su- 
tilmente, como hembra, que algo impensado 
ocurría. Yo (soy muy desconfiado) había es- 
tado en acecho, y salido á encontrarla en la 
antecámara, temeroso de los manejos de Ca- 
mila. — Almorzamos, alegres y decidores los no- 
vios, mi hermana fruncida, encapotada y pesi- 
mista. Según su perro humor, el asado era un 
carboncillo, las tostadas del té unas virutas, y 
las quenefas del bolován eran de escayola. 
Trini se reía enseñando sus encías jugosas y 
vivaces, su fresca lengüecilla inquieta entre la 
doble fila de gotas de leche cuajadas de la ar- 
queada dentadura. Me daban tentaciones de 
caricias atrevidas, — y sentía por Trini escalo- 



44 



EMILIA PARDO BAZAN 



frío humano, ansia celestial. Cien años que 
viva (no me faltaba sino vivirlos!) no olvidaré 
el encantador almuerzo, ai canto de la chime- 
nea activa y roja, respirando el aroma de las 
violetas tardías y los claveles blancos tempra- 
neros, que adornaban el centro de plata, en ho- 
nor á Trini — á ella; entonces sí que se lo 
llamaba interiormente... Por debajo de los en- 
cajes gruesos del mantel cogí su mano, que no 
se retiró. Aún estábamos eléctricamente asi- 
dos, cuando se levantó con un pretexto cual- 
quiera Camila, y nos dejó solos. Trini, sofoca- 
da, hizo un movimiento para seguirla; yo 
protesté, apretando más la mano de seda y cla- 
vándome con deleite en los pulpejos las sortijas 
del meñique. Ella comprendió que llegaba la 
hora decisiva de aquel noviazgo hasta enton- 
ces tan soso y borroso, y sus ojos, avergonza- 
dos, buscaron el dibujo de la alfombra. 

— Trini? — suspiré — . Sabe usted que esta 
mañana le dije á Camila que nuestra boda es 
inminente? 

— Camila?.. — tartamudeó ella agarrándose 
á lo que podía ayudarla á disimular su confu- 



LA SIRENA NEGRA 



4 5 



sión — . Dice usted que Camila... Estarla por 
eso de tan mal talante? — y sonrió á la hipó- 
tesis. 

— Por eso precisamente, no. Va usted á sa- 
ber por qué, Trini... — Acerqué mi silla, solté 
la mano y nos reclinamos, muy próximos, en 
la mesa. — Escuche y pese la respuesta... 
— No venga usted hasta que le llame!— ordené 
al criado que entraba trayendo leña. — Trini, 
yo trato á una mujer, y esta mujer tiene un 
niño. 

Ella se demudó. 

— Ya lo sabía. ¿Para qué me lo dice usted? 

— Porque el eje de esta conversación es eso: 
la mujer, el niño; sobre todo, el niño... ¿se en- 
tera usted, amiga mía? 

Trini indicó el gesto de desviarse, pálida y 
turbada. 

— Por Dios! No así, Trini; no así. Hay que 
escuchar, y sobre todo hay que entender. 
Cuando usted haya entendido, decide. A la 
mujer la visito diariamente, pero no tengo con 
ella más relación que visitarla... Como si fué- 
semos hermanos. ¿No lo cree usted? No tengo 



4 6 



EMILIA PARDO BAZAN 



para qué mentir. Es una enferma, una tísica. 
Si eso puede contribuir á la tranquilidad de 
usted, no la veré más. 

— Pero el pequeño... No es... No es... 
— murmuró la muchacha, sin resolverse á 
concluir, y mostrando confusión y acorta- 
miento. 

— Mío..? Según como usted compréndala 
idea de pertenencia y propiedad. No he besado 
á su madre nunca. Sin embargo, mío es el ni- 
ño, porque mío quiero que sea... Fíjese usted. 
Tampoco usted es mía, y por el amor puedo 
apropiármela. El niño tiene mi sangre espiri- 
tual. De manera que es mi hijo. 

— Todo eso... lo encuentro rarísimo... Per- 
done usted, Gaspar; me cuesta trabajo enten- 
derlo. 

— Malo, malo — discurrí en mi interior. — 
Corta de entendederas, corta de cara, carirre- 
donda... ¡Malo! ¡Esta no es mi hembra! — Y 
una melancolía súbita me envolvió en su cres- 
pón inglés. No argüí nada; ella porfió: 

— No se explica... Trate usted, por lo me- 
nos, de que yo acierte á descifrarlo. 



LA SIRENA NEGRA 



47 



— Creo que no podrá usted. Esto se desci- 
fra mediante un impulso, una corazonada. No 
haciéndose cargo de pronto, es ya difícil... ¡En 
fin! — Y resoplé desalentado: — ¿No hay mil 
cosas inexplicables? Figúrese usted que la pi- 
diesen explicaciones del porqué quiere un hom- 
bre á una mujer; del por qué nos es simpática 
una persona, y otra nos es insufrible... A mí 
ese niño me ha dado la grata sorpresa de ins- 
pirarme un interés que me... me distrae de otros 
pensamientos... algo... algo peligrosos; ¿te en- 
teras, Trini? — Y al brusco tuteo, uní la cari- 
cia inesperada, un estrujón, un raspón á la 
mano contra mi bigote. Ella se encendió, su 
respiración se apresuró, y dijo balbuciente: 

— No, Gaspar... No me entero... Pero es lo 
mismo. ¿Qué pretende usted? ¿Qué desea usted 
de mí? A ver si hay medio... 

— Trini, si nos casamos, el niño se vendrá 
á casa... Serás su madre. ¿Lo serás? 

Un esguince. Los ojos pestañudos , antes 
terciopelosos como uvas negras, se hincaron 
en mí, fieros, enojados. 

— ¡Ah! Era eso... 



EMILIA PARDO BAZAN 



— ¿No aceptas? 

— No... No sabía... Creí que se trataba de 
otra cosa; de darle educación, de no abando- 
narle. Eso, bueno... Pero, ¿en casa? ¿Conmi- 
go? ¿Qué se diría? ¿Qué papel haría yo? 

Me incorporé. El almuerzo me pesaba como 
plomo en el estómago, y el calor de la chime- 
nea me asfixiaba. Volví las espaldas, sin salu- 
dar, sin despedirme, y á paso lento me retiré á 
mi cuarto. Trini dijo no sé qué; acaso pronun- 
ció con ahinco mi nombre. No hice caso algu- 
no. Ya en mi habitación, tomé sombrero, abri- 
go, guantes, y me fui á ver á Rita. 



IV 



La encontré con una hemorragia. La palan- 
gana, llena de coágulos, descansaba sobre una 
silla. Ella, echada en su humilde cama de hie- 
rro, apenas respiraba. Me sonrió dolorida- 
mente, como al través de un velo. La niñera y 
única sirviente, la guipuzcoana Marichu, en- 
tretenía á Rafaelín por medio de un carro he- 
cho de dos carretes y unas cañas. Pero el niño, 
al verme, dejó sus juegos y vino á agarrarse á 
mis piernas. 

— ¡Bapar! ¡Aúpa! 

Le aupé, le besé los ojos, le apreté firme. 
Reía á chorros, pegándome manotazos y tirán- 
dome de las barbas. Le dejé en el suelo, y 
anuncié: 

— Vuelvo con el médico. 

4 



5o 



EMILIA PARDO BAZÁN 



Vivía muy cerca uno, joven, sin clientela 
aún; estudioso, apurado de recursos, ansiando 
trabajo y lucimiento. Se echó la capa y me 
acompañó. Su examen de la paciente fué mi- 
nucioso, su interrogatorio largo, pero sin fineza 
psicológica. No veía sino el cuerpo de la enfer- 
ma. Recetó; la criada corrió á la botica. Yo, 
con Rafaelín en brazos, me fui al cuartuco que 
hacía de comedor, encendí el quinqué de pe- 
tróleo — no se veía, eran las cinco de la tarde— 
y reclamé la verdad. 

— No sé si pasará de esta noche. Si la hemo- 
rragia repite... 

Un golpe sordo me retumbó dentro. Iba á 
encontrarme cara á cara con la Guadañadora. 

— ¿Querrá usted que me quede aquí? — in- 
terrogó el médico, expansivamente. 

— Lo agradecería. 

— Voy á avisar á mi mujer, para que no se 
asuste; tomaré un bocado, y aquí me tiene us- 
ted antes de una hora. ¿Gracias? No, si es ua 
deber... 

Quedé solo. El niño se adormecía sobre mi 
hombro, bañado en sudor, de tanto diablear. 



LA SIRENA NEGRA 



5í 



En la alcoba se oía una inspiración lenta, irre- 
gular, cavernosa. Sobre la almohada, la ca- 
bellera fosca de Rita se expandía formando 
aureola de tinieblas. La cara, en medio, blan- 
queaba. Congojosamente me llamó: 

— ¡Gaspar! ¡Gaspar! 

— Está usted mejor? 

— Estoy... muy bien. Como si de encima del 
pecho... me hubiesen quitado un peso... de 
una arroba. 

— No hable. No se fatigue. 

— Qué dice el médico? 

— Que es lo de otras veces. Un ataquillo sin 
importancia. 

Los ojos de mar muerto, de betún calcinado, 
despidieron vislumbre repentina. 

— Es el fin... La de vámonos!.. Tengo mie- 
do, Gaspar... Mucho miedo... 

— No hay miedo... Estoy aquí... ¿Qué quiere 
usted que haga, niña, para quitarla ese miedo 
bobo? 

— Si pudiese... Si pudiese usted... traerme 
un... confesor!.. Pero un confesor que sea muy 
bueno... queme perdone,..'] Que sea como... 



52 



EMILIA PARDO BAZAN 



como Nuestro Señor crucificado!., así, bueno, 
para todos... para mí... que no mire á mi ini- 
quidad!.. 

— Va usted á agitarse? A empeorar?.. Sosié- 
gúese, haga por dormir. Arrorró!.. 

— No puedo sosegarme... No soy mora, no 
soy judía. He pecado, estoy en pecado mor- 
tal... el mayor pecado!., y estoy... en lo últi- 
mo... 

— Todos pecan... Tranquilícese... 

— No, no, yo soy otra cosa; para mí no hay 
perdón; yo... 

Hízome con la mano señal de acercar mi 
oído á su boca, y entre un vaho de calentura 
pronunció: 

— Yo... estoy... condenada!.. ¡Condena- 
da! 

— Qué disparate! Usted se va al cielo... den- 
tro de muchos años... Bueno, no se aflija, la 
complaceré... Ahora mismo traigo al sacerdo- 
te. Tome primero la poción, recobre fuerzas... 

Regresó de la botica Marichu, y al entregar- 
me un frasco envuelto en papel, me secreteó 
afanosa. 



LA SIRENA NEGRA 



53 



— Un cura se nesesita, pues... No ha de ir 
como los perros, señor... Cristiana es, cura han 
de llamar... 

— Iba á salir á buscarle... Tráete una cu- 
chara de plata. 

No la había. Marichu fregó una de vil plomo. 
Cucharada tras cucharada, administré á Rita 
la dosis. Pareció reanimarse un poco, y recargó: 

- El confesor... ¡Volando! 

El médico volvía ya, dispuesto á pasar la 
noche á mi lado. Olía su boca barbuda á vino 
barato, á queso de Flandes. 

— Mandaré á la chica que le haga á usted una 
taza de café, doctor... Y que le saquen una bo- 
tellita de cognac. Hay de todo aquí; yo con- 
fiaba en el alcohol y en la cafeína para soste- 
ner este organismo. Usted queda en su casa; 
voy por ahí en demanda de un sacerdote. De- 
sea confesarse... ¿Ve usted peligro? ¿Inconve- 
niente? 

— No. Si lo ha pedido ella misma, la servirá 
de consuelo. No es uno creyente fervoroso, pero 
hay que respetar mucho estas exigencias... 

Salí, tomé un coche y di las señas: las de 



EMILIA PARDO BAZAN 



un anciano ex párroco, bondadoso y sin tacha, 
hombre aficionadísimo á libros, y que por sa- 
tisfacer sus manías de erudición y bibliografía 
ha renunciado un curato pingüe. Encontré al 
inofensivo viejo en un cuartucho donde hay 
pilas de infolios por el suelo y polvo de tres 
años, y le expuse el caso apremiante. El me 
conoce de tertulias de librería y de coinciden- 
cia en casas de gente estudiosa, pues yo gusto, 
temo que con exceso, de estas vanidades. Plegó 
las arrugas de su cara avellanada y titubeó an- 
tes de soltar la pregunta: 

— Es... parienta de usted esa... señora? 

— No. Es amiga. Nada, nada más que ami- 
ga: palabra de honor. 

Descolgó su manteo en mal uso, se arropó 
rezongando «corre fresquete» y rodamos hacia 
la vivienda de Rita. Por el camino enteré de 
algo al sacerdote... 

— Es un alma sin rumbo, sin norte y sin 
hiél; seguramente ha vivido á la inversa de lo 
que viviría, si poseyese fuerza de voluntad. Se 
acusa de maldad tremenda; asegura que para 
ella no hay perdón. 



LA SIRENA NEGRA 



55 



— Oveja descarriada... — asintió él. — Po- 
brecilla! Más suele ser el yerro que la malicia 
en esta clase de pecados. Y que no es maligna, 
se ve en el solo hecho de llamarme. Este rato 
que ahora tiene que pasar es el que decide la 
suerte de las personas... Una buena muerte; y 
lo demás no supone nada. El pensamiento del 
soneto está íntegro en el último verso. 

Se me escapó una frase confidencial: 

— Todas las muertes son buenas, porque 
todas son la conclusión de la vida. 

Soltó el viejo una risita inocente. 

—Jesús! Dios nos dé vida, hasta que se le 
antoje, el más tiempo posible!.. Yo no estoy á 
mal con la vida. Si tuviese sitio donde colocar 
tanto libróte como se me junta, me considera- 
ría feliz. En otro tiempo, con mis aficiones, 
estaría yo en grande en un convento, de esos 
de biblioteca regia y muchas horas para dis- 
frutar, revolviendo los estantes. Hogaño no; en 
los conventos no hay libertad, no hay frailes 
privilegiados, á quienes se les deje con su manía 
del estudio, y las bibliotecas que algo valían, 
dónde irán ellas! Ayer mismo, en casa de Celso 



56 



EMILIA PARDO BAZAN 



el anticuario, qué dirá usted que encontré? Un 
Hbro de profesiones de Santo Domingo el Real: 
todo lleno de acuarelas y empresas y alegorías 
de los profesos... 

Antes de que pudiese pegar la hebra de su 
tema favorito, estábamos en casa de la enfer- 
ma. Me adelanté para anunciar: 

— ¡Rita, criatura, aquí le traigo á un sacer- 
dote amigo mío; ya ve que los caprichos se le 
cumplen! ¿Quiere usted que entre? Sino quie- 
re... esperará. 

La cara, cuya palidez parecía enverdecer un 
reflejo fosfórico, se removió un poco entre las 
tinieblas encrespadas de la cabellera suel- 
ta, y los labios marchitos, sin color, susurra- 
ron: 

— Que pase, que pase... ¡Jesús... mío, mise- 
ricordia! — impetró la moribunda, con ardiente 
ruego. 

Entró el anciano, vacilante y torpe, á fuer de 
erudito miope que se ha dejado en casa los 
espejuelos. Tuve que guiarle, que indicarle 
una silla, al lado de la revuelta cama. En el 
aire flotaban olores farmacéuticos. Así que le 



LA SIRENA NEGRA 



57 



vi instalado, me retiré. La sala estaba contigua 
al dormitorio. El médico, ante el velador, ter- 
minaba su café y su copa. 

— No se moleste, siga... Marichu, café para 
mí también... Muy cargado... 

Mientras esperaba la infusión que había de 
despabilarme para la vela, me senté en el sillón 
de raído forro. Colocado de espaldas á la 
puerta de la alcoba, y bastante próximo á ella, 
el cuchicheo que partía de allí me llegaba en 
truncados sonidos, como si el diálogo estuviese 
en verso y los que dialogaban se interrumpie- 
sen y luego acentuasen con trágico énfasis un 
trozo, un arranque más sentido de la poesía. 
Acechador involuntario y cobarde, no enten- 
día yo bien las frases, pero alguna palabra era 
para mí cual son en los antiguos gráficos de 
ignorado idioma esas letras repetidas y ya des- 
cifradas, que permiten interpretar, por relación 
de lo conocido, lo que se desconoce. A ve- 
ces, no oía distintamente un vocablo; lo que 
me guiaba en mi malvado espionaje de un 
alma, era el acento con que pronunciaban lo 
que no oía 1 . La voz del sacerdote, sobre 



EMILIA PARDO BAZAN 



todo, me daba luz, siniestra luz. Tenía el tim- 
bre sordo y ahogado de un grito que se sofoca 
por terror. Y la penitente, enfervorizada, ha- 
blaba con singular energía, con no interrum- 
pido bisbiseo vehemente, como si vaciase el 
absceso purulento de tanta iniquidad, apre- 
tando duro para expulsar todo lo nefando. Me 
sería imposible decir si entendí nada concreto 
de la terrible conversación; y, sin embargo... 
entre modulaciones de voz, interrupciones, 
preguntas, gemidos, fraseo desgranado—, yo 
repetía para mí—... «Era eso, era eso...» 
Sublime horror pagano, tremenda carga en la 
conciencia católica..! 

Sin embargo, la nube de espanto se despejó; 
se apaciguó el murmullo, convertido en una 
especie de himno ó plegaria de reconocimiento. 

La mano del sacerdote, bendiciendo, se inter- 
puso ante la luz de la alcoba. ¡Rita estaba per- 
donada..! La pobre alma, transida de espanto, 
sudando hielo y castañeteando los dientes, se 
calmaba, se envigorizaba, y, agarrada á un 
cabito de seda blanca, iba á atravesar valerosa 
el puente del abismo... 



LA SIRENA NEGRA 



^9 



En efecto: cuando el viejo salió del dormi- 
torio, tembloroso, desemblantado, — horripi- 
lado de lo poco que se parece la realidad á los 
libros viejos, y de cómo las viejas fábulas mi- 
tológicas no están sólo en las bellas ediciones 
con viñetas, sino que se codean con nosotros 
en las calles — , y me precipité á ver en qué 
estado se encontraba la enferma, la faz verdi- 
blanca sonreía con expresión de beatitud. Las 
pupilas de asfalto se fijaron en mí, invitán- 
dome á compartir aquella dicha. 

— ¿Qué tal? ¿Mejoría, eh?Doctor:acérquese... 

— Sí, mejoría — repitió sin convicción él... — . 
La respiración no es tan... — Se interrumpió; 
yo adiviné el término exacto que suprimía, 
«tan estertorosa». ¡El estertor...! 

— Don Gaspar — murmuró Rita; y com- 
prendí su ruego, y me incliné. 

En mi oído, deslizó: 

— ¿No abandonará al niño..? 

— Palabra. No temas — dije, con tuteo fra- 
ternal. 

— Poco trabajo le dará... Ese niño no puede 
vivir... 



6o 



EMILIA PARDO BAZAN 



— No digas locuras... ¿Por qué? 

— Porque no lo consentirá Dios nuestro Se- 
ñor... No puede consentirlo... Oiga, don Gas- 
par... Prométame... Si vive, que entre en un 
Seminario... en esos colegios para estudiar la 
carrera de cura... ¡Y mejor, en un convento 
de frailes..! 

— Así se hará, mujer... Descansa... Tu hijo 
es mi hijo... 

Agarró mi mano y pugnó por apretarla fra- 
ternalmente, según costumbre; pero estaba tan 
débil, que no acertó. Yo halagué sus sienes y 
su melena alborotada, lacia á trechos de sudor, 
crespa y como erizada á trechos también — ex- 
traña melena que parecía apuntada á brocha- 
zos por artista genial — y ordené con despo- 
tismo, sugestionándola: 

— Ahora, cucharadita de poción, y á dormir. 

Absorbida la poción calmante, arreglado el 
emboce de las sábanas, subido el colchón á em- 
pujones, recogí la luz y la puse sobre la cómo- 
da de la sala, detrás de un jarroncillo con flores 
artificiales. El doctor secreteaba opacamente 
con el confesor. Este se volvió y me previno. 



LA SIRENA NEGRA 



6l 



— Avisaré en la parroquia para que mañana 
venga el Viático. 

Aprobé y le acompañé hasta la puerta. 

— El coche que nos trajo aguarda... Está 
pagado... Mil gracias, amigo don Andrés... 
A propósito. Tengo para usted un ejemplar 
raro de la Aminta, con grabados en madera... 
Se lo enviaré en cuanto esta infeliz... 

— Se acepta con reconocimiento!; pero supon- 
go que no será por recompensarme de molestia 
alguna, porque, al contrario, mi obligación es 
la que acabo de cumplir. ..Por penosa que sea... 

Y temblaba aún, ligeramente, arropándose 
en el manteo, susurrando — brrru! 

Cuando volví á la sala, el médico salía de la 
alcoba. 

— Reposa... Debía usted reposar también 
un rato. Yo velo. 

— Nada de eso. Echese usted en el sofá; es- 
toy de guardia. 

Me habían servido el café, y aguardaba, frío 
ya. A mí me gusta más frío que caliente: me 
retrepé en la butaca y empecé á beberlo á sor- 
bos, con placer nervioso, semiespiritual. Tum- 



62 EMILIA PARDO BAZAN 

bado en el sofá, el doctor, robusto y lastrado 
de cognac excelente, había cogido el sueño al 
vuelo, y dormía con la boca abierta, modu- 
lando á ratos un comienzo de ronquido. Me 
serví café otra vez, más engolosinado que la 
primera. Una excitación lúcida se apoderó de 
mí: en excitaciones semejantes las ideas son 
como ágiles saltatrices; hay una labor cerebral 
de devanadera, un tropel de representaciones; 
todo parece inminente, inaplazable, cual si ur- 
giese resolver el negocio de nuestro destino 
sin un punto de dilación. La tristeza de lo frus- 
trado se hizo trágica en mí. A las doce de la 
mañana de aquel mismo día, me alboroza- 
ba aún la perspectiva de la humareda azul 
del hogar. Y no era la humareda lo que yo 
echaba de menos — todas las humaredas me 
son indiferentes — . Era mi deseo, mi sueño 
de la humareda, mi sueño de vida, lo que 
añoraba. Nada vale nada; sólo vale algo el 
deseo que sentimos de poseer ó realizar las 
cosas. 

Abiertos los ojos á la penumbra, pensaba en 
la que va á desaparecer después de sufrir tal 



LA SIRENA NEGRA 



63 



suplicio en su corazón, selva de plantas ponzo- 
ñosas. Esa vaga incredulidad que nos asalta 
ante el no ser, me dominó por un momento. 
¿Era posible que Rita, la caprichosa, la vivaz, 
la que tanto se entusiasmaba y hacía tales ex- 
tremos en el teatro, la que había padecido los 
furores de la antigüedad criminal, fuese ma- 
ñana un poco de materia orgánica en descom- 
posición? ¿Cómo puede suceder algo tan ex- 
traordinario en un segundo? ¿Porque se arroja 
sangre, se cesa de existir? ¿Y qué es esto de 
dejar de existir? Murió Rita, dirán. Entonces, 
Rita no es su cuerpo enmagrecido, no es sus 
cabellos foscos, no es su voz cristalina, no es 
su cuello de flor medio tronchada. Todo eso 
ahí estará... y Rita no. — Puse sobre el vela- 
dor los codos y sobre las palmas derrumbé la 
cabeza. Mi meditación se convertía en cavila- 
ción visionaria. Acaso dormía, acaso deliraba. 
El alcaloide del café concentrado actuaba so- 
bre mi sistema nervioso, y con malsano goce 
dejé volar mi fantasía, provista de unas alas 
membranosas, gris oscuro, de murciélago, — 
que acababan de brotarle. 



V 



En árida llanura amarilla, cercada por ui> 
anfiteatro de montármelas calvas y telaraño- 
sas, iba atardeciendo muy despacio. Cre- 
púsculo interminable; del cielo cárdeno pa- 
recía descender lluvia de ceniza sutil; y el sol, 
que detrás de los cerros se ponía, era un globo 
sin calor, medio apagado, enorme, una pupila 
de cíclope agonizante. 

Tan doliente paisaje ofrecía los tonos secos 
mitigadosypolvorientosde los antiguos tapices, 
y las figuras que sobre el paisaje comenzaron 
á desfilar en caricaturesca procesión, de tapiz 
eran también: de tapiz, ó de orla de códice cua- 
trocentista. El cuadro era del número de los 

5 



66 



EMILIA PARDO BAZAN 



espantos que el arte ha querido agregar á los 
espantos de la naturaleza. 

La primer figura que desfiló era la del an- 
ciano casi divino: un varón de consumida faz; 
sobre su becoquín de terciopelo guinda, la tiara 
de oro escalona tres pisos coronados. El es- 
queleto, roto y desharrapado por el vientre, que 
le guía, lleva á cuestas, sobre sus huesos mon- 
dos, un féretro. El viejo augusto alza la mano 
para bendecir y excomulgar... El esqueleto le 
agarra de un brazo, y, tropezando en sus luen- 
gas vestiduras pontificales, se deja llevar e 
Papa al baile siniestro. ¡Danzad, Padre Santo! 

Al Emperador no ha sido necesario asirle. 
Es sin duda Carlomagno, el héroe, y desdeña 
el temor. Marcha recto y majestuoso, arras- 
trando sus púrpuras y sus armiños, y en la po- 
tente diestra, como relámpago de acero, re- 
luce el espadón de justicia, mientras en la iz- 
quierda descansa una esfera de zafir, que es el 
mundo. El confianzudo esqueleto no respeta 
los atributos del supremo poder; con gesto 
persuasivo enseña al excelso la inevitable ruta. 
[Danzad, seor Imperante! 



LA SIRENA NEGRA 



6 7 



Trémulo, moroso, elCardenal, vuélvela cara; 
y el esqueleto se burla, con risa sardónica, del 
miedo del purpurado. Al acercarse al Rey para 
recordarle que es llegada la hora de danzar, el 
esqueleto se hace moralista, señala al cielo, y 
arranca el áureo cetro de las manos que lo em- 
puñan. ¡Oh, y qué lindo sermón el que le suelta 
al Patriarca, que lo escucha mohíno y cabiz- 
bajo, sin dejarse convencer de que es preciso 
abandonar el báculo, de que no le valen ni sus 
vestiduras violeta ni su mitra, donde grupos de 
gemas complican el prolijo y pueril diseño bi- 
zantino! Cuando se acerca al veterano Condes- 
table, armado de punta en blanco y apoyado 
en su montante de guerra, el esqueleto heroico 
blande su guadaña obscura, como si dijese: 
«Arma contra arma... veremos de quién es la 
victoria.» 

Para el jactancioso hidalgo, de emplumado 
birrete, no ha menester el esqueleto ejercitar 
violencia alguna. Le lleva engañado con razo- 
nes, con palabras capciosas y elogiosas; le 
aturde con argucias, le envuelve en fúnebre 
charla, y, algo receloso, convencido sin em- 



68 



EMILIA PARDO BAZÁN 



.bargo, el hidalgo levanta el pie para comen- 
zar el paso de baile. Al asir al abad de la manga 
del hábito, el esqueleto no puede reprimir la 
bufonesca alegría: dance el gordo, dance el 
orondo, dance el lucio, el del rollizo pestorejo! 
Y el esqueleto agita sus canillas, muestra el 
costillar, donde cuelgan arambeles andrajosos 
de momificada piel. — Más ligera, más mofadora 
es la actitud adoptada con el digno preboste, y 
es desenfrenada de júbilo la que toma al ar- 
marse de una pala de enterrador y prender, sal- 
tando, al fraile teólogo, que en vano se defien- 
de con silogismos, sorites y entimemas. 

No le vale al médico enarbolar su redoma 
de jarope y hacerse el distraído, mirándola al 
trasluz; no le vale al astrólogo embebecerse 
observando el firmamento; no le vale al canó- 
nigo resguardarse con su libro de horas; no le 
sirve al escudero acariciar al gerifalte que lleva 
gallardamente enhiesto en el puño. A decir 
verdad, todos procuran no enterarse de que les 
llaman á la danza obligatoria: el mercader con- 
templa su bolsón, el cartujo finge absorberse 
en la lectura ascética, el sargento titubea y des- 



6 9 



cribe eses de puro borracho, el músico acari- 
cia su tiorba, el abogado se enfrasca en un 
legajo, el mancebo galán sonríe á una rosa, 
respirando su perfume lánguidamente; el la- 
briego muestra su azadón, como diciendo: «No 
puedo menos de ir á cavar la tierra»; el carce- 
lero repica sus llaves, el ermitaño pasa las cuen- 
tas de su rosario reverendo... ¡Bah! El esque-» 
leto no se preocupa de tales nimiedades. Su as- 
tucia adivina el objeto de las aparentes distrac- 
ciones. Quizás, viéndoles tan embelesados, pase 
de largo el terrible bastonero de la Danza gene- 
ral... Sí, (pasar él! Les llama, les da escueta or- 
den, les agarra de un brazo con rápido arran- 
que. Hasta le veo acercarse á una cuna y coger 
de la manita á un pequeñín que, soltando cris- 
talino hilo dé baba, y repicando por última 
vez el sonajero, se aduerme en los brazos se- 
cos, sin carne, contra la caja torácica que no 
encierra corazón... 

No dejará el esqueleto sin pareja á sus danr 
zarines. Antes de dar la señal del baile, llegan 
las damas invitadas (invitadas sin excusa). 
Para traerlas al sarao, el esqueleto redobla las 



EMILIA PARDO BAZAN 



cortesías irónicas, las sardescas galanterías, las 
actitudes bufonescas, las postraciones á lo Me- 
fisto. 

Ante la reina, que va á entrar en danza con 
su diadema de florones y su veste orlada del 
armiño inmaculado, se rinde cortesano, mien- 
tras toma su brazo como el que, respetando, 
apremia. A la duquesa pálida, que se recoge 
elegantemente el sobrefaldellín de velludo, la 
rodea el cuello con enamoramiento, casi la 
abraza con fúnebre y hediondo abrazo de se- 
pulturero melifluo. Ante la orgullosa fidalga se 
arrodilla, tratando de estrechar su mano puli- 
da, aristocrática. A la abadesa la descarga del 
peso del báculo, estorbo para danzar... A la re- 
polluda priora la empuja por los hombros, sua- 
vemente. Ante la gentil damisela hace un con- 
trapás, llevando el compás de los brincos con 
la pala de enterrador. A la daifa galante la echa 
al cuello el sudario como si fuese un chai. A la 
nodriza la ordena con risueña mueca de man- 
díbulas cubrirse el seno y soltar al crío; ¡lo pri- 
mero, el baile! A la moza de cántaro la estruja 
la cintura, la da un pellizco con dedos óseos, 



LA SIRENA NEGRA 



7 1 



¡y á remangar las haldas y á danzar! Y cuando 
la gentil recién casada, ó la casta virgen, se 
estremecen notando que el aire se vuelve obs- 
curo y que un soplo glacial ha rozado sus me- 
jillas en flor — el esqueleto, aplicando la mano 
sobre la caja del esternón, en el sitio donde el 
corazón pudo latir un día — les hace tiernas 
declaraciones, susurrando en el tono del viento 
cuando solloza y estridula en las ramas de los 
sauces elegías amorosas, layos de pasión ultra- 
terrestre... 

Y, en el árida llanura, amarillenta, cercada 
por el anfiteatro de montañas calvas y telaraño- 
sas, á la luz del sol que se pone detrás de los 
cerros, medio apagado,, el baile comienza, al 
pronto pausado y solemne, sin más música que 
el choque de los huesos marfileños, pelados y 
limpios, del esqueleto que dirige la danza gene^- 
ral de la Muerte, tal cual se ve en los Códices 
góticos. Danzan reyes con pastoras, monjas con 
guerreros, emperadores con labriegas, fidalgas 
con arzobispos. Lo que el amor no ha podido 
nivelar ni reunir en vida, lo nivela la Seca, la 
omnipotente, con su gesto coreográfico. Las. 



7 2 



EMILIA PARDO BAZAN 



invitaciones al baile han sido de base amplísi- 
ma; no habrá piques; no se queda en casa nadie, 
mientras el baile se forma, apresura su ritmo y 
repicotea sus airosos puntos. Cogidos de la 
mano, empujados por la sobrehumana ley, 
contra la cual no vale resistencia, alzando los 
pies juveniles ó gotosos, meneando los troncos 
flacos ó tripones, castañeteando los dedos rígi- 
dos, retorciéndose como debían de retorcerse 
ios Ardientes, en su ronda de martirio y locu- 
ra, la multitud baila, baila, siguiendo al esque- 
leto que marca el compás y guía hacia el pro- 
fundo agujero ó sima abierto en mitad de la 
llanura, donde las parejas, alzando todavía la 
pierna para un trenzado, caen precipitadas. El 
corro, sin embargo, no se estrecha: nuevas pa- 
rejas reemplazan á las que la sima tragó; y su- 
ben el pie más aprisa, y contonean la cintura 
más salerosamente y agitan los brazos y en- 
cogen y estiran los dedos, con el trajín pecu- 
liar de los agonizantes al rechazar las sába- 
nas y mantas que los cubren. Las caras son 
<Íel color de la cera; pero, á veces, un reflejo del 
expirante sol, que no acaba de ponerse, las aviva 



LA SIRENA NEGRA 



73 



con un toque rojizo. Vestiduras de púrpura, 
sayos de piel de carnero, sayas de bayeta, 
briales de seda joyante, pingajos de mendigo, 
se rozan, se confunden en el remolino ver- 
tiginoso de la danza general. ¿Dónde están las 
preocupaciones de clase, ias severas prescrip- 
ciones de la etiqueta? ¿Dónde el imán de la 
pasión, que hace que dos manos se busquen 
entre cientos de manos, en una cadena de bai- 
le? ¿Dónde el odio, que separa más que altas 
paredes y millares de leguas? ¿Dónde todo lo 
que los humanos han creado para entretener 
el ignoto plazo de tiempo que les concede la 
Guadañadora, y para olvidar, entre estrépito, 
farsa, mentira y vanidad, la verdad única? 

Una risa silenciosa dilataba mis labios viendo 
realizado el ideal de fraternidad é igualdad de 
tan perfecto modo. Nadie se acordaba, entre 
los danzantes, de lo que había sido durante el 
tiempo, siempre breve, otorgado por el esque- 
leto á la ficción vital, á la tramoya humana. 
O por mejor decir, ahora que el inexorable 
acreedor presentaba su cuenta, todos sabían 
que no habían sido nada, nada, nada, más que 



74 



EMILIA PARDO BAZAN 



puñados de polvo amasados por un alfarero en 
esta ó aquella forma; polvo cuajado en barro 
quebradizo. Al romperse, sus tiestos y tejuelos 
se estrechaban, cual confundidos en inútil mon- 
tón se hermanan los restos en el muladar, an- 
tes de ser barridos con enfado y desprecio. 

La ronda, no obstante, me parece, no sé por 
qué, escenografía, algo artístico, versificado, 
pintado, tejido, sin realidad inmediata. Esto, 
pienso yo, es cosa sugerida por la Edad Media, 
que, como nadie ignora, fué un período triste, 
renegador de la vida, amigo de la muerte... 
¡Bah! ¡Pch!.. La tal ronda es un baile viejo; ni 
más ni menos que la danza macabra del poeta 
judío amigo de don Pedro el Cruel; en suma: 
literatura y teología... En nuestros tiempos he- 
mos reemplazado la danzamacabrapor la danza 
griega de las ninfas y faunos, ronda jocunda, 
símbolo de la alegría de vivir! Anticuada está 
la procesión de la Seca... 

Y en el mismo punto en que se me ocurre 
tal observación, que revela mi cultura y mi 
sentido moderno, el corro de baile, girante por 
la grisácea llanura, alzando una polvareda, 



LA SIRENA NEGRA 



75 



que es menuda, sutilísima ceniza de corazo- 
nes, — se ensancha para dar paso á nuevas 
parejas. — Ya no visten éstas ni púrpuras ni ter- 
ciopelos cortados; ya no cubren sus cabezas 
tocas ni birretes. Llevan el mismo traje que 
yo, las propias vestiduras que Camila y que 
Trini; su ropa la han confeccionado sastres y 
modistas, sus manos calzan el guante actual. 
Pero sus caras son también céreas, y en sus 
mejillas, el sol lánguido difunde el mismo res- 
plandor de hoguera que expira. Y á esa gente 
nueva que se mete en danza, ¡yo la conozco! 
Son amigos que desaparecieron, son figuras 
medio borradas ya de mi recuerdo, que ahora 
se alzan con el mismo relieve que tenían en 
vida, cual si me hablasen, cual si acabasen de 
estrecharme la mano con la suya actualmente 
helada. A unos les he querido y servido; á otros 
les he criticado, les he detestado algunas ho- 
ras de mi existir; á aquél, yo le admiraba, le 
envidiaba en secreto; al otro, le he llamado im- 
bécil, cretino, en círculos intelectuales... Y 
aquel que pasa fué mi rival unos meses, y 
por él me engañó y mintió y traicionó aque- 



7 6 



EMILIA PARDO BAZAN 



lia que alza la pierna bonita, á la señal pe- 
rentoria dada por el esqueleto con su pala 
de enterrador... Pasan, pasan, pasa mi exis- 
tir resumido, como el de todos los morta- 
les, en unas cuantas fisonomías de semejantes 
míos, que me hicieron bien ó mal, que me in- 
quietaron con el enigma de su espíritu ó de su 
destino. Y he aquí la clave del enigma de ellos 
y del enigma de los demás y del mío, he aquí 
la clave..! La clave del enigma humano... la 
danza general de la Muerte..! 

¡Dios me asista! ¿Me engaño? ¡No! Ahí sa- 
len también á danzar los propios, los de mí 
sangre, los que siento en mí todavía... Danza 
mi pobre padre, el soñador, con su cabellera 
romántica al viento: y, arrebatada mal de su 
grado, danza mi majestuosa madre, resistien- 
do, apretados los labios y crispada la mano 
que magullaron las falanges del esqueleto tirá- 
nico. Y aparece también la figura más familiarl 
Camila, la propia Camila, señora distinguidí- 
sima, con su original y celebrado traje de ter- 
ciopelo muselina verde almendra (me enseñó 
ella este recitado) y su sombrero parisiense de 



LA SIRENA NEGRA 



77 



plumaje llorón, entra en danza sirviéndola de 
pareja un pobre diablo, uno de esos famélicos 
que se sitúan, astroso el traje y entreabiertas 
las botas, en las esquinas, al anochecer, para 
susurrar pedigüeñerías... ¡Oh entonada, oh 
correcta Camila! ¡Si así creyeses que has de 
danzar, más pronto danzarías, porque habrías 
de morirte de repente, de susto y escándalo! 
¿Hola? Detrás de Camila veo á Trini, aga- 
rrada á un vejancón que parece un sapo de 
pie... Y Trini danza, danza, sin preocuparse 
de su pareja: en este baile no se elige; es la 
promiscuidad de los antiguos ritos, de los cul- 
tos á las diosas sin freno. También la Seca, 
— como su derrotada adversaria, la Lozana, 
la Mentirosa — goza en producir nefandos con- 
tubernios, aproximaciones imposibles, hime- 
neos monstruosos, contrastes goyescos... 

Quiero gritar, y la voz se me apaga. Acaba 
de salir á danzar una pareja nueva, ... ¡Rita! 
¡Rita! ¡y de la mano de su niño; de la mano de 
Rafaelín! 

Para bailar con su nene se ve obligada á ba- 
jarse. Sus cabellos de tinieblas, flotando, ha- 



EMILIA PARDO BAZAN 



cen resaltar la blancura sepulcral de su cara 
exangüe y delicadísima. El niño, tan rosado, 
ahora tiene carrillos de azucena... Y los dos, 
arrastrados por el torbellino, fascinados por la 
mueca sardónica de la Guadañadora, brincan, 
se contorsionan epilépticos, y corren desbo- 
cados hacia la sima central. 

Movido de horrible curiosidad, me acerco á 
la boca del pozo del abismo. Allá en el fondo, 
— si hay fondo;— á profundidad incalculable, 
creo distinguir otro resplandor semejante al del 
sol enfermo y exánime que alumbra la llanura 
gris... Es algo confusamente rojizo, que se in- 
flama y se extingue; es el ojo de carbunclo de 
un dragón que parpadea... [Fuego..! ¡Fuego..! 
¡Hay fuego en la sima! 



La voz de Marichu, ronca de susto: 
— ¡Señorito! ¡Señorito! ¡Venga! ¡La seño- 
rita se muere! 

Y el médico y yo, despertados á un tiempo, 
él del feliz sueño de la buena digestión, yo del 
devaneo de mi- fantasía volando con alas de 
murciélago, — nos precipitamos hacia la alcoba. 



VI 



El doctor me llevó á un rincón, secreteando. 

— Esto se acaba. La fatiga y el ansia que 
siente es que va á repetirle la hemorragia. Y 
en ella, no respondo de que... 

En vez de alarmarme, aprobé tranquilo. Era 
lo que tenía que suceder; si lo lo sabría yo! 
Como que acababa de verlo.,. Acababa de asis- 
tir anticipadamente al momento que iba á 
transcurrir ahora: los pasos de la Seca tal vez 
resonaban en la calle, en la escalera tal vez. De 
todos modos, no tardaría en presentarse. Eran 
inútiles llaves y cerrojos para oponerse á su 
paso; y el doctor, con sus recetas y sus pocio- 
nes, estaba soberanamente en ridículo,— fuerza 
es reconocerlo. 



8o 



EMILIA PARDO BAZAN 



— ¡Rita, niña! — silabeé á su oído, cubrién- 
dola de caricias, que ella ni advirtió. 

— Alcela usted por la espalda... A ver si se 
atenúa la fatiga... 

La incorporamos. Me miró como suplicán- 
dome que la aliviase. 

— ¿Qué sientes? 

— Lo... de... antes... Sabor á hierro..., 
aquí... aquí... 

Señaló hacia la laringe... Y al hacerlo, la ola 
avanzó, las venas del mísero cuerpose vaciaron, 
entre las angustias y los afanes postrimeros. La 
cabeza recayó en las almohadas. Sequé, lim- 
pié los labios manchados, enjugué la frente cu- 
bierta de glacial sudor. Ella entreabrió los ojos, 
y en voz de soplo, espaciando, murmuró: 

— Me voy... Acordarse... El niño... 

Un sutil estremecimiento la recorrió toda. Se 
inclinó su faz un poco hacia el pecho. Los ojos 
quedaron abiertos, cuajados, fríos; los labios, 
remangados, descubrieron los dientes. La nariz 
se afiló de súbito. La sonrisa, vaga, era de paz, 
de serenidad infinita; no protestaba, ni se que- 
jaba, ni temía el más allá; en los labios flotaba 



LA SIRENA NEGRA 



8l 



la certeza del perdón. Y la contemplé, y las vi- 
siones de mi calentura se apoderaron de mí otra 
vez: veía la Danza, el esqueleto-guía... Por 
las ventanas de la sala penetraba la claridad 
polar de un amanecer de invierno matritense. 

— Volveré dentro de un par de horas, Ma- 
richu. No la abandones. 

Salí con el doctor, que exclamaba «¡Hiela! 
¡qué gris sopla!» no sabiendo qué decirme, en 
la duda de lo que significaba para mí aquella 
muerte; en la duda de cuáles podían ser los la- 
zos que me unían á la difunta. Y, como yo no 
le hiciese el dúo en su tiritón intencional, se 
creyó en el caso de decir generalidades. 

— Son momentos muy tristes... Era previs- 
to... Dado elg ro del padecimiento... Sin embar- 
go, si no sobreviene esta última hemorragia... 

Contesto con signos ambiguos, con enarca- 
mientos de cejas de esos que á. nada compro- 
meten, y á la puerta ya del médico, saco mi 
cartera: 

— Por no molestar á usted otra vez... si qui- 
siese que liquidásemos ahora mismo nuestra 
cuentecilla... los honorarios..? 

6 



82 



EMILIA PARDO BAZAN 



No hice caso de una protesta de desprendi- 
miento hidalgo, de esas que en situaciones aná- 
logas tiene todo español, y le metí en la mano 
billetes. El apretón de despedida fué vehe- 
mente. Quizás representaba mi dinero el des- 
ahogo, el bienestar de un mes en el modesto 
hogar. 

— Falta aún... Usted perdone... Me hará el 
favor de llenar las fórmulas, ¿no es eso?.. 

Sí, él llenaría las fórmulas... partes, avisos á 
funerarias y todo lo que se ha menester... Y 
yo seguí á mi casa. — Me empujaba á ella, con 
tal prisa, la tiranía más poderosa y exigente 
de cuantas sufre el hombre de nuestro siglo: la 
tiranía del aseo. Para mí, como para tantos 
contemporáneos míos, el hábito del aseo ha 
llegado á convertirse en nimia obsesión. Las 
uñas sucias, los dientes sin enjuagar con elixir 
y sin frotar con pasta, el pelo sin cepillar, un 
borde dudoso, gris, en los puños de la camisa, 
bastan para hacerme desgraciado. A pesar de 
mi devoción extraña á Rita Quiñones, su me- 
naje no me tranquilizaba poco ni mucho, y la 
fúnebre noche había impreso huellas en mi 



LA SIRENA NEGRA 



83 



ropa y en mi piel. Sentía ese hormigueo, esa 
desazón física y esa especie de disminución 
moral que produce la certeza de no estar puro, 
nítido, fresco. 

Con deleite de romano de la decadencia entré 
una hora después en un baño donde acababa de 
esparcirpuñadosdeespuma de jabón y un frasco 
de Colonia auténtica. Al flotar enel agua tibia y 
aromosa, las visiones de cementerio me pare- 
cían tan difumadas y desvaídas como un fresco 
de sacristía deteriorado por la humedad, y la 
desaparición de Rita, algo sucedido hacía mu- 
chos años y en un país distante. La fricción con 
el guante seco, activando mi circulación, acre- 
ció mi bienestar material; un chocolate ligero, 
á la francesa, en taza fina, flanqueado de brio- 
che, mantequilla y tostadas, absorbido al lado 
de la chimenea crepitante, metido micuerpo en 
ropón de franela caliente y mis pies en zapati- 
llas confortables y airosas — las zapatillas fon- 
donas, achancletadas, no las puedo aguantar, 
me ponen en ridículo ante mí mismo — preparó 
sabiamente mi estómago, sin cargarlo. Tadeo, 
el ayuda de cámara, solícito, me vistió con 



«4 



EMILIA PARDO BAZAN 



ropas bien cortadas y de estación, y al darme 
los guantes, interrogó: 

— ¿Almorzará el señorito en casa? Porque 
la señorita Camila siempre me pregunta... 

— No sé... Es probable que sí. 

Volví á la casa mortuoria. Desde que pisé 
el portal me asaltó una idea, que en el pri- 
mer momento me parecía singular, aunque 
después me haya enojado con los que singular 
la encontraron también. Y esta idea era que ya 
tengo familia; que tengo un hijo y que debo 
desear verle, besarle. ¿Cómo no lo hice ya á 
la madrugada, al* rendir su madre el último 
suspiro? 

Llamé. Marichu, que me abrió, traía los ojos 
hinchados, el pelo revuelto, el aliento impuro, 
de desvelo y fatiga. 

— Es preciso — pensé — instalar á mi niño 
como corresponde. Le educaré, le cuidaré ma- 
ravillosamente. 

Y planes britanizados , todo un programa 
serio, pedagógico, á la moderna, se formuló 
en mi mente mientras cruzaba el angosto pa- 
sillo cubierto de estera vieja y forrado de papel 



LA SIRENA NEGRA 85 

color manteca imitando los nudos y vetas de 
la madera de pino. Era la engañifa de la vida 
que volvía á apoderarse de mí con sus seduc- 
ciones, su persuasión fascinadora de que hay 
cosas que urge, que importa hacer, y á las 
cuales debe consagrarse todo nuestro esfuer- 
zo, sin vacilación y sin descanso... La enga- 
ñifa me hizo tanto provecho como el baño 
y el chocolate, y entré en la alcoba mor- 
tuoria casi alegre, con la viril alegría de la ac- 
ción. 

La valerosa Marichu había arreglado y mu- 
dado la cama, lavado y vestido á la muerta con 
su mejor traje, de negro paño. Había cruzado 
sus manos, clausurado sus ojos de sombra, 
cuajados ya y mates como azabache sin bru- 
ñir, recogido con la modestia de los supremos 
instantes la cabellera indómita, de rebeldes me- 
chones. La chica bascongada tenía, cierta- 
mente, el sentimiento de lo conveniente en de- 
terminados casos. Me acerqué, miré á Rita — si 
es que era Rita el tronco inerte que yacía so- 
bre el lecho—, y me quedé absorto por el en- 
canto de filtro letal que se desprendía de la 



86 



EMILIA PARDO BAZAN 



contemplación. Sin duda quedaba mucho de 
alma en el cadáver. ¿No era el alma lo que ba- 
ñaba con irradiaciones de paz y misterio la 
cara inmóvil? ¿No era el alma lo que se aletar- 
gaba tan calmosamente, lo que imprimía ma- 
jestad á la frente clara, como retocada de luz? 
A la boca sonriente de un modo imperceptible, 
¿no se asomaba el alma, á falta del aliento? 
¿No había alma en las cruzadas manos casi 
transparentes, entre las cuales Marichu, no po- 
seyendo un crucifijo, había deslizado una hu- 
milde estampa del flamígero Corazón? ¿Podrá 
ser sólo la materia la que sugiere tanta emo- 
ción dramática en presencia de estos despojos? 
Miro hacia el fondo de la alcoba, buscando en 
las umbrías de los rincones al Ser que ha de 
contestarme, al Ser que disipe mis incertidum- 
bres. En el silencio flota algo sagrado... Tal 
vez está ahí la Seca... Y de seguro es ella, la 
Omnipotente, quien me responde, entre casta- 
ñeteos de mandíbula desencajada y chirridos 
de goznes herrumbrosos: 

— Majadero: lo que te impresiona, ni es la 
materia, ni es el alma. Es la forma, la forma 



LA SIRENA NEGRA 



87 



engañosa, algo lineal y superficial, que sobre- 
vive á la vida. 

— Date aceite á las clavijas de esos huesos 
— replico irritado, despreciativo y con jactancia 
colérica—, para que no chirríen así. Tú debes 
* ser callada, reservada, elegante, discreta. No 
me gustarás ¿has entendido? hasta que adop- 
tes los modales de la mejor sociedad. 

Y creo oir una carcajada sofocada, sorda, 
como si ella se desparramase de risa dentro de 
la oquedad de un nicho. ¡Ella! ¿Por qué lla- 
marle así? Ella es la mujer; ella es la que sim- 
boliza la humareda azul del hogar, garan- 
tía de la supervivencia en la familia; sólo á la 
amada se aplica el dulce pronombre demostra- 
tivo... 

¡No quiero que me atraigas, no quiero ser 
tuyo, esqueletada coqueta! Hay otro atractivo 
que vence, y de fijo vencerá siempre al de la 
Segadora. El niño pisará la cabeza de la muer- 
te... Y en mi memoria, en ese caprichoso te- 
rreno donde brota lo que menos esperamos, 
salta una copla del sentencioso secretario de 
don Juan II, y se me viene á los labios: 



88 



EMILIA PARDO BAZAN 



Como toda criatura 
de muerte tome siniestro, 
aquel buen Dios y maestro 
proveyó por tal figura 
que los daños que natura 
de la tal muerte tomase, 
luxuria los reparase 
con nueva progenitura... 

— ¡Marichu! — grité — . ¿El niño, está des- 
pierto? 

— Sí, señor. 

— ¿Vestido? ¿Limpio? 

— No, 'señor... No pude... Con atender...— y 
señaló al lecho funerario. 

— ¿Se ha desayunado? 

— Un poco de leche le di... 

— ¿Sabe?.. 

— Inocente, ¿qué quiere que sepa? Algo se 
malicia ya... Tan listo... 

— Arréglale muy bien, y avísame. 

Mi ilusión de paternidad no quería yo per- 
derla con una impresión que sublevase mis 
sentidos desde el primer momento. Como los 
sultanes de la Biblia que hacen lavarse, mace- 
rarse en aromas, revestirse de los mejores ador- 



LA SIRENA NEGRA 



89 



nos á las que van á compartir su tálamo impe- 
rial — cultivando, sabiamente, la mentira sub- 
jetiva, fuente de toda felicidad — , yo hubiese 
deseado al chico trajeado de terciopelos y gui- 
pures, saltante de planchados, exhalando olor 
á Rimmel y á ropa nueva, inglesa, cara. Soy 
un refinado exigente, lo cual me vale sufri- 
miento y decepción continua. Quisiera que el 
sentimiento, ó al menos la sensualidad, tuvie- 
sen el poder de abolir esta exasperación de mi 
delicadeza; y jamás la han tenido. En horas de 
delirio, ó que para ser algo deben ser de deli- 
rio, mis sentidos lúcidos, vigilantes, severos, 
me vedaron el transporte y el anonadamiento 
que se parece á la muerte, y sólo por este pa- 
recido me hechizaría. He advertido todo, todo, 
todo; la basta calidad de un encaje, el corte 
desairado de un zapato, el principio de fatiga 
de un corsé, la imperceptible empañadura de 
una tez imperfectamente purificada, el vaho de 
un estómago nutrido de groserías... Y esas 
ofensas al refinamiento me han producido ren- 
cor, como si el ofendido fuese yo mismo, di- 
rectamente; y el rencor me ha marchitado las 



90 



EMILIA PARDO BAZAN 



flores de poesía en los labios y en el espíritu. 
¿No me decía el año pasado la pobre Catalini- 
ta (por señas, una amiga de mi hermana), no 
me decía, repito, en son de despedida, en 
ocasión crítica y que otro llamaría solemne: 
—«Eres un desagradecido. Te vas furioso con- 
tra mí..?» 

Sí, furioso quedo yo cuando alguien me de- 
vasta por dentro, me disminuye la poesía, me 
roba mi sueño y mi pasajero entusiasmo... 
Marichu: pon cuidado, pon cuidado en cómo 
arreglas al niño, que en este momento es el asa 
á que me agarro para no caerme de mi propia 
altura imaginaria. ¡Oh arcangelito Rafael: haz 
el milagro de llenarme este abismo que hay en 
mí; llénamelo con tu monería celeste, con tu 
mohín murillesco, con tus carnezuelas amasa- 
das de mantequilla y hojas de rosa, con tu mi- 
rar donde aún no se ha reflejado la negrura 
humana! Enamórame de ti, de tu cuerpo santo, 
sin contaminar, de tu pensamiento impoluto, 
de tus manos sin fuerza, de tus pies correto- 
nes... ¡Hazme padre, sin que yo tenga que ren- 
dirme al yugo de una Trini, de una mujer 



LA SIRENA NEGRA 



9 1 



práctica, positiva, bien equilibrada, que lleve 
cuentas y saque brillo á mi capital! Hazme pa- 
dre, que es lo que anhelo secretamente, porque 
ser padre es arraigar en la vida. Mira que es- 
toy rendido de tanto aspirar á la paz de la 
Sima obscura... y que, para decir toda la ver- 
dad, la Sima es aterradora... ¡Y sí he visto bien, 
sí; allá en el fondo, tiene fuego..! 

— Aquí viene, señor: el huerfanito le traigo... 

Cierro aprisa la vidriera de la alcoba, donde 
yace la madre, y me arrojo hacia el mocoso, 
le levanto en brazos y le devoro á besos. El se 
ríe, se defiende y me pega puñetazos en los 
ojos, chillando: «Bapar, malo Bapar...» 

— No me llamo Bapar. Me llamo papá, 
Marichu abre unas pupilas sosas, como dos 

bolas barnizadas... ¡Se lo sospechaba! ¡No era 
huerfanito el nene! Padre tenía, sólo que los 
miramientos y las razones... el mundo, el 
mundo... 

— Yo corro con todo, Marichu. Quizás nos 
mudemos, antes de la semana que viene, á 
otra casa. Esta es triste. Entretén al pequeño; 
que no vea... 



Q2 



EMILIA PARDO BAZAN 



— ¡Basta! Entendido, señor... Allá me lo 
llevo, cuando llegue la hora... 

— Ahí va un par de billetes, para lo que 
ocurra... 

— Suerte tiene Rafaelín... ¡Amparo no le 
falta! 



VII 



El contento que me oxigenaba el espíritu me 
animó á empeñar, desde el primer instante, la 
batalla con Camila. Como todo hombre, no 
dejo de temblar á las peloteras domésticas; sin 
embargo, el orgullo de mi superioridad me 
presta una fuerza que acaso la razón no me 
daría. 

Transcurre el almuerzo. Cobardemente, por 
hacerme los lares propicios, lo elogio, aunque 
no me encanta: á los huevos revueltos les fal- 
tan trufas; los beefsteacks están demasiado he- 
chos, y el pescado no trae salsa aguda, correc- 
tora de su insipidez; lo reviste esa bandolina 
amarilla titulada mayonesa. Camila propende 



94 



EMILIA PARDO BAZAN 



á la economía; inspecciona á veces la cocina, 
y está siempre tirando de la rienda, para aho- 
rrar una mezquindad. El elegante desprendi- 
miento que hace tolerable el roce entre sir- 
vientes y amos, quitándole la aspereza bata- 
lladora del interés, — es desconocido y sospe- 
choso para Camila. 

Puesta la conversación en el terreno conci- 
liador, pasamos al gabinete, á saborear el café. 
Me traen mi kummel, y cargo la mano en la 
dosis. Camila reprende el abuso: pocos licores, 
pocos! Poco de todo, parsimonia en todo, ex- 
cepto en lo que puede dar de nosotros alta 
idea á la sociedad — tal parece ser la regla de 
conducta de Camila. 

A la tercer dedalada de licor, me decido. 
¡Pecho al agua! Hablo, en tono sencillo, con- 
fesándome; no omito nada, excepto la tre- 
menda historia de Rita, adivinada, soñada tal 
vez; expongo mi resolución de traerme con- 
migo al pequeño, de ser como su padre, en 
toda la fuerza afectiva de la palabra. Calentán- 
dome al hablar, declaro que el niño me es ne- 
cesario; que carezco de algo que me adhiera á 



LA SIRENA. NEGRA 



95 



este mundo tan deleznable, tan mísero... Me 
vacío, me espontaneo, y al mismo tiempo que 
lo hago lo deploro; me encuentro inferior á mí 
mismo, y me acuso de la caída, sin dejar de 
caer aceleradamente — caso demasiado vulgar! 
¿Cuándo aprenderemos á no franquearnos con 
nadie, con nadie? ¿A guardar el tesoro? 

En efecto, he aquí el fruto de mi expansión. 

Camila me escuchaba, puesto el codo en la 
mesa y la mano derecha en la mejilla. Sus ojos 
grises, penetrantes, que empiezan á marchi- 
tarse un poco por los párpados, me escudri- 
ñaban con una mezcla de recelo indefinible, de 
lástima, de severidad, de indignación. Su iz- 
quierda sacudía de tiempo en tiempo, por un 
hábito de corrección mundana, los encajes 
amarillentos de la chorrera de su blusa, en 
persecución de alguna migaja trasconejada qui- 
zás. Con pueril curiosidad, yo seguía la doble 
corriente de aquel espíritu femenino: la de la 
protesta y la de la rutina. 

— Hijo mío... — Cuando se maternizaba, era 
para reducirme á la nada con su sabiduría po- 
sitivista, su buen sentido social. — Hijo mío... 



9 6 



EMILIA PARDO BAZAN 



— Y miró alrededor, cerciorándose que no la 
podía oir nirgún criado: la desconfianza de la 
domesticidad es una de las notas característi- 
cas de mi hermana. — Yo... qué quieres que te 
diga? Por mi gusto, callaría, y te dejaría hacer 
tu capricho. No me ha agradado nunca mez- 
clarme... Pero mi deber, deber sagrado, es de- 
cirte varias cosas. No: no creas: en parte me 
alegro de que venga rodada la ocasión. ¿Per- 
mites?.. 

Se levantó, oprimió el timbre y ordenó al 
sirviente que se encuadraba, derecho y mudo, 
en la puerta: 

— No estamos en casa para nadie... ni para 
la señorita Trini... No me traiga usted ningún 
recado, ni los del teléfono, hasta que yo avise 
de que se pueden pasar. 

Segura ya del tiempo, se sentó otra vez, bajó 
los ojos, pareció recogerse, y al fin se lanzó, 
adquiriendo gradualmente mayor aplomo. 

— Todo cuanto me has referido es tan ex- 
traordinario, que... perdona, hijo... no es fácil 
que yo lo comprenda... en una persona que 
esté... en su juicio... vamos, que esto no es in- 



LA SIRENA NEGRA 



97 



dicar que tú no lo estés... al contrario... tú 
sabes más que yo, tienes infinitamente más ta- 
lento que yo... pero son cosas en que á veces, 
los tontos — (¡qué gesto olímpico el suyo ai de- 
clararse tonta!) — vemos lo que los sabios no 
aciertan á ver... Y yo veo claro en ti, Gaspar, 
no lo dudes ¡veo clarísimo! No en vano hemos 
sido niños y jóvenes á un tiempo, en la misma 
casa, y no en vano estamos juntos desde que 
enviudé. Tú has sido siempre raro; tú has mi- 
rado siempre las cosas por un prisma... hijo, 
qué prisma! No sé si te molesta que me exprese 
así... 

— No... Sigue... Si me ayudas á conocerme, 
te lo agradeceré mucho. Deseo darme cuenta 
de lo que les parezco á los demás. Acaso eso 
me ilustre. 

— A los demás, como á mí, raro y muy raro 
y hasta extravagante les pareces. Trini, por 
ejemplo, Trini, á quien tan simpático le fuiste... 
Bueno, Trini no tiene otro recurso sino con- 
fesar que... que á menos de estar tocado... Tú 
dirás que estas son apreciaciones, que cada uno 
se gobierna á su modo; no, hijo mío! hay co- 

7 



9 8 



EMILIA PARDO BAZANÍ 



sas y hay materias en las cuales no cabe dis- 
cusión, todo el mundo va conforme... porque 
no existen dos maneras de verlas. Y el que las 
ve de un modo disparatado, es que le falta la 
rueda catalina... Así, así te lo planto, Gaspar. 
No pides claridad? Pues ni el agua! 

Gomo yo no opusiese la menor objeción, 
prosiguió, excitada ya, con el ímpetu del que 
al fin desahoga, harto de reprimirse y des- 
aprobar en silencio, ahito de mascarse la len- 
gua. 

— Y si no, vamos á ver... Querido mío, es 
verdad ó es mentira que siendo tú un hombre 
todavía joven — treinta y seis años no son la 
ancianidad — que no padeces ninguna enfer- 
medad conocida, que gozas de una renta 
muy bonita, y que deberías estar contento y 
disfrutar y casarte y lucir la posición, te em- 
peñas en oscurecerte, en echarte encima car- 
gas y compromisos? Es verdad ó mentira que 
sólo te falta, y perdona la frase, sarna que ras- 
car? (Torcí el gesto; mi refinamiento protes- 
tó.) ¿Y es engaño que estás muy á menudo de 
murria? ¿Por qué no te dedicas á algo, por qué 



LA SIRENA NEGRA 



99 



no emprendes... qué sé yo? Loque emprenden 
ios demás hombres! Política ó negocios ó... En 
fin, lo corriente! 

— Política! Negocios!.. — interrumpí — . Para 
qué? No dices que tengo lo bastante? Tú á 
nada te dedicas, Camila, y tú vives feliz, como 
el pez en el agua. 

— Me dedico á la sociedad, á mis amigas, á 
mi casa... No tengo un minuto de esplín. Tú, 
como si fueses un inglés: aburrido, aburrido, 
soso, soso... 

— También yo me dedico á la sociedad, á 
mi sociedad especial; — no hay una sola, hay 
varias... En estos últimos tiempos, mi sociedad 
ha sido una moribunda. ¿Qué le voy á hacer, 
si mi sociedad tiene un pie en el sepulcro..? 
Sólo me extraña que tú, religiosa como dices 
que eres, no veas sino las cosas de este vivir 
tan pasajero... Debieras interesarte un poco 
por lo que sigue á la vida, que es el morir. 

Enarcó las cejas, signo de ira. 

— Ahora me vienes predicando... tiene gra- 
cia. Yo te pregunto: ¿Es fiel la pintura que hice 
de tu carácter? 



100 



EMILIA PARDO BAZAN 



— Fidelísima. Soy como me has descrito. 

— Entonces... saca la consecuencia. Mira: 
no tengo afición ninguna á los perdidos, á los 
viciosos, y, no obstante, creo que preferiría que 
te diese... vamos... por alguna tontería, por al- 
guna calaverada de esas... de esas que no des- 
honran. Sería menos malo que te enamorases 
ciegamente y siguieras por montes y valles al 
objeto de tu amor haciendo mil absurdos, y te 
rompieses por ella la crisma con un rival... En 
fin, cualquier barbaridad que, pasado el pri- 
mer momento, se te quitaría de la cabeza, y 
después te convertirías en hombre formal y co- 
rriente. Pero, con tus singularidades, empiezo 
á perder las esperanzas... 

— ¡Bahl — respondí, en un afectado tono 
ligero que tiene la virtud de sacar de tino á mi 
hermana — . ¿Las esperanzas, de qué? 

Frunció el ceño y calló indecisa un instan- 
te... Al fin, dura, resueltamente, me la plantó: 

— Las esperanzas de que estés bueno de la 
cabeza. 

No porque la pronunciase Camila, sino por- 
que dentro de mí una cavilación ya antigua, un 



LA SÍBENA NEGRA 101 

susurro psíquico, repetía la brutal frase, me 
sentí palidecer y estremecer. Ella creyó en mi 
derrota y apretó el tornillo, cosa propia de su 
manera de ser poco comprensiva, intolerante 
con la flaqueza. 

— No pienses que esto es una idea mía; te ad- 
vierto que por ahí corre fama de que estás muy 
chiflado—- , Y se llevóel dedoá la sien. — Excuso 
decirte cómo te calificarán si averiguan todo 
ese tejido de lindezas, todo ese tinglado estram- 
bótico sobre el cual vas á fundar tu vida. Si se 
enteran de que has sido amigo de una perdula- 
ria, amigo á secas, hasta el extremo de asistirla 
en sus últimos instantes; si saben que por la tal 
perdularia, de la cual dices que sólo fuiste ami- 
go, rompiste tus proyectos de enlace con una 
señorita (la voz de mi hermana se hizo enfáti- 
ca), una señorita ¡como Trini, que es la pro- 
porción más cabal, lo que puede satisfacer al 
hombre más exigente! ¡Si ven, además, que te 
llevas á casa un niño que no se sabe ni de 
quién es hijo y que tuyo no puede serlo... 
excuso decirte la opinión que formarán del 
estado de tus facultades mentales. Créeme, 



102 EMILIA PARDO BAZAN 

Gaspar, eres un ca-so, un ca-so. ¡Consúl- 
tate!.. 

— Cada uno es un caso — repliqué, reaccio- 
nando, montado ya en el Clavileño de las ideas 
incomunicables — . Acabas de hacer el catálogo 
de mis condiciones para ser dichoso. Poco val- 
drían esas condiciones si no fuese unida á ellas 
la libertad, ¿entiendes? para hacer lo que me 
place y no lo que tú y tus contertulios de dos 
ó tres casas habéis dispuesto. Vuestros cua- 
queos de patitos de corral asustados ¿qué quie- 
res que signifiquen para mí? Pensáis muy ba- 
jamente, muy ruinmente; y no sé cómo puedes 
concordar esas opiniones con otras que profe- 
sas, al menos en apariencia... ya te lo he dicho. 
¿Eres tú cristiana? ¿Eres tú espiritualista? ¿Y 
prefieres que tu hermano se entregue á vicios, 
tú lo aseguraste, no lo niegues ahora, á que re- 
coja un pobre niño desamparado y le sirva de 
padre? ¿Se es sólo padre por engendrar mate- 
rialmente? Tú llamarás, de fijo, padre al con- 
fesor. Si yo hubiese pecado con la madre y de 
ese pecado naciese la criatura, comprenderías 
quizás que la recogiese. Haciendo lo que hago 



LA SIRENA NEGRA 



y que tú debieras considerar una buena obra 
—aunque yo (pero esto es muy sutil) la realizo 
por egoísmo) — , me clasificas entre los demen- 
tes... ;La demencia es la tuya en atribuir* tanto 
valor á lo que ha de durar tan poco! ¿O es que 
crees, Camila, desdichada, que los demás se 
irán y tú quedarás? ¿Piensas que eso no puede 
ocurrir hoy, hoy mismo, después de que cojas 
el sueño rumiando lo que has de murmurar 
mañana en casa de las de Correa? Todas las 
noches, cuando te retiras á tu dormitorio, echas 
la llave, pasas el cerrojo y hasta registras el 
tocador, no se quede allí escondido algún ber- 
gante; y no te fijas en que hay alguien que se 
filtra por las paredes lo mismo que el Comen- 
dador, y á quien los hierros más gruesos sin 
cuidado le tienen... Te haces la olvidadiza de 
que hay una mano fría que se apoya sobre los 
hombros, una gran Señora que hace una seña 
y nadie la desaira... ¡Sí, facilillo es desairarla! 
La cordura es pensar en ella y la locura creer 
que vas á responder si se presenta: «Aguár- 
dese usted, que tengo sin estrenar un som- 
brero de París, y mañana me ha dicho Trini 



104 EMILIA PARDO BAZAN 

que almorzará conmigo, y he de ciarle á la 
cocinera mis órdenes... A Trini la gustan los 
bocadillos de ostras...» ¡Lo que ella se reirá 
con su boca sin labios cuando repliques así!.. 

Anticipando la lúgubre risa, me reí yo mor- 
bosamente. El café cargado, los sueños en alas 
de murciélago, la impresión del tránsito de 
Rita, de su horrible destino, todo me había 
puesto de punta los nervios, y mis carcajadas 
ásperas, rascantes, parecían el chirrido del bra- 
mante encerado contra la piel tensa de la zam- 
bomba. No es fácil describir la mirada que mi 
hermana me echó. Había en ella terror, había 
al mismo tiempo cierta humildad, y había la 
incertidumbre del que no sabe si lo que le di- 
cen es una admirable sentencia ó un peregrino 
disparate. Fué evidente para mí entonces que 
Camila era lo mismo que la mayoría de los hu- 
manos: que unas veces creía, otras, las más, 
no creía en el glorioso advenimiento de la Se- 
gadora. Era indudable que, distraída por el ne- 
cio devaneo de su vida, (según el mundo, sensa- 
ta, decorosa, loable), no se persuadía sino raras 
veces de que esta vida, exactamente lo mismo 



LA SIRENA NEGRA 



que otra vida disipada, arrastrada, pobre, des- 
honrosa, infamante, — era algo colgado de un 
pelo, era como resbalar aprisa por el borde de 
un precipicio, era la pesadilla de una persona 
que no sabe en qué hora ha puesto el desper- 
tador, y que, á la menos imaginada, ha de es- 
cuchar el retintín violento que le llama á lo 
desconocido. Ni la sensatez ni el decoro son 
obstáculo al paso de la Seca; y toda la consi- 
deración social no puede lo que el gusano... 

Y vi asimismo que Camila deseaba variar 
de tema, y me imploraba angustiosa, urgente- 
mente. 

— No digas horrores... Cállate — imploró. 
Un impulso de ferocidad se alzó en mí. 

— ¿Horrores? — repetí sarcásticamente. 

Y levantándome y acercándome á Camila, 
la cogí las dos manos y la grité casi al oído: 

— Has de morir... Has de morir... No lo ol- 
vides, mujer... 

La sentí temblar, escalofriarse y estallar en 
sollozos. .Entonces me avergoncé, y tartamu- 
deando, formulé una excusa. Ella seguía llo- 
rando, habiendo dado al diablo su corrección, 



I06 EMILIA PARDO BAZA.N 

su equilibrio, su majestad de respetable dueña 
todavía apetecible; de cierto comprendía en 
aquel instante, que los cuidados mundanos son 
miserias, nonadas ante la perspectiva infinita 
de lo eterno... Conmovido á pesar mío, la eché 
los brazos al cuello, la consolé, me acusé de 
estúpido, de mal intencionado... Ella corres- 
pondió á mi arranque fraternal con otras ca- 
ricias, sonriendo ya enmedio del llanto miedoso 
— y por un instante, los que tanto tiempo ha- 
cía que no éramos hermanos, lo fuimos, uni- 
dos por nuestra común miseria, por el espanto 
del más allá, por el poder incontrastable de lo 
que manda en nosotros y nos iguala al supri- 
mirnos... como iguala el segador la hierba del 
prado. 



VÍÍI 



Son en mí tan poco frecuentes los arranques 
sentimentales; los reprime tan pronto el cere- 
bro, que aproveché la situación de ánimo des- 
usada en que había quedado para volver sobre 
mí mismo. 

Tal vez contribuiría á preocuparme la impre- 
sión de ciertas palabras y, sobre todo, del gesto 
con que Camila las había pronunciado... Era 
un gesto sincero (aim cuando Camila adolece 
de afectación, y muchas veces miente creyendo 
cumplir uno de sus deberes sacratísimos). ¿Es- 
taré en efecto...? Lo que tomo por meditación 
y análisis, ¿será desvarío de insania,.? 

Vuelvo atrás la vista, y abarco mi existencia 
— no la exterior, que nada significa ni vale; la 



ioS 



EMILIA. PARDO BAZAN 



positiva, la de dentro—. Exteriormente, yo he 
llevado una vida normal y sin tribulaciones de 
esas que se comentan con lástima. Mis penas 
ante el público las enumero así (por el orden 
de la importancia que el público les atribuyó): 

1. a Quebranto considerable en unas acciones 
de minas de antracita, que bajaron de golpe j 
que vendí con notable pérdida. Se me creyó 
arruinado. 

2. a Derrota de mi candidatura á diputado 
por el distrito de Corbalán. Se me declaró fra- 
casado. 

3. a Fallecimiento de mi madre. 

4. a Fallecimiento de mi padre. 

5. a Grave afección del estómago, que padecí 
á los veintiocho años, y que tardó mucho en 
aliviarse, después de tratamientos complica- 
dos, régimen severo, prohibición de varias 
fruiciones y una larga temporada de oxigena- 
ción en el cortijo de mis primos, en Andalucía. 
La chusma atribuyó mi gastritis á la lectura y 
al estudio, porque, como trato á mucha gente 
frivola, al que reúne dos docenas de libros y 
los lee le juzgan un pozo de ciencia... Yo sé 



LA SIRENA NEGRA 



109 



que una crisis de sensualidad desenfrenada fué 
la que minó mi salud, acaso para siempre, por- 
que mi estómago no ha vuelto á recobrar su 
alegría animal, su feliz humor, su vigor que 
reparara las pérdidas del organismo. Hasta me 
habitué á dividir mi vida material en dos épo- 
cas: antes y después de la gastritis. 

Y... ¿qué más de biografía? ¡Todo, todo! 
La biografía es como los cofrecillos que encie- 
rran joyas; por trabajados que sean, no dicen 
la verdad, si no se abren para conocer lo que 
vale su contenido... 

De niño, apenas entré en conciencia, fui 
muy triste y muy romántico, y oculté mi tedio 
porque mi timidez constituía una enfermedad, 
y el terror de las burlas me encogía y me en- 
señaba precoz disimulo. Convencido absolu- 
tamente de que me moriría al llegar á la pu- 
bertad (sin darme cuenta exacta de lo que pu- 
bertad significa), sentía terrores indefinibles, y 
á la vez raptos de entusiasmo, alas en la ima- 
ginación. A los doce años, antes de la primera 
comunión, tuve un acceso de misticismo. Si 
pudiese volver á aquel estado, me consideraría 



110 EMILIA PARDO BAZAN 

ultradichoso. Con escrúpulo examinaba cada 
uno de mis actos; me arrepentía de los malos; 
lloraba á solas, y á solas me regocijaba cuando 
había sido perfecto, porque ocultaba como un 
secreto terrible este estado moral, sugerido por 
la preparación á recibir la Eucaristía. Y como 
secreto terrible he seguido ocultando lo hondo; 
como secreto para mí y nada más. Soy un so- 
litario de alma... ¿Quién podría comprender- 
me? Al escribir mis sentires, ya percibo que 
lo mejor ó lo más exquisito y precioso huye en- 
tre los dedos, se liquida, se gasifica, desapa- 
rece. 

Oculté también la caída, la vergüenza, la ri- 
diculez del pobre niño que se cree hombre por- 
que se enfanga. El primer libro inmundo, los 
primeros cigarros, las primeras daifas, la pri- 
mer aventura de beodo, — se resolvieron en asco 
indefinible y en un ansia insensata de anona- 
darme: no fueron raptos de alegría ó de miedo, 
sino rabioso deseo de no ser. He pensado des- 
pués que este peculiar estado de ánimo lo ex- 
presa el profundo símbolo medioeval— los des- 
posorios del Pecado con la Muerte—. La tris- 



LA SIRENA NEGRA 



teza de la culpa, ¡qué cerca está del ansia de 
aniquilamiento! 

Una ventaja tuve tan sólo: deseaba el fin, 
perocondespecho,comose desea lo que daña... 
Al menos, por entonces, ella no me parecía 
buena, no me parecía hermosa, no me parecía 
seductora, divina; no era el anzuelo de mi es- 
píritu... ¿Ahora, ahora, te lo parece, Gaspar? 
No: ahora, ahora, ahora no; el niño se inter- 
pone y me defiende... 

Una tarde, me acuerdo que salí solo (mis 
padres me han vigilado poco en la edad peli- 
grosa, y han hecho mal; no haré yo así con 
Rafaelín; en general, los muchachos españoles 
disfrutamos de libertad excesiva). Estábamos 
entonces en el campo, en nuestra casa de Por- 
tador, y yo iba con frecuencia al pueblecito 
próximo, donde se celebraban fiestas patrona- 
les y ferias y funcionaban chirlatas y otros es- 
tablecimientos menos santos. 

La víspera yo había cometido en el pobla- 
chón mil imbéciles, risibles excesos. Una con- 
goja infinita oprimía mi corazón, mientras en 
mi cabeza notaba la sensación de vacío de 



112 



EMILIA PARDO BAZAN 



plomo (no sé expresarlo de otro modo) que los 
comienzos de las jaquecas nerviosas producen. 
Mis venas estaban áridas y como agotadas; mis 
manos, temblonas, como las de un viejo; en el 
pecho notaba un hoyo y vaciamiento de mi ser; 
mi pulso no se encontraría; se me figuraba te- 
ner los párpados llenos de arena menuda, y en 
la lengua saburrosa revolvía hieles gordas, lo 
mismo que si mascase el amargor de mi baje- 
za. Mi andar era lento, desigual; á veces me pa- 
raba por necesidad de suspirar y de pasarme 
la mano por la frente, ó para reclinarme en 
algún tronco de árbol. No hay nada que así se 
avenga con ciertos estados de desolación del 
espíritu, como una puesta de sol, sobre todo 
en un paisaje pensativo y penetrado de insi- 
nuante melancolía. La puesta de sol de aquella 
tarde era de esas de las cuales se oye decir que 
si un pintor las traslada al lienzo se le acusa 
de falsedad en la visión, por el exagerado ro- 
manticismo del colorido y hasta de la forma de 
las nubes. Anchas barras del más inflamado 
rubí simulaban inmenso incendio, cuyas lla- 
maradas cortas surgían de un anfiteatro de ba- 



LA SIRENA NEGRA 1 1 3 

luartes del metal oscuro, terrible, que amura- 
lla la siniestra ciudad del Infierno dantesco. 
Era una puesta de sol de remordimiento, de 
sudor de sangre de la conciencia. Sobre el 
fondo del celaje acusador, los troncos de los 
árboles, ya semidespojados por el otoño, al- 
zaban su ramaje en actitud de implorar per- 
dón ó auxilio; y á mis pies el río, ensanchado, 
porque se acercaba á su desagüe en el mar, re- 
flejaba en la superficie inmóvil, apenas estriada 
imperceptiblemente por la brisa de la tarde, los 
encendimientos del poniente, próximos ya á 
apagarse entre la cenizosa niebla de la noche. 
Yo me paré en una revuelta de la orilla, donde 
una peña musgosa convidaba á sentarse y des- 
cansar. Fascinado, miraba á la sábana de agua 
durmiente, adivinando su hondura y advir- 
tiendo cómo se extinguían en su seno las bra- 
sas caídas del celaje, y cómo se oscure- 
cía el haz del agua, poco á poco.... Hubiese 
yo jurado que, desde la planicie lánguida, 
sesga, de letal dulzura, alguien me mira- 
ba, y que un filtro de deleite supremo corría 
por mis venas yertas antes. Un verso de San 

8 



ii4 



EMILIA PARDO BAZAN 



Juan de la Cruz me martilleaba en la me- 
moria: 

¡Oh, cristalina fuente! 
jSi en esos tus remansos plateados 
formases de repente 
los ojos deseados 

que tengo en mis entrañas dibujados! 

Y unas pupilas oscuras, enormes — de asfalto 
y tinieblas, como las de Rita Quiñones la pe- 
cadora — me miraban desde el hondón del 
agua. Si eran pupilas de mujer — porque lo so- 
brenatural sentimental, para el varón, es siem- 
pre femenino — , al menos la mujer no alzaba 
del agua ni el torso mórbido ni la grupa re- 
donda; ni blanqueaban sus carnes bajo la linfa, 
ni debía de poseer cabellera rubia como la de 
las hijas del Rin. En mi mocedad verde y 
cruda todavía, la mujer era otra cosa bien 
diferente de aquella criatura de misterio que 
me arrojaba una miraba magnetizadora; que 
me invitaba á la sombra y á la paz ya nunca 
turbada. La mujer, tal cual yo la conocía, en 
aquel momento, ¡qué náusea provocaba en mil 
¡Qué vaho de matadero, qué tufo de carnice- 



LA SIRENA NEGRA 



Il5 



ría, qué emanaciones de estercolero asociaba 
á su impura imagen! En cambio, la del agua, 
la que me llamaba sin voz, la toda mirar, la 
toda callar... ¡con qué sugestión de olvido y de 
reposo me ofrecía sus invisibles brazos, enre- 
dados en las algas oscilantes del lecho del río! 

Inclinarme nada más un poco, y el abrazo 
divino vendría á mí; ella subiría desde la pro- 
fundidad, yo me precipitaría... Dos veces ini- 
cié el gesto, y dos veces me detuvo el instinto, 
—la ruindad debiera llamarle... Así y todo, al 
salir la luna, que es cuando el agua tranquila 
nos hace señas más amorosas y atrayentes, es 
probable que hubiese cedido al deseo — , si no 
se aparece el criado viejo de mi casa, Carlín, 
que me buscaba, por repentina orden de mi 
madre, para disponer el equipaje: se había re- 
cibido un telegrama que nos obligaba á volver 
sin tardanza á Madrid al día siguiente... 

Otro período empezó entonces para mí. Hice 
gimnasia, estudié, monté á caballo; se com- 
pletó mi desarrollo, se normalizó mi vida fí- 
-sica, equilibré los gastos con los ingresos, y 
la impetuosidad y fuerza de la plena juven- 



u6 



EMILIA PARDO BAZAN 



tud influyó en mi espíritu. Sin razón alguna 
yo estaba alegre, reía, jugaba y bromeaba 
con mis hermanos, y encontraba un sabor de- 
licioso y un encanto inexplicable á cualquier 
incidente; el afán de una diversión sin sal me 
tenía despierto una noche entera; á veces, 
¡oh ignominia de la vulgaridad humana! abra- 
zaba á mis amigos de súbito, sólo por des- 
ahogo cordial, y me creía perdidamente en- 
amorado de mujeres de cuyo rostro, hoy que 
cierro los ojos para evocarlo, no puedo ni 
acordarme. En un platillo de la balanza ponía 
el incremento de mis fuerzas, en otro su derro- 
che, y la oscilación apenas se percibía. — Sin 
embargo, en ciertos momentos me acordaba 
del río, de la peña, de la tentación, ahora vaga 
y latente; y era como la memoria de un amor 
verdadero, que nos asalta entre frivolos deva- 
neos y aventuras sin consecuencia. Es indu- 
dable: nunca fui como los demás; es decir, 
como la mayoría de los demás. 

Un interés especial ha tenido siempre para 
mí lo que con ella se relaciona. Curiosidad 
aguda, sobreexcitada, mucho más ardiente en 



LA SIRENA NEGRA 



mí de lo que fué nunca (aun en los días pertur- 
bados, ácidos como el agraz, de la adolescen- 
cia, la de otro trascendental misterio). Este 
misterio, en efecto, no tiene dignidad; se enlaza 
estrechamente con lo animal de nuestro ser, — 
mientras que todo lo referente á ella adquiere 
un admirable, artístico relieve (excepto, sobra 
decirlo, las horrendas y antipáticas carrozas 
— estufas y otros detalles del ceremonial mo- 
derno, que me crispan). 

Todo esto es cierto, y cuanto más lo exami- 
no, fríamente, tranquilamente, á la luz de mi 
juicio, el único faro que poseo para iluminar la 
caverna de mi espíritu, — más me persuado de 
que mi mentalidad no se puede calificar de 
anormal, dentro de la significación y alcance 
que da la ciencia á tales palabras. La ciencia! 
No soy su idólatra. De lo íntimo, la ciencia 
nada conoce; cada científico se conoce á sí 
propio... es decir, si es sincero, trata de cono- 
cerse, como yo y tú, semejante mío. — En el 
cerrado santuario de cada alma, la ciencia no 
puede penetrar. Allí donde los hechos pierden 
su escueta significación; allí donde las palabras 



n8 



EMILIA PARDO BAZAN 



no son capaces de expresar nada; allí donde 
todo se guarda y cela como incomunicable te- 
soro,— allí, ¿qué papel representa el propio don 
Santiago Cajal, señor de todo mi respeto, con 
sus neuronas? 

Oh Camila, Camila inocente (á pesar de tu 
truchimanería, mundología, recámara, longi- 
tud y mano izquierda). ¿No eres más loca tú, 
hija mía, y no son más locos los que, como 
tú, se afanan tanto, se sacrifican tanto, en pre- 
paración de una vejez que acaso no llegue para 
ellos nunca? 

Después de mi examen de conciencia, no 
sólo me absuelvo, sino que me canonizo. El 
que ve la realidad soy yo. Sigo abundando en 
mi sentido... sigo orientado hacia después. 

Comprendo, eso sí, que necesito tierra que 
pisar, ya que estoy en la tierra. O es preciso 
irnos, ó poseer aquí algo que justifique nuestra 
presencia. Un niño: un niño en quien la vida se 
afirma animosa y triunfante. La predicción de 
su madre no me alarma: ya haré yo que Rafael 
viva. No educaré á mi niño, ni como ella en su 
remordimiento ha deseado, ni como me edu- 



LA SIRENA NEGRA 



carón á mí. Pienso bonificar su cuerpo mejor 
que las rentas que he de dejarle, y preocupar- 
me más de la composición de su sangre que de 
sus cuellos á la marinera. Sentiría que se me 
pareciese... mediante un capricho arbitrario 
de esos que la naturaleza se permite!.. Prefiero 
que tenga una psicología apacible, una fisiolo- 
gía pujante; que conserve su pureza largo tiem- 
po; que sea atlético y cristiano; que no refine 
las sensaciones y no se avergüence de los sen- 
timientos; que se case á los veinticinco con 
una buena moza de caderas anchas, y críe á 
sus numerosos hijos en el temor de Dios y la 
convicción de que la vida es excelente, que 
nacer es un don, y que hay fuera de nosotros 
y por encima de nosotros una ley que hemos 
de acatar y un criterio definido que se nos im- 
pone... 

¿Y yo? ¿Por qué no procedo yo así? 

Pch... Porque soy de otra raza, no sé si diga 
exquisita ó gastada y vieja. Porque empecé 
temprano á socavarme el alma y á practicar el 
rito que produce la infinita desolación. Porque 
soy un envenenado; llevo en las venas la amar- 



120 



EMILIA PARDO BAZAN 



gura del absintio y el ensueño que vierten los 
cálices de amapola; porque acaso un abuelo 
mío fué suicida y una abuela se murió de mal 
de amores... He de tratar de ahondar en mi ge- 
nealogía... Si supiésemos la historia exacta de 
nuestros ascendientes, nos conoceríamos me- 
jor. — Así, mi hijo no conviene que sea de mis 
lomos: le he buscado hecho ya. Que no me he- 
rede la mentalidad. ..—Y de súbito, recuerdo de 
quién procede el niño, la inmensidad de pecado 
que hay detrás de su inocencia... y me asusto. 

¡Animo! Yo borraré todo eso. Lo que se ig- 
nora, no actúa sobre el alma. El niño no sabrá 
jamás nada de su origen; haré lo imposible por 
convencerle de que es hijo mío verdadero.— He 
consultado á un abogado hábil para arreglar 
todo, eludiendo las tranquillas, nudos y redes 
de la ley; este jurisconsulto irá á Sanlúcar, á 
conferenciar con la abuela de Rita Quiño- 
nes, y á orillar, mediante ruegos, y si es preci- 
so, ofrecimientos y dádivas, por todos los me- 
dios, cuantos obstáculos pueden presentarse 
á mi deseo de ser dueño absoluto de Rafaelín. 
Corto así el hilo que une su destino y su porve- 



LA SIRENA NEGRA 



121 



nir á la familia maldita, y le aislo para que 
nunca sospeche... para que no llegue jamás el 
día de la fatalidad, el día de la revelación, 

ce jour détestable 

dont la seule frayeur me rendoit misérable... 

como dice la reina Yocasta en la magnífica 
tragedia Les freres ennemis, que releo, culti- 
vando el goce, para mí delicado, del terror an- 
tiguo. 



IX 



Me ha servido de distracción el arreglo de 
mi nueva morada, un hotelito riente, con re- 
gular trozo de jardín, en calle solitaria y nue- 
va. Lo he adquirido, lo he destripado, lo he 
dispuesto á mi manera, agregándole un ala, y 
acabo de instalarme en él. 

A planta baja, un salón, la biblioteca, el co- 
medor, una antesala; en el principal, mi dor- 
mitorio, mi cuarto de baño, mis servidores; en 
el segundo, las habitaciones de Rafaelín y de 
la inglesa que le cuida; las dependencias, coci- 
nas, office, en el ala agregada; y la cochera, 
en un pabellón al extremo del jardín, con en- 
trada independiente. Es curioso que los hom- 



I2 4 



EMILIA PARDO BAZAN 



bres más distintos por dentro de ia mayoría de 
la humanidad, sean tan previstos y tan grega- 
rios en la mayor parte de sus exteriorizacio- 
nes. Apenas terminado mi nido, caigo en la 
cuenta de que, como los pájaros, me he suje- 
tado á la regla general, al hábito, y que si Ca- 
mila, con todo su normalismo, fuese la direc- 
tora de mi instalación, no la haría de otro 
modo. 

El hábito tiene una fuerza singular. ¡Me ha 
costado trabajo separarme de Camila! Todas 
las incompatibilidades de carácter que con ella 
me reconozco, todas las impertinencias de su 
cominería fiscalizadora, no impidieron que 
sintiese un penoso hormigueo llegado el mo- 
mento crítico de la escisión. Ella, por su parte, 
demostró que la pesaba gravemente quedarse 
sola, y, con la expresión del que dice «ahí viene 
la primavera médica, habré de purgarme» 
murmuró: «Será preciso casarse otra vez. No 
está bien una mujer, sin arrimo, entregada á sí 
misma...» 

Trini, que vino á almorzar más á menudo 
los últimos días de mi estancia en la casa fra- 



LA SIRENA NEGRA 



125 



térnal, anduvo unos días con los ojos encarna- 
dos y las mejillas tocadas de palidez, allí donde 
suelen abrirse las rosas. — Por señas, que no 
estaba ni pizca de guapa así. El llanto puede 
hermosear á las mujeres de líneas correctas y 
nobles; á las carirredondas las echa á pique. 
Parecen la luna en caricatura. 

El golpe, para Camila, es tremendo. ¡No 
sabe cómo explicar á sus relaciones lo suce- 
dido! — «Diles la verdad»,, — indico yo, siempre 
irónico. — «Les diré que has tenido un arre- 
chucho á la cabeza»,— contesta ella, siempre 
hostil. «¡Qué quieren ustedes!», suspirará mi 
hermana en casa de las gutibambas de Roa, 
de las presumidas de Granizales, de las cena- 
aoscuras de Moneada, de las viejas carcomi- 
das de Urizalén. — «¡Cosas que, cuanto más 
se piensan, menos se entienden!» Y las amigas 
cuchichearán: — «¡Vaya por Dios! ¡Ya, ya es 
fastidio! ¡A nadie le faltan contrariedades!..» 
Y la mayor de Urizalén se volverá hacia la 
menor, exclamando: — «No sé, Lola, lo que 
habrá debajo de todo eso... A la fuerza el 
chico es suyo...» «A la fuerza, Antoñita», 



126 



EMILIA PARDO BAZAN 



repetirá Lola, que siempre opina como su 
hermana. Y Camila, plegando la frente, sacu- 
diendo la cabeza, pasará la mano enguantada 
por el manguito de chinchilla, mientras la acer- 
can una mesa volante para que tome el té con 
comodidad... 

De suerte que tampoco las vejezuelas admi- 
ten que mi conducta tenga más móvil que la 
paternidad física. Imposible hacerlas com- 
prender que se pueda ser padre de otro modo. 
De suerte que los Santos de entraña paternal, 
los que engendraron con el espíritu, los Las 
Casas, los Vicentes de Paúl, la salada y celeste 
Jorbalán, pura, honestísima, que llamaba «mis 
chicas» á las prostitutas recogidas en el arro- 
yo — habían, sin duda, «tenido que ver...» 
¡Miseria, brutalidad humana! Y el cristianismo 
es letra muerta, texto arrinconado, para las 
señoras como mi hermana — para la inmensa 
mayoría de las gentes. 

Si el cristianismo no fuese letra muerta... En 
fin, dejémoslo, que yo tampoco estoy bañado 
en esa miel, en esa leche de bondad, en ese 
olvido de sí propio, acaso el único preservativo 



LA SIRENA NEGRA 



12/ 



contra la fascinación de los dos abismos ne- 
gros que desde el fondo del río rne magneti- 
zaban... La fuerza de vivir ¿no eres tú quien 
la lleva y la reparte con tus manos horada- 
das, mártir Nazareno?.. Por no pedírtela, yo la 
busco, egoístamente, — en esta criatura... 

No sé si he dicho cómo es. Debo confesar 
que una de las razones escondidas de mi pre- 
ferencia por la paternidad espiritual es que 
me creo incapaz de amar á un niño feo, aun- 
que haya salido de mis venas. Un rapaz con 
cara picuda ó chafados morros, una especie de 
monuelo ó tití, de patas zambas y brazos sin 
proporción; un giboso, un bizco... no, no me 
parecerían hijos nunca. No habiéndolos de- 
seado así, serían fruto sólo de prosaica apro- 
ximación: el ideal nunca echaría flores en mí 
para ellos. 

Rafaelín es moreno. Su testa, de amorcillo 
pagano, empieza á coronarse de sortijas que 
un lírico griego compararía á oscuros raci- 
mos de vid. La luz de su mirar alumbra y ca- 
lienta á la vez las facciones, y las dos mitades 
de guinda de los labios se apartan dejando ver 



128 



EMILIA PARDO BAZAN 



los dientes lechales, completos, diminutos y 
húmedos de fresca saliva. Sus manizuelas ho- 
yosas tienen el candor amante, el gesto de ben- 
dición tierna de las manos del Niño Jesús, que 
acaricia á San Antonio de Padua. La confor- 
mación de Rafaelín es perfecta; su cuerpo, un 
modelo para escultores de infancias divinas. 
Cada uno de sus gestos rebosa gracia, y la tra- 
vesura lozana de los chiquillos sanos. Adora 
la limpieza y reclama el baño él mismo — caso 
raro, afirma la inglesa, en babies de los países 
meridionales — . Ha preguntado varias veces 
por su madre, y un día lloró sin consuelo por 
ella, porque no venía, y pidió, en su lengua de 
trapos, que le llevasen adonde está ella, sin sos- 
pechar lo trágico de la petición. Pronto, sin em- 
bargo, se disipa la preocupación; el menor inci- 
dente, un juguete, lleva su pensamiento fluido, 
sin consistencia, hacia otra parte. Una obser- 
vación curiosa es la precoz afición de Rafae- 
lín á la música. Su vivacidad se aquieta ho- 
ras enteras si oye tañer ó cantar. Esto lo he 
averiguado porque el ayo de mi hijo tiene 
algo de artista; toca el violín, el piano — sin 



LA SIRENA NEGRA 



I29 



pretensiones de virtuosismo, pero con senti- 
miento. 

Contra estas aficiones musicales tan tempra- 
nas de Rafael ya estaré yo vigilante, en guar- 
dia, para prevenir la ridiculez funesta del niño 
fenomenal. Le quiero niño natural, llevado de 
la mano por dos ángeles protectores: el ángel 
de la higiene y el ángel del juego. Anhelaría 
embutir sus nervios en sus músculos, como se 
envaina un arma peligrosa y de envenenado 
filo en un forro de grueso cuero resistente. A 
veces sueño para la criatura un atletismo que, 
mediante la ley de adaptación, le reduzca el 
cerebro y le convierta en uno de esos dioses 
bellamente estúpidos, de cabeza menuda y pec- 
torales y bíceps soberbiamente desarrollados, 
que nos legó un período del arte helénico. 

De estos planes hablo detenidamente con el 
futuro ayo, muchacho muy intelectual, que 
propende á la idolatría cerebralista y al orgullo 
de la razón. A bien que tengo tiempo de estu- 
diar las manos en que va á caer mi chico, pues, 
por ahora, no quiero que aprenda ni el abece- 
dario. 

La sirena negra. 9 



*3° 



EMILIA PARDO BAZAN 



Su dueña, actualmente, es la inglesa, miss 
Annie Dogson, de lo castizo británico, más ins- 
titutriz que nurse, que se limita á presenciar y 
dirigir el aseo y tocado de Rafael, hecho como 
antes por Marichu. Es decir, como antes no: 
la inglesa ha cambiado todos los métodos j 
sistemas de la bascongada, que lo sufre agriada 
é impaciente. El cuarto donde se practican las 
operaciones de aseo es un primor: miss Annie 
lo ha amueblado á su gusto, con cretonas Li- 
berty, lacas blancas, estantes de vidrio y la- 
vabo y baño de la misma materia; sabias tube- 
rías reparten agua á capricho de temperatura, 
y armarios de formas ingeniosas encierran una 
ropa blanca admirable, venida de Londres, 
que alegra la vista. Voy algunas veces á go- 
zarme en ver restregar y purificar á mi hijo. 
Escena encantadora que halaga mis instintos 
de ultrarrefinado, nunca enteramente satisfecho 
del semicon/br¿, estilo clase media, que se 
permitía mi hermana. Miss Annie, con delantal 
niveo, manda la maniobra. El ñiño sale del agua 
como el capullo sale de la lluvia fina que le re- 
fresca. Su cuerpo es un santuario. Ha crecido 



i3i 



visiblemente; ha aumentado de peso; en la ca- 
lle, la gente se vuelve para alabar su gentileza; 
cuando le llevo en coche á la Castellana ó á la 
Casa de Campo, leo en las miradas una efusión 
de simpatía hacia el bello muñeco, vestido origi- 
nalmente, con tufo de extranjería y de highlife, 
por el sastre de niños que trajea á los príncipes 
de la familia real inglesa. Camila, que no ha 
puesto los pies en mi hotel desde mi instalación, 
pasa en su berlina, se cruza con nosotros y, sin 
poderlo remediar, detiene la mirada en la hechi- 
cera figurilla. El niño tiene chic... Para el amor 
propio de mi hermana, que el niño tenga chic 
es género de consuelo. 

El ayo en ciernes, y por ahorainútil,se llama 
Desiderio Solís. Es posible que al traerme á 
casa á este mozo obedeciese yo, sin saberlo, á 
un sentimiento que no quisiera cultivar ni que 
nadie me atribuyese: un impulso de beneficen- 
cia, de compasión, el saborete de hacer feliz á 
alguien. Todavía me desagrada mis tal género 
de deporte cuando lleva ribetes de interés y de 
conveniencia. Al favorecer á Solís, si por ahí 
me daba, no debí señalarle obligación alguna, 



132 



EMILIA PABDO BAZAN 



Cierto que viene á ser como si no se la hubiese 
señalado, puesto que es honorario su cargo, y 
hasta dentro de tres años, lo menos, no darán 
principio sus tareas. Sin embargo, como le he 
dicho que es preciso que se prepare debida- 
mente, que se empape de pedagogía moderna 
y que antes de tener alumno tengamos profe- 
sor — el hombre está sujeto por una cadena 
dorada; su tiempo me pertenece, no es libre... 

El tal Desiderio Solís — yo al pronto creí 
que este nombre fuese un pseudónimo litera- 
rio — pasaba, cuando le conocí, una crujía 
negra de miseria y de arbitrios equívocos para 
combatirla. No realizaba ninguna acción pe- 
nada por el Código, pero estaba en ese resba- 
ladero en que la necesidad apremiante puede 
inducir al robo si no hay altivez, y al suicidio 
si la hay. Como muchos proletarios intelectua- 
les, Solís, cargado de conocimientos, se había 
encontrado en el arroyo, sin medio de dar em- 
pleo á sus aptitudes, sin saber á qué aplicar 
las sabidurías ó los lugares comunes de infor- 
mación almacenados en su cabeza. De los tales 
proletarios, la mayor parte posee cultura de 



LA SIRENA NEGRA 



i33 



remiendos, con agujeros y carreras de puntos 
de media usada: Solís, sujeto á disciplina en el 
estudio por un tío que era catedrático y que 
tuvo al sobrino á su lado siempre, mien- 
tras vivió, había aprendido con método y or- 
den, y combinado dos clases de estudios que 
rara vez se juntan: el de los clásicos y la His- 
toria, impuesto por su tío, y el de los autores 
novísimos y las recientes tendencias, á que le 
llevaba su afición. Su cabeza, de forma algo 
prolongada, era un almacén, y, cosa más insó- 
lita, al lado de tanta noticia, fecha y hechos, 
sobre el matorral espeso del memorión ates- 
tado, saltaba un chisporroteo de ideas, muchas 
no previstas y algunas realmente originales. 
Justamente el rencor, la protesta de Desiderio 
Solís contra la suerte, en eso se fundaban: en 
que mientras él se roía los codos, veía solicita- 
dos y pagados escritores que no poseían otro 
mérito sino aquella elocuencia vacía que apa- 
renta decir algo y no dice nada; que recocían 
y recocían el mismo duro garbanzo, y después 
lo freían y lo sofreían con picadillo de cebolla 
de repetición, aderezándolo luego y escondién- 



>3 4 



EMILIA PARDO BAZAN 



dolo en soplado vol-au-vent á fin de que no se 
adivine lo casero y burgués del manjar. Y de 
este rencor temo que no le ha curado ni medio 
aliviado el fortunón — para él tiene que serlo — 
de entrar en mi casa. A pesar de haber encon- 
trado en ella alojamiento confortable de todo 
punto, y no despreciable sueldo, Solís continúa 
acedo, quejoso de su destino. Tal vez ve en el 
puesto que le ha caído de las nubes la humi- 
llación de una especie de domesticidad. 

Por este descontento exigente, que no lleva 
trazas de desaparecer, me agrada más el ayo. 
Confieso que le hubiese mirado con algún des- 
precio si, propicio al yugo y satisfecho con el 
pesebre colmado, se hubiese reclinado muelle- 
mente en la litera de fresca paja. Solís aparenta 
todo lo contrario: en frases sueltas deja entrever 
la añoranza de sus hambres y libertades bohe- 
mias, y hasta lo dice en artículos que le admite 
algún periódico trasconejado, y que yo he sor- 
prendido. El ansia de independencia es en él 
una especie de obsesión. 

Si yo fuese como el vulgo, el análisis que 
empiezo á hacer del carácter de Solís me alar- 



LA SIRENA NEGRA 



135 



maría, y recelaría dar á Rafaelín un director 
semejante. La grey suele preferir á los ayos 
por sus condiciones borreguiles; cada día es- 
casean más los preceptores verdaderamente in- 
telectuales, especie que abundó entre los enci- 
clopedistas del siglo xvin y que parece haberse 
perdido. Sea que los hombres de talento tie- 
nen hoy más ambición y desdeñan tales fun- 
ciones, sea que la clase alta y pudiente que 
paga ayos ha tomado miedo á la capacidad, 
ello es que el tipo del gran profesor desapare- 
ce, y quedan dómines apaisados que practican 
la enseñanza por recetas, ó pedantes extranje- 
ros, que se dicen personajes en su país y á es- 
condidas gastan papel de cartas con blasones 
de nobleza. De esta peste véame yo libre. 
Como elemento extranjero, me basta miss An- 
nie, que realmente entiende á maravilla el riego 
y cultivo de la planta humana. La tierna plan* 
tita confiada á sus cuidados echa rama, se en- 
fresca y lozanea. No me gustan, en cambio, 
otras condiciones de Annie. Paréceme coqueta 
al estilo de su tierra, á lo puritano, y con 
buena dosis de vanidad y aprecio de sí misma; 



i36 



EMILIA PARDO BAZAN 



es ultraexigente para sus comodidades, es des- 
pótica, intransigente en las horas y reglamento 
del chiquillo, pero cumple su deber de pueri- 
cultora con la estricta exactitud que es una de 
las formas del orgullo británico; y el chico no 
florecería en manos de Marichu la excelente, 
como en las de la inglesita de rubio moño y tez 
de papel satinado. 

Así y todo, yo deseaba conservar á Marichu 
eternamente; pero he aquí que se despide. 
Brusca y llorosa entra en mi despacho á es- 
petarme que ella no quiere obedecer á una 
como Annie, que no va á misa, que es he- 
reje. 

— ¿Qué te importa, Marichu? Ve tú á la 
iglesia cuanto te parezca; Annie también va, 
sólo que á una iglesia suya, á su modo. 

— Una iglesia picara, de herejes. Y el señor 
de Solís, pues, tampoco á misa va. 

— No parece sino que tu antigua señora, mi 
pobre Rita, era alguna monja. 

— Monja no era,pues, infelís; pero á misa ya 
iba., y resos sabía, y murió en grasia,con cura y 
todo. Al pobre de Rafaelín hereje le volverán, 



LA SIRENA NEGRA 



'3 7 



si la Virgen lo consiente. Ya irá á ver el seño- 
rito que estos así mala gente son, disgustos 
tendrá, pues... Yo me marcho; acomodo había 
buscado. A Rafaelín quise darle un beso en los . 
carrillos y la inglesa me aparta así— la bascon- 
gada me cogió por el hombro imitando el mo- 
vimiento seco, rígido, de la miss — y va y dise 
que á los niños ahora besos no se les deben 
dar, que se Ies pegarían males... Males ella po- 
drá pegar, que yo sano tengo todo, y el alma 
muy saludable. Siempre á los chicos he visto 
besar yo, pues, en mi tierra, y aquí lo mismo. 
Besarse hombres y mujeres sí será vergüensa; 
á los niños, ángeles del sielo, no. Así es que me 
voy, señorito; y perdone las mil faltas... 

— No, Marichu; perdóname tú — respondí 
cariñosamente — . Ven á verme alguna vez. 
Toma, criatura, para que te compres un buen 
reloj, si quieres... 

La propina fué pingüe, y en mí quedó un re- 
concomio, una lamentación de perder tan leal 
criada, y una espina de duda y sospecha. 
¿Acierto en lo relativo á Rafael? ¿Le rodean 
elementos convenientes para la formación de 



i38 



EMILIA PARDO BAZAN 



su espíritu? Y me propongo observar, obser- 
var (con el interés vehemente que produce 
en mí la observación) á las institutrices y á 
los preceptores. 



X 



Cuando retraso la hora de levantarme y me 
dejo estar arropadito en la cama, hay días en 
que experimento una impresión como de ho- 
gar, hogar mío, propio. Es que me traen al 
niño para que me dé un beso. 

Solís se encarga de esta ceremonia, incom- 
patible con el pudor de la inglesa. El niño se 
me presenta ya hecho una lechuga, oliendo al 
jabón Pears y á los vinagres caros y deliciosos 
que he mandado venir para su tocadorcito. 
Trepa por mi cama arriba y me abofetea á sus 
anchas, hartándome de caricias zalameras. 
Yo, riendo, procuro despertar en mi corazón 
el abandono de confianza, la ceguedad amo- 
rosa que inspiran los hijos de nuestra carne. El 



140 



EMILIA PARDO BAZAN 



día en que noto á manera de una pared invisi- 
ble entre la criatura y mi alma; el día en que, 
á pesar mío, murmuro sordamente «esto es 
una comedia de familia», estoy de murria la 
mañana entera. 

Ha sido siempre uno de mis padecimientos 
íntimos, de que no es posible quejarse y que 
no veo medio de remediar, este defecto ó este 
exceso en mi funcionamiento cerebral: la repe- 
tición de ciertas frases insignificantes, mezqui- 
nas, por lo común irónicas contra mí mismo, 
que se me clavan en el magín y que, como 
cansados estribillos, repito sin voz, mudamen- 
te, con insistencia insufrible. Ignoro por qué 
se produce el fenómeno, é ignoro cómo contra- 
rrestarlo. Hay coplejas de saínete; trozos de mú- 
sica murguista; cláusulas tontas de conversa- 
ciones ajenas; dichos, por ejemplo, de Camila, 
de cuya obsesión no acierto á verme libre. En 
mi involuntaria cerebración entran también los 
nombres raros, motes y apodos que doy, sin 
querer, á cosas y personas, — y por los cuales 
las conozco, interiormente, mientras olvido 
sus nombres verdaderos. Lo de la comedia de 



LA SIRENA NEGRA 



141 



familia lo tengo ahora metido en no sé qué 
casilla, sin acertar á desalojarlo. Cuando pre- 
sido la mesa observando los movimientos de 
Rafael y admirando el minucioso esmero con 
que Annie le hace comer limpiamente y co- 
rrige sus menores defectos de tenue; cuando, 
servido el café, me arrimo á la lumbre encen- 
dida, y el niño, á pasito corto, se me acerca y 
pone sus labios en mi mano, balbuceando la 
primer frase británica: Bless my,goodfather... 
todo este gracioso aparato de ternura y res- 
peto despierta la voz sorda, la voz muda: «Co- 
media de familia!» 

— ¿Acaso — discurro — no hay algo de co- 
media, no hay un histrionismo involuntario en 
los actos más serios y más sinceros de la vida? 
¿No preparamos con arte (y qué es el arte sino 
perpetua comedia) las protestas de amor, las 
demostraciones de amistad y hasta las mani- 
festaciones del dolor, que debieran ser tan 
inconscientes como el grito que el mismo 
dolor arranca? ¿Dónde está la santa incons- 
ciencia? ¿Dónde el olvido de nosotros mis- 
mos? 



142 



EMILIA PARDO BAZAN 



De estas cosas y de otras converso con So- 
lís. Como deseo conocerle bien, prescindo 
con él (en cierto límite) de mi reserva. Se ha 
roto entre nosotros el hielo; hasta discutimos; 
y, sin embargo, no nos une ningún vínculo de 
afecto: nuestra comunicación es del corazón 
para arriba, en absoluto. En ambos domina el 
cerebro, acaso influido por los nervios, y en 
ambos existe, creo haberlo notado, igual des- 
confianza de todo, igual sentido escéptico y 
pesimista, — para dar á estos males su nombre 
vulgar y resobado, y que, realmente, nada ex- 
presa de lo más hondo de su inquieta zozobra. 

Fué muy lenta en establecerse esta comuni- 
cación. Encerrado él en su mutismo de asala- 
riado soberbio; habituado yo á esconder como 
un tesoro el doble fondo de mi pensar, — las 
relaciones se iniciaron en pie de sequedad y 
glacial cortesía, actitud que, si no se corrige 
en los primeros ocho días de contacto, corre 
ya peligro de eternizarse ó de convertirse en 
acerba hostilidad, á poco que los temperamen- 
tos sean refractarios. Una reflexión que me 
hice contribuyó á suavizar mi gesto; discurrí 



LA SIRENA NEGRA 



?4 J 



que el deseo de adherirme á la vida mediante 
la comedia, ó lo que sea, de la paternidad, me 
impone también la ley de acercarme un poco á 
mis semejantes, de salir de mi propia caverna, 
como el oso de las épocas primitivas se echaba 
fuera de su espelunca á caza de frutos y de 
miel silvestre. — ¿Qué me costaba intentar la 
prueba? Dicen que es tan bueno eso de contar 
á otros lo que nos pasa!.. Además, yo sabré 
evitar el relato necio de mis cuidados íntimos. 
Hablaré con astucia, para registrar el pensa- 
miento del preceptor sin abrir el mío... 

A toquecitos, sin prisa, á esas horas perdi- 
das en que ningún quehacer apremia, voy pe- 
netrando en la mentalidad de Solís — pene- 
trando todo lo que él me consiente, que, á la 
verdad, es poco. Se defiende, se emboza, se 
encastilla en las moradas interiores — como 
supe encastillarme yo con Camila, con Trini, 
con los amigos de círculo, cervecería y café — . 
Comprendo, sin embargo, que esto no lo hace 
por reserva, sino cohibido por la idea de que la 
clase de relación entre nosotros veda las ex- 
pansiones. Entonces le insinúo que, justamen- 



i 4 4 



EMILIA PARDO BAZAN 



te., si he buscado para Rafaelín, que, por 
ahora, no puede empezar á educarse, un pro- 
fesor intelectual, — es para tener alguien con 
quien hablar de mis lecturas y entretener las 
horas de las tardes de invierno en que llueve 
y, captado por la chimenea, no hay ganas de 
echarse á la calle. 

Solís lee mucho; es un tragalibros desenfre- 
nado. Se habla de los beneficios de la cultura, 
y no sé (es una de mis graves incertidumbres) 
si no debiera pensarse en los efectos de las in- 
toxicaciones librescas. Es imposible que esta 
sobresaturación cerebral no gaste las fuerzas 
de resistencia del hombre contra el Misterio. 
La percepción confusa del Misterio, al hacerse 
aguda, causa vértigo insano. «Quien ciencia 
añade, dolor añade», dijo el soberano poeta 
hebreo; y una comprobación de esta creencia 
mía la hallo en el estado de alma del otro tortu- 
rado (que debiera sentirse dichoso, puesto que 
ha resuelto, gracias á mí, el problema de la vida 
material). Una vez más logro cerciorarme de 
que la solución de la vida material carece de 
importancia: que el dolor está más adentro. 



LA SIRENA NEGRA 



i 4 5 



— ¿No se le ocurre á usted — pregunto á. So- 
lís— que los autores de muchos libros que lee- 
mos nos quieren mal, y deliberadamente nos 
causan disgustos? 

—No, señor— contesta Solís — . Lo que creo 
es que son unos inocentes, unos niños de teta. 
De lo grave, de lo terrible de nuestro sentir, 
no dan idea los libros, como no la dan los no- 
velistas ni los autores dramáticos de las verda- 
deras novelas y de los verdaderos dramas que 
se tejen en la vida. Si yo encontrase un libro 
tan amargo como un alma, proclamaría á su 
autor el genio más sublime! Sólo el Eclesias- 
tés... 

Convinimos en que sólo el Eclesiastés, y 
acaso Job, se acercan un poco á lo que «anda 
por dentro». Es raro que en épocas que nos 
parecen primitivas se escribiese ya «Mi alma 
aborreció mi vida»; la frase más exacta y pro- 
funda que cabe escribir... Indudablemente no 
hemos inventado cosa alguna en esta materia, 
y si absorbemos con avidez el libro nuevo es 
por esa curiosidad irritada del estético que vi- 
sita una Exposición moderna, seguro de que 

10 



14-5 



-r J EMILIA PARDO BAZAN 



^no encontrará allí ni ^Primavera de Botticellí 

— ^ WadeRembrandt.La historia nos refiere' 
¿ dramas . Sm CUent0 ' P ero son dramas por fuera; 

- el drama de . Ia conciencia es siempre el mismo. 

—Con todo-Ie^ ° bjet °-> ho Y, no cabe duda, 

[a gente se -suicida m*t . ^ en ° tfaS épocas ' 
»Q¡Sfe se h " • •- lampiño y colum- 

3 be < h asca ki mefrfSn « C ua d 

pia el pie derecho: ÍSae Sité iw . ° a ~ 

vila, y dos ó tres veces h3 vistx? & Va , ln ^ esa » 

• ' el 

que pesca todas las incorrecciones,' früttiGi* 
rubio ceño ai notar este vicio del profesor. Üé§* 
pués dice, como resbalando: 

— Bah... Hay muchas maneras de suicidarse. 
Hay varios géneros de vida que suprimir. La 
vida se suprime en el ascetismo, en el cenobio, 
en los campos de batalla. Tanto como se ha 
guerreado y tanto como se ha llorado de peni- 
tencia, se reduce á eso: suprimir la vida y dar 
culto á la muerte. 

—Sí; los antiguos la miraban como á una 
bienhechora. 

— Y á mí se me figura que acertaban. La mal- 
hechora es la vida. Vivimos entre incertidum- 
bres, errores, enfermedades, necesidades, pa- 



LA SIRENA NEGRA 



H7 



piones, engaños. Todo miente, quizás, menos 
.ella. ¿Cuánto más cruel es, por ejemplo, el 
.amor? 

— {También éste la llama ella!— discurrí yo 
.^sorprendido—. Por una contradicción de que 
pocos hombres se eximen, el encontrar en De- 
siderio Solís mis propios sentimientos me mo- 
lestó. En primer lugar, yo tenía mi orgullo de 
.pensador solitario, superior á la muchedum- 
¡bre, y me amenguaba á mis propios ojos el 
formar parte de una grey, aunque no fuese de 
la grey común, sino de otra más reducida y se- 
lecta. En segundo lugar, estos pensamientos, 
que en mí no me parecían peligrosos, en el fu- 
turo preceptor de mi hijo me alarmaban terri- 
blemente. Claro es que nadie enseña ciertas 
doctrinas á un chiquillo, y yo no ignoro que 
determinadas ideas son poco comunicables; ó 
brotan de suyo, ó no nacen aunque las siem- 
bren á boleo. No obstante, las almas trasudan 
y rezuman, en cualquier ocasión, su hiél ó su 
miel... ¿Convendrá para Rafaelín un alma de 
miel y cera, un alma continente, casta, dulce, 
impregnada de aromas? ¿Un alma de abeja 



148 



EMILIA PARDO BAZAN 



ebria, que cree en el dulzor porque lo lleva 
consigo? 

Con más ahinco que antes fijé mi lente en 
el joven ayo. Empecé por desmenuzar su tipo 
físico. Debe de proceder de familia hidalga (el 
apellido lo indica) porque tiene las manos deli- 
cadas, largas de dedos, como las de ciertos re- 
tratos del Greco, y los pies estrechos y bien 
curvos. Su busto es mezquino, sus piernas ca- 
recen de gallardía, sus muslos no se acusan, 
su cuello es flaco, pobre. La cabeza, oblonga, 
arde en vida psíquica; la mirada, demasiado 
fija, es difícil de sostener; la nariz es irregular, 
algo torcida, y la mandíbula saliente. El pelo se 
insubordina; algunos mechones crecen en sen- 
tido contrario. Ha debido de sufrir privaciones 
en la edad del desarrollo, y su figura es, como 
la de tantos españoles estudiosos y que ni se 
bañaron ni comieron ni jugaron, una figura 
frustrada. El bigotillo da á la cara cierto aire 
provocativo, juvenil. La frente huye hacia el » 
occipital— señal de desequilibrio — . Viste des- 
garbadamente, yno es pulcro con exceso; ma- 
los hábitos de bohemia subsisten en él; miss 



LA SIRENA NEGPA . 149 

Annie suele hacerle observaciones agripunzan- 
tes cuando le ve tirar al suelo la colilla del ciga- 
rro, ó apagarla en el platillo de su taza de café, 
ó escarbarse con el palillo las encías, ó usar el 
cuchillo indebidamente, ó echar migas en el 
mantel. — «Oh! aoh! Míster Sólis!» — murmura 
ella; y él, enfurruñado, impresionado, se corri- 
ge. — «Miss Annie, no eduque usted solamente 
á Rafaelito... Yo soy otro niño á quien tendrá 
usted que enseñar...» — Abundo en el sen- 
tido de la inglesa, porque soy pulcro, y con la 
edad madura, mi pulcritud va degenerando 
en quisquillosa manía. He puesto á disposición 
de Desiderio Solís, dos horas al día, á mi pro- 
pio ayuda de cámara,' Tadeo, ducho ya.— «Tí- 
rale la ropa vieja, preséntale otra nueva... Que 
se bañe... Que se calce bien; ya sabes que no 
puedo aguantar la vista de una bota torcida ó 
juanetuda...» 

Lo extraño es que este mozo, que á veces 
huele á tabaco frío (tengo sagacísimo, oh des- 
ventura!- el sentido del olfato), no demuestra 
que le impresione como superioridad mi ex- 
quisitez. Se me figura que es él quien se cree 



íbo EMILIA PARDO BAZAN 

superior á mí; que en el cálculo del valor de 
hombre á hombre, rebaja mi primor y exalta 
su diogenismo. Acaso entiende que dentro 
de mí hay vallas, hay reparos, hay recatos, 
hay respetos, lo que á él le falta; acaso me 
juzga piadoso, compasivo, altruista — y él se 
reconoce desentrañado, fuerte, más bárbaro y 
más alto por dentro que yo. Ve que amparo á 
un niño huérfano; ve que le hago bien á él, á 
Desiderio Solís, sin exigir utilidad en compen- 
sación del beneficio... y me toma por un buen 
señor, explotado, y por consecuencia vencido, 
esclavo, sumiso moralmente. ¡Qué satisfacción 
experimento al conocer que no es así! Estoy 
desnudo de compasión, desnudo de bondad, 
soy exaltado en mí mismo, despreciador de los 
otros... Si he recogido al niño ha sido por 
instinto egoísta y de conservación; por no de- 
jarme llevar del atractivo que ejerce sobre mí 
la Guadañadora. ¿Yo un rasgo sentimental? 
¿Yo una debilidad? Si llegamos á chocar, ya 
verás, pobre muchacho, cómo me reviste una 
coraza, pero interior; las corazas que van por 
fuera y se ven, esas enseñan las juntas! 



LA SIRENA NEGRA 



i5i 



Sólo pensar que se puede tener de mí tal 
opinión, á pesar de mi desdén hacia la opinión 
de los demás, me subleva, me alza borbotones 
de ira. Como que yo he puesto mi orgullo en 
la corrección de mi sensibilidad, la cual no ha 
de parecerse en nada á la de la multitud. Ni 
quiero ser eso que llaman bueno, ni menos 
apiadarme de nadie, porque la piedad es un 
descenso; el hombre superior es insensible; está 
revestido de bronce. Todo cuanto hago, in- 
cluso lo que ofrece aspecto de buena obra, há- 
golopor propia conveniencia... Así es que me 
dedico á desarrollar ante Desiderio mis teorías, 
demostrándole hasta dónde llego. Me com- 
plazco en sostener que la vida, para mí, sólo 
tiene el escaso valor, valor relativo, que tuvo 
para las ilustres minorías de todas las épocas, 
desde los epicúreos griegos y romanos hasta 
los actuales, más delicados y artistas, quizás, 
en sus exigencias de goce. Deseo que sepa que 
mi enfermedad es privilegiada y mi mal es 
el mal de los poderosos. Ansio convencer, á 
este único testigo consciente de mi vida pri- 
vada (miss Annie no se cuenta, es una utilita- 



ID2 



EMILIA PARDO BAZÁN 



ria, una práctica como Camila, pero al estilo 
peculiar de su raza sajona), de que guardo de- 
positado y concentrado el ajenjo que destila- 
ron los siglos en el espíritu del hombre; de que 
he calado la existencia; de que conozco la mi- 
seria absoluta de nuestro destino, y que, para 
mí, vale más el no ser que el ser. 

—Una noche en que dormimos completa- 
mente, sin pesadillas ni sueños, es lo que me- 
jor recuerdo nos deja— le digo á Solís, al colo- 
car otra vez en mi tántalo (regalo de antaño de 
Camila, para que los criados no puedan gulus- 
mear los licores caros, las esencias líquidas 
que yo uso) la botellita del Kummel— . Saque 
usted la consecuencia... 

—Ya está hecho— responde él, saboreando 
su copa con fruición evidente—. El sueño com- 
pleto, sin despertar, sería lo mejor de todo. Y 
en el despertar no creo... Nuestra vida se va 
entre una espiral de humo— añadió, encen- 
diendo desdeñoso el legítimo habano que yo 
acababa de ofrecerle. 

— No le diré que acaso hay fuego en la sima 
— discurrí cobardemente — . Me tendría por ti- 



LA SIRENA NEGRA 



i53 



morato. — Sin embargo, buscando una forma 
que revele superioridad: — ¿No cree usted en el 
despertar? — interpelo en alta voz—. Le feli- 
cito. El no creer es ya género de fe en algo. 

¡Cree usted que no cree! una creencia 

como otra cualquiera. Yo, á la verdad, de 
eso... ni sé, ni creo, ni descreo palabra... Creer 
ó descreer es ofender al Misterio, única reali- 
dad en todo lo que nos rodea. Envidio á usted 
la firmeza de su convicción. 

Solís, algo picado, paseó el mirar por las 
brasas de la leña, brasas ya casi innecesarias, 
porque Abril se anuncia suave y benigno. 

— Convicción no es— murmuró— . Es apatía, 
ó indiferencia, ó como quiera usted llamarle. 
Es que acaso damos por supuesto que la vida 
encierra un enigma, y no encierra nada: está 
hueca. Él fenómeno, la substancia... vacío 
todo, como dijo Saquiamuni. 

—Apostaría yo— indico, recostándome en el 
sillón y encendiendo también en la lamparita 
de plata martillada el cigarro aromoso, seco, 
fino— que, como es usted joven, hay algo que 
no le parece tan vacío. ¿Ilusiones de amor, eh? 



i5 4 



EMILIA PARDO BAZAN 



—¡Ojalá nunca!— responde estremeciéndose 
ligeramente. 

—¿Por qué, amigo mío?— pregunto indis- 
creto. 

— ¡Ah! Por nada — responde él, evasivo, en- 
cogiéndose de hombros. 



XI 



Los primeros calores empalidecen las flore- 
cientes mejillas de Rafael, y su dulzura de Niño 
Jesús de San Antonio se transforma en abati- 
miento. Consulto, y me ordenan llevarle á un 
sitio fresco: si es posible, al borde del mar.— Y 
tan posible como es. Me le llevo á la casa de 
Portodor, donde he pasado días de mi edad 
temprana. Hace muchos años que no la he pi- 
sado; he solido, en verano, viajar por Suiza y 
Alemania; pero Camila, consecuente en sus há- 
bitos de sabia previsión y buen gobierno, no 
quiso dejar en el abandono esa finca, y al resi- 
dir allí cortas temporadas, de seguro cuidaría 
y arreglaría la antigua residencia. Sin embargo, 
para cerciorarme — como me sería muy des- 



i56 



EMILIA PARDO BAZAN 



agradable encontrar camas duras, vajillas des- 
portilladas y muebles ratonados,— me resuelvo 
á visitar á mi hermana, pegando un martillazo 
á la costra de hielo de nuestra casi ruptura. 

Camila me recibe afabilísima. La mujer 
práctica ha echado sus cuentas y compren- 
dido que es inútil y bobo reñir con nadie, á 
menos que reporte provecho. Su amabilidad, 
sin embargo, se asemejad la que demostramos 
á los locos ó semilocos, á quienes, en opinión 
de la gente, no se debe «llevar la contraria»; con 
quienes no se discute. Me invita á almorzar, y 
acepto, telefoneando á mi hotel para que no 
me aguarden Desiderio y Annie. Expongo mis 
propósitos, formulo mi interrogatorio. ¿Hay 
en Portodor siquiera lo necesario? Porque con 
añadir lo superfluo... 

— Lo necesario para ti es mucho, Gaspar 
— responde melifluamente Camila. — Para mí, 
y para la mayoría de los mortales, aquello se 
halla habitable, y hasta cómodo. He renovado 
infinitos trastos; he puesto el salón de cretonas 
alegres, francesas, y lo mismo el gabinete. 
Mira, es más sencillo: tengo el inventario; te lo 



LA SIRENA NEGRA 



.57 



doy, y tú señalas en él lo que falte. ¿No te 
acuerdas de que hace cuatro años se gastaron 
allí algunos miles de pesetas, que tú pagaste, 
claro, porque la casa es tuya? No creas que 
vas á meterte en un palomar. Donde yo paso, 
pongo orden. 

Apareció el inventario, un cuaderno de plie- 
gos de papel de barba, de letra redonda, espa- 
ñola. Estaba firmado por el mayordomo de 
Portodor,— todo en regla. Lo guardé en el bol- 
sillo, y descascarando una mandarina, in- 
vité: 

— Sabes, Camila... Me alegraría de que te 
animases á la temporada en Portodor... ¿Por 
qué no, dime? 

Ella, con los gajos de otra mandarina entre 
los dedos, sonrió y me echó una ojeada de sos- 
layo. 

— Hijo mío... eso no me lo pidas. Sería di- 
fícil complacerte. 

— Pero, por qué? 

— No te enfadas? 

— No. Palabra de honor. No me enfado; di 
lo que gustes. Hace meses que no me diriges 



i 58 



EMILIA PARDO BAZAN 



ninguna observación, y ya me saben tus repa- 
ros á fruta nueva. 

— Gracioso! Pues... porque no me gusta 
autorizar ciertas cosas; basta y sobra con lo 
que se dice, sin que yo... 

— Se dice? De mí? 

— De ti, y de la inglesa. 

— Bah! 

— Y no es eso sólo... Hay quien muerde 
á propósito de la inglesa y de ese preceptor que 
tomaste, supongo que para la inglesa, puesto 
que el chiquitín, por ahora..! 

-Pch..! 

— Bueno; allá tú; yo no digo pch!; yo es- 
timo mi reputación y mi formalidad, Gaspar 
querido. Si fueses viudo, y si el chico fuese 
tuyo de verdad, la gente no comentaría el per- 
sonal de servicio que eligieses. Como les ex- 
trañó tanto lo .del chico— y no era para menos- 
tienen fija en ti la vista; me sacarían á tiras el 
pellejo si viviésemos juntos una temporada. 
Por otra parte, criatura, la miss es conocida; 
ha servido en casa de los Altacruz, y coque- 
teaba con Alfonsito, el hijo mayor, y sus ami- 



LA SIRENA NEGRA I 5g 

gos; parece que pica alto y que se ha pro- 
puesto casarse con un español de fuste. Todas 
estas carabinas se proponen otro tanto... 

— Ssss! — desdeñé—. Lo que es conmigo... 
Por otra parte, estoy encantado de su ser- 
vicio, Camila. Es un cronómetro inteligente. 
La he subido el salario. 

— Pues amén... Yo no tendría un aya así, 
bonita y que se las trae... En fin, iré á Porta- 
dor cuando regreses á Madrid con tu tropa; 
supongo que pasarás allí Julio y Agosto? 

— Me lo figuro... Según le siente á Rafael. 

— Mira — articuló Camila sirviéndome café 
.galantemente — , lo que puedo hacer es ir á 
'verte un día desde el balneario de San Roque. 
To no necesito las aguas, pero Trini desea que 
Ua acompañe. ¡Pobre Trinita! Padece neuraste- 
nia, desórdenes..., algo que á veces proviene 
•de estados de ánimo especiales. Como hay es- 
casamente dos leguas de San Roque á Porta- 
dor, si se anima Trini, iremos á pedirte de 
merendar. 

— iréis á almorzar; no faltaba más. Es una 
jornada. 



i6o 



EMILIA PARDO BAZAN 



— Veremos, veremos... Ha de ser una ex- 
cursión sin ruido, de las que en verano pue- 
den hacerse, porque nadie se fija... Ya te escri- 
biré desde allá, si vamos — que todavía no está 
Trini resuelta; dudosa anda entre esas aguas y 
otras de Baviera, muy elegantes y muy con- 
fortables... Oye — añade Camila — , quiero que 
sepas que me he traído de Portodor unas sillas 
antiguas, Imperio, preciosas; me dieron lástima 
allí; son las del gabinete. ¿Deseas llevártelas? 
Te llevarías lo tuyo... 

—¡Qué disparate!. ..Son tuyas antes y ahora. 

Con esta cordialidad nos despedimos. Salí 
despreciándola como nunca, en una crisis de 
sarcasmo reprimido que, al verme en la calle, 
se reveló por una carcajada que hizo volverse á 
un aprendiz de zapatero, portador de un par 
de botas flamantes de caña mástic. Para Ca- 
mila, bienes y males están en las bocas y opi- 
niones de los demás. ¡Y qué recurso tan pobre 
el de la supuesta enfermedad de Trini! Será 
algún infarto al hígado, de tanto apretarse el 
corsé... Cátate que me la quieren pintar des- 
mayada de amor y ternura... 



LA SIRENA NEGRA 



161 



Empiezo mis preparativos; doy mis órdenes. 
En los días que preceden á mi marcha me de- 
dico á recorrer, por despedida, algunos de los 
sitios habituales: Ateneo, café, cervecería , 
teatros, corros de trastienda de anticuarios y 
libreros de viejo. No soy misántropo; soy 
diferente, lo cual no me quita la sociabilidad. 
Hasta concurro, una vez al mes, á ciertas ter- 
tulias de las que mi hermana frecuenta, y es- 
cucho las conversaciones, estudiando mucho 
al hacerlo, deleitándome en el curioso con- 
traste de la charla oficial y la historia auténtica 
que se conoce... Debió de ser en un teatro, en 
los pasillos, donde me hablaron de Desiderio. 
Hurones, periodista de esos que podrían bio- 
grafiar cruelmente á Madrid entero, que sólo 
hablan para murmurar, y en desquite sólo es- 
criben alabanzas, me interpeló: 

— Y qué tal Solís? Está ahora mejor de la 
cabeza? Cuando usted se lo lleva, señal de que 
el pobre chico habrá sanado. 

— No lo crea usted — respondí con perfecto 
aplomo — . Enfermísimo continúa. 

— ¡ Vaya por Dios ! Pues yo supuse que era la. . . 

ii 



IÓ2 



EMILIA PARDO BAZÁN 



la escasez... lo que le tenía... así. Le conoce- 
mos mucho en la redacción; traía artículos y 
rara vez se le aceptaban, ni gratis, porque, ya 
ve usted, los nombres nuevos... El público 
exige firmas acreditadas... Los artículos que se 
le tomaron (aquí Hurones bajó la voz) fué por- 
que se me figura que el director le cogió 
un poco de asco á Solís, que es muy vio- 
lento. 

—Ya, ya lo he advertido — respondí, conse- 
cuente en mi sistema de darme por informa- 
do, para que Hurones no se replegase — , Es 
un carácter impulsivo, de esos que pueden con- 
ducir á ¡qué sé yo!: hasta á monomanía homi- 
cida... 

— Ajá! Eso, monomanía homicida... No 
me acordaba del nombre técnico. ¡Si dicen que 
varias veces quiso matar á... no sé cuántas 
personas! Y un día hasta nos trajo un artículo 
ponderando el goce que al matar se siente... 
De modo que, para saberlo de cierto, á alguien 
habrá escabechado... El director, naturalmen- 
te, devolvió el tal artículo; se nos hubiesen 
dado de baja infinitos suscriptores! 



LA SIRENA NEGRA 



i63 



— Pues, además de la manía homicida, tiene 
otra muy mala: la suicida — afirmé intrépido. 

— Ah! Eso nos consta á los del periódico... 
Quiso arrojarse por el viaducto y se lo impidió 
el guardia. El lo negó, pero... 

— Pero... es el Evangelio. Y en otra ocasión 
se envenenó, sólo que llegó á tiempo el contra- 
veneno — asentí imperturbable — . Hasta tiene 
en su cuarto un sable japonés, de los de abrirse 
la barriga. 

Hurones me miró con recelo y escama, olfa- 
teando burla. 

— Pues ¿cómo le conserva usted en su casa 
y al lado del niño? No teme usted..? 

— Es una experiencia psicológica que hago 
— declaré fríamente. 

— Será una buena obra... El ha de sanar, 
con tal que coma y tenga remediadas sus ne- 
cesidades. Sin embargo, en su pellejo de usted, 
yo no viviría descuidado. No se sabe... 

Es imposible que exista en el universo per- 
sona cuya opinión me importe menos que la 
de Hurones; todavía me creo más predispuesto 
á'seguir una prudente indicación de Camila. 



164 



EMILIA PARDO BAZAN 



No obstante, la noche en que me dijo las ante- 
riores tonterías, cavilé buen rato á solas. Eso 
de estar ó no estar sano de la cabeza... dónde 
habrá una frase tan holgada y tan ambigua? 
¿No dirán de mí lo mismo? Camila lo cree; 
para ella soy ni más ni menos que un temible 
perturbado... cuando, en el terreno de la ac- 
ción, soy un excelente sujeto, que á nadie 
molesta y que ha recogido un huerfanito y le 
mima y educa. Nunca comprenderán los po- 
bres diablos sin substancia gris el cerebralis- 
mo, donde nos refugiamos, porque justamente 
nuestros actos no corresponden, no pueden 
corresponder con nuestros ensueños. Una no- 
che en que Desiderio — hambriento, con la 
bolsa vacía, aterido de frío bajo el terno de 
verano, de odiosa lanilla nacional, que no había 
podido sustituir por un paleto acariciador y 
denso— pensó estoicamente en sensaciones su- 
premas, en goces extraños y embriagadores 
que el dinero no compra, se acordó, sin duda, 
de que hay perversa y diabólica ventura en 
extinguir la vida (mayor, quizás, que en crear- 
la); apacentó su espíritu en lo que yo lo he 



LA SIRENA NEGRA 



i65 



apacentado con tal frecuencia, en lo estético 
del morir y del matar, raíz de toda belleza, es- 
plendor del heroísmo, justificación de la bajeza 
del vivir— y, seducido por la magnificencia ín- 
tima de su idea, la ha garrapateado en cuar- 
tillas (estos debilitados y mal alimentados no 
saben retener el pensamiento arcano, el secreto 
que es para nosotros) y ha llevado las cuartillas 
á una publicación. Naturalmente: susto, alar- 
ma, anatema para el protervo... Y, en él, la 
idea, disuelta ya en el acto— porque escribir es 
modo de hacer, y los que menos realizan las 
cosas son los que las han confiado al papel, 
quedándose libres de la sugestión. — Escri- 
tores castos cultivan el erotismo; escritores 
bondadosos, la truculencia y el crimen. Pasa- 
mos por tres estados sucesivos: pensar, decir, 
ejecutar. Contados hombres simultanean los 
tres estados. Desiderio ha escrito; luego no 
hará cosa ninguna. Jugaremos con el pensa- 
miento grave y sublime de la muerte; rondare- 
mos su negra puerta — sin entrar... Nos hará 
señas su mano de marfil — marfil óseo; nos 
llamará la elegante diestra gótica, sin carne 



i66 



EMILIA PARDO BAZAN 



—y responderemos que somos platónicos ama- 
dores, que la suspiramos desde lejos... ¿Co- 
bardes? No; pacientes. Ella vendrá... 

— ¿Tadeo? 

— Señorito... 

— ¿Has puesto en el equipaje camisas de 
vestir en cantidad? 

— Van todas. 

— ¿Te acordaste de la tienda portátil para 
los baños? 

— La ha facturado el mismo dueño del esta- 
blecimiento en que la compré. 

— ¿Empaquetaste los licores? 

— Un cajón está armado. 

— ¿Los libros?.. 

— Cinco cajones. 

— ¿Has dicho á miss Annie que la ropa 
blanca del niño irá en maleta especial, dedicada 
sólo á eso? 

— Lo sabe, señorito. Descuide. 

— ¿Surtiste la caja con la plata para el ser- 
vicio de mesa? 

— Hasta del juego ruso para el té me he 
acordado. 



LA SIRENA NEGRA 



167 



— No dejes de llevar provisión de té de la 
caravana. 

— Y café del mejor va también. 

El ayuda de cámara intenta retirarse; pero 
le detengo con otras inquietudes de bienestar, 
de capricho. 

— Compromete el sleeping... Echa en la 
caja de los vinos unos botes de confitura in- 
glesa de ruibarbo para miss Annie... Las bo- 
tas de charquear, el anteojo marino... Panta- 
llas para las bujías en la mesa... 

Ya llega á la antesala, en retirada, y le grito: 

— Mis armas, mi máquina de fotografía... 
¡Oye! Cinco ó seis juguetes mecánicos bonitos 
para ir sorprendiendo á Rafaelín... 



XII 



¡Portodor!.. Cuántos años que no pisaba es- 
tas playas de rubia arena, extendidas como ve- 
letes de gasa de oro; este bosque antiguo, le- 
gendario, donde se alza una piedra en equili- 
brio, la Pena Moura — céltica, según opinión de 
los arqueólogos locales. Un sentimiento de sor- 
presa se apodera de mí al recordar que he tra- 
veseado y me he escondido en los rincones de 
la casa en que ahora resido otra vez. El senti- 
miento de mi propio misterio me inquieta. ¿Soy 
el mismo que era entonces? Siempre esta incer- 
tidumbre me ha preocupado: ¿subsiste la per- 
sonalidad al través del cambio y evolución de 
todos sus elementos? 

Antes, la casa me parecía enorme: ahora veo 
que no es muy amplia: consta, como la mayor 



170 



EMILIA PARDO BAZAN 



parte de estas construcciones del siglo xvn, vi- 
viendas de hidalgos poderosos, que quizás sólo 
las habitaban en la época de la recolección ó de 
la vendimia, de una torre y un cuerpo de edi- 
ficio. La torre, nada sombría, nada feudal, se 
corona de inofensivas almenas picudas. La pie- 
dra de armas es enfática, aportuguesada, por 
lo mismo que se labró en tiempos relativa- 
mente modernos— reinado de Carlos II. 

Si la casa ha disminuido, el paisaje que 
se domina desde el segundo piso de la torre 
me sorprende por más grandioso de lo que 
suponían mis recuerdos. Al amanecer, la ex- 
tensión de la ría, poblada de barcas de pesca, 
es un himno de alegría heroica, el animoso 
canto de la naturaleza eternamente joven. Algo 
de esta alegría quiere infiltrarse en mi alma. 
No sé si porque respiro aire mejor, ó porque el 
niño ejerce en mí singular influjo, — desde que 
he llegado á esta aldea riente, saudosa y fami- 
liar, un poco de paz, de amor al mundo, entran 
en mí... ¡Ah! ¡Ya era tiempo! 

Me evado del calabozo de mis meditaciones. 
La dulce, la irresistible corriente de la anima- 



LA SIRENA NEGRA 



lidad me lleva envuelto en su curso benigno. 
Ando mucho, acompañado de Rafaelín, á quien 
enseño los predios y los deliciosos arenales; y 
los pasos, movimientos, antojos y preferencias 
del chiquitín evocan los míos; me retrotraen, 
por la magia psíquica del recuerdo, á los años 
perdidos, borrados casi en lo consciente de mi 
ser. Me veo nuevamente — en Rafaelín — reco- 
giendo bocinas, lapas, nácaras y conchuelas-, 
esas conchas de la ría cantábrica, que tienen 
los reflejos de ardiente irisación y la involu- 
ción clásica de las del Mediterráneo. Me veo 
á caza de bellotas y piñones en la selva rumo- 
rosa, bajo el enorme pino secular, faro de 
los navegantes y objeto de las iras del rayo, 
que le ha mancado dos de sus brazos de Bria- 
reo. Me veo sentado en el carro colmo de espi- 
gas de maíz, eligiendo entre ellas las reinas, las 
de fruto rojo como granos de granada. Me 
veo jugando al pie del lavadero, turbio de es- 
puma jabonosa, y, al menor descuido de los 
que me vigilan, chapuzándome en él. Me veo 
limosneando á los pintorescos y joviales men- 
digos cuya salmodia zumbadora, moscona, me 



172 



EMILIA PARDO BAZAN 



despierta el domingo antes del toque de misa. 
Me veo refugiándome detrás de una peña, en 
cueros, para evitar que me bañen—y me veo 
de repente, por esos cambios súbitos, fantás- 
ticos, de la niñez— corriendo hacia el mar rie- 
lante y estriado bajo el sol, y adelantándome 
con tal ímpetu, que tienen que cogerme para 
que no pierda pie y me hunda en alguna hoya 
traidora recubierta de arena fina. Me veo mor- 
dido por un cangrejo, llorando á perder; me 
veo saliendo del agua, con un manojo de algas 
crasas apretadas en el puño, sin querer soltar- 
las, rabioso porque me las arrebataban tiráni- 
camente... Tales son los gestos míos que re- 
produce Rafaelín á la distancia de veinticinco 
ó treinta años; gestos olvidados, gestos pueri- 
les, en los cuales me empapo, por decirlo así, 
y floto, con lento placer, con la ventura fluida 
que hacen sentir las cosas nimias y naturales. 
La niñez de Rafael, sin embargo, se diferencia 
de la mía, con la diferenciación profunda del 
carácter. Esta criatura es dócil, amorosa, poco 
egoísta (dentro del general egoísmo instintivo 
de la infancia). Sus vivezas terminan en arre- 



LA SIRENA NEGRA 



i 7 3 



batos generosos. Además... temo consignarlo, 
desconfiado como soy de todo afecto... ade- 
más... este chiquitín... no hay remedio, no se 
puede negar... este pequeño... me adora! Sí; 
hay un ser en el mundo, incapaz de ficción, 
que vive pendiente de mis menores indicacio- 
nes y voluntades; hay un ser que no es un pe- 
rro, y para quien, sin embargo, yo, Gaspar de 
Montenegro... soy Dios. 

No lo había notado en Madrid; en Portodor 
he tenido que darme cuenta de ello; el niño ha 
penetrado en mi existencia; antes estaba so- 
lamente al margen. Con tiempo, soledad, li- 
bertad y la especie de optimismo físico que 
aquí me invade — porque duermo canonical- 
mente y el gusano de la gastralgia no me ata- 
raza el estómago — , he podido disfrutar á mis 
anchas del pequeñuelo, arrebatándoselo á miss 
Annie, y, tarea más fácil, á Solís. 

La inglesa ha protestado con indirectas, con 
acideces, con actitudes de dignidad, con gestos 
de displicencia. Penetrada de la alteza de su 
cargo, no la es agradable que nadie usurpe sus 
funciones: no se trata de cariño á la criatura; 



174 



EMILIA PARDO BAZAN 



no se trata del instinto de la mujer verdadera- 
mente mujer, que, sin afectación, se identifica 
con los chiquillos: se trata de formalismo, de 
literalismo: me he encargado de esta tarea, 
pues á mí me corresponde; es my right, y 
nadie se meta á ejercerlo. 

— Miss Annie— la digo—: hágase usted cargo 
de que estamos en vacaciones. A mí me di- 
vierte llevarme al pequeño por ahí... Supongo 
que usted no se opondrá. 

— Yo debiera ir con ustedes... — responde 
la rubia, quejosa, envarada. 

—Unas veces irá usted, y otras no; según cua- 
dre... Aquí, unpocodeiibertad... Ruego á usted, 
miss Annie, que se tome distracciones; á todos 
nos convienen. Excursione usted; mande engan- 
char el cesto; hay un borriquillo con jamugas; 
si quiere usted, se traerá de Madrid una silla 
de señora; no faltará un jaco; encargaremos 
una bicicleta... Nada de sujeción. ¡A divertirse! 

— Gracias, míster Montenegro... 

El tono era seco; la palabra rebotaba en los 
labios, donde una espumilla iracunda se disol- 
vía quizás... 



LA SIRENA NEGRA 



i?5 



No conforme, Annie se dedicó, entre otros 
deportes, al de sorprendernos á Rafael y á mí. 
No habiéndole yo fijado por qué parte de la 
campiña debía excursionar, con maravilloso 
olfato adivinaba la dirección de mis paseos, y 
se nos aparecía cuando menos lo pensábamos, 
vestida corto de franela tennis, gorra con in- 
signias de algún cíub británico, palo de alpi- 
nista, y el pie cautivo, sin malicia aparente, 
en botitos recios y planos. Su figura moderna, 
atrevida, exótica, componía sobre el fondo de 
los pinos ancestrales, ó al lado del caduco dol- 
men con barba de musgo. Nos saludaba; diri- 
gía alguna observación al niño: «Baby, estáis 
sofocado, no os paréis. — Vais sucio; permitid 
que os limpie la cara un poco...»; y ante mi 
silencio, erizado de retraimiento, se retiraba, 
no sin haber declarado el aspecto del paisaje 
a ver y charming one... 

Apariciones análogas hacía Solís. Estas me 
molestaban menos. El futuro preceptor ejercía 
sobre mí el atractivo de su complicada alma, 
de su psicología laberíntica. ¿Sería cierto que 
buscaba la emoción suprema, aquella en que 



i 7 6 



EMILIA PARDO BAZAN 



el hombre se hombrea con el Creador des- 
haciendo su obra? 

La tez de Solís, que el aire libre y la brisa 
salitrosa empezaban á tostar; los labios, algo 
menos descoloridos, pero siempre contraídos 
por triste gesto; las facciones irregulares, de 
expresión huraña— no revelaban que estuviese 
del todo reconciliado con la dura obligación de 
arrastrar el vivir. Sentía yo á veces impulsos de 
provocar sus confidencias, y no quería seguir- 
los, porque era demasiado atrayente para mí el 
enigma de aquel espíritu, y si me enfrasco en 
él, adiós la sana delicia de mis paseos con el 
niño, adiós la sedación disfrutada á su lado, 
preocupándome de sus antojos, respirando con 
infatuación de ídolo el incienso del culto que 
me tributa... Lo repito, soy su divinidad. Alma 
nueva, creyente, y á la cual todavía no se le ha 
inculcado principio alguno, su necesidad de 
venerar y de esperar la satisfago yo. Echados 
al pie del vasto pino musical, donde el hondo 
soplo marino \oa y brúa — dos onomatopeyas 
regionales que no tienen equivalente en cas- 
tellano, tal vez porque en Castilla no se abra- 



LA SIRENA NEGRA 



177 



zan los pinos y las costas — , el niño, al encon- 
trar mi cabeza al alcance de sus manos de 
manteca y de su boca de guinda, se apodera de 
mí, y me cierra los párpados á caricias, repi- 
tiendo en monótono sonsonete y en jerga an- 
glohispana: 

— Faiher bonito, father bueno, father mo- 
no, father rico, father santo, father guapo, 
father que mandaen todos, en todos, en todos... 

De mi absoluto poder tiene tal idea, que me 
dice, la víspera de una excursión que le 
anuncio: 

— ¿Y mandarás que no llueva, eh, father? 
Que haga buen weather — sonríe y chapurrea, 
volviéndose hacia miss Annie para desenojarla. 

En su anhelo de ser querido por todos, el 
chiquitín adivina el rencor mudo de la insti- 
tutriz, y no cesa de aplacarla con zalamerías... 
Ella no se doblega, no se amansa. Conserva 
su agravio en vinagre — como suelen estas na- 
turalezas estrictas, esclavas de un contrato, 
pero ocultamente ambiciosas... 



12 



XIII 



El desquite, el triunfo de miss Annie, es la 
hora del baño de mar. El niño, entonces, la 
pertenece por completo, y, al principio, no sé 
si calculadamente, la inglesa se opuso á que yo 
presenciase de cerca este rito sacro; porque, 
desde lejos, no habría modo de impedirlo. Yo 
me impuse.— El playazo donde se baña Rafael 
es mío; forma parte de la posesión. Lo cercan 
altos áloes, formidables — que se crían aquí y 
echan su pitón de oro, como si estuviésemos 
en alguna tierra africana. — Miss Annie entra 
en el agua con su alumno. En vano Solís, an- 
gustiosamente, tercamente, ha reclamado para 
sí el privilegio de bañar á Baby. ¿Qué le im- 
porta? ¿Por qué insiste?.. ¿Acaso?.. Estemos 



1 8o 



EMILIA PARDO BAZAN 



sobre aviso. — Y, para forzar la tensión, exclu- 
yámosle de la playa. 

En una caseta de lona á rayas rojas y grises 
se desnudan y preparan Baby y Annie, ayu- 
dados de una rapaza humilde, una sierva del 
terruño. La arena, tersa y compacta, convida 
á pisarla con pies descalzos, y despide calor 
vibrante bajo la refracción solar... Conchillas 
rosadas y pequeñas, como orejas de muchachas 
bonitas, la esmaltan allí donde la ola dejó un 
borde de vegetaciones marinas, húmedas aún, 
de un verdor luminoso. Una beatitud material, 
voluptuosa, emana de esta marina apacible en 
que parecen inverosímiles los naufragios; son 
risas subacuáticas de náyades retozonas lo que 
riza y ondula el cristal del agua, y, para ma- 
yor mitologismo, ayer he visto saltar á corta 
distancia á los delfines — que llaman golfines 
aquí. — Me siento bajo el quitasol, en un peñas- 
co excavado de oquedades colmas de agua, 
donde corretean vivaces cangrejillos y se des- 
perezan actinias cabelludas. — Y miro, miro, 
aletargado el pensamiento — . El niño sale de 
la tienda de campaña: viene encogido, á remol- 



LA SIRENA NEGRA 



181 



que, deseoso de ocultarse, con esa repulsión 
instintiva de las criaturas al agua, ó mejor di- 
cho, á la primera sensación de frío y al terror 
de lo inmenso. Admiro su torso gentil, que 
empieza á perder las redondeces crasas del 
bebé y á estirarse un poco, con tendencia á ser 
musculoso y firme, tallado en roble. Admiro 
sus brazos adorables, su pie delicado, su vien- 
trecillo, igual á una de estas conchas trigueñas 
y curvas; su testa de angelote, de rizos brillan- 
tes, sedosos. — Detrás de él asoma Annie, aga- 
rrándole de la mano y empujándole. La franela 
blanca de su traje masculino, corto de brazo y 
pierna, es menos dulce de color que su nuca, 
descubierta, porque la gorra de hule recoge el 
pelo, no tanto que unos abuelos locos no dia- 
bleen cerca del arranque de las espaldas. Jamás 
me he dado cuenta de este carácter étnico, la 
blancura de la piel inglesa, como ahora. Es un 
blanco que será desesperante para un pintor: 
un blanco tintado imperceptiblemente de rosa 
té, un blanco virginal, «carne de doncella»... 
La misma blancura á lo Van-Dick. se nota en la 
pierna larga, esbelta, derecha; en el brazo duro, 



l82 



EMILIA PARDO BAZAN 



nada corto; en el pie de mármol, cuyas uñas 
descubro que están limadas cuidadosamente, 
y abrillantadas, sin duda, con polvos de coral, 
pues una vez más me reproducen la imagen, 
sensual y delicada, de las menudas conchas 
traídas por la ola, envueltas en perlas verdo- 
sas, resbalantes. 

La inglesa se apresura, semidesnuda, púdi- 
ca y resuelta; se lanza con el niño, animán- 
dole: «Hip, Baby, go»; oigo el chillido del 
pequeño, acortado, sofocado por la misma 
violencia de la impresión, y mientras Sardiñe- 
te, el marinero contratado para asegurar de 
todo riesgo á Rafaelín, le coge y le sostiene 
dentro de las mansas olas, Annie rompe á na- 
dar, diestramente, y se aleja, se aleja, delatada 
por la ligera espuma que sus brazos y pies le- 
vantan al palear avanzando. La veo á bastante 
distancia, echada sobre el lomo azul de este 
mar peregrino, mar griego en costas del Noro- 
este; saco del bolsillo mis gemelos marinos, y 
entonces me salta á los ojos, acrecentada por 
el misterioso rielar del agua con ziszás de sol, 
la blancura de ondina de los brazos, de las 



LA SIRENA NEGRA 



i83 



piernas, de la garganta, y la risa silenciosa de 
la boca emperlada de anchos dientes, otro gé- 
nero de blancura deslumbrante... Pero ¿qué es 
lo que pasa? Annie ha hecho un movimiento, 
se ha quitado su gorra de hule, el único recato 
de su atavío de bañista; el pelo rubio, mojado, 
se esparce y la rodea de una aureola de serpe- 
zuelas de cobre... Sabe que la miro? ¡De cier- 
to! — Y, con paladas suaves, casi negligentes, 
vuelve hacia la orilla, toma al niño otra vez de 
la mano — imperiosa, pues el chico se resiste 
á salir y juega en el agua — y de pronto se de- 
tiene, sin soltar á Rafaelín. 

— Sardiñete! Por Dios... Mi capa! La olvi- 
daba... Está en la tienda! La tiene Flores!.. 

Mientras el marinero busca la capa que ha 
de cubrir á la miss, ella permanece descubierta 
y en pie frente á mis ojos, tal vez los únicos que 
la contemplan. ¿Para qué pide la capa?..— La 
franela se pega á sus formas como el lienzo hú- 
medo de los escultores á la estatua. Detallo el 
armonioso y contenido desarrollo de su hermo- 
sura. El mar, benignamente, se acerca á la 
peña donde me siento, se retira, deposita algas 



184 EMILIA PARDO BAZAN 

brillantes, deja en seco moluscos palpitando de 
vida... Los áloes son de bronce; sus enormes 
hojas carnosas y apuntadas se dibujan sobre el 
cielo sin nubes. Mi cabeza está vacía y mis 
venas hierven... 

Me incorporo, cierro el quitasol, y sin espe- 
rar á que miss Annie se vista y vista al chico, 
emprendo la cuesta que conduce á la torre de 
Portodor — entre grupos de mimbrales, enci- 
nas, castaños, viñedos, oyendo el gluglu del 
agua en los molinos, y el silbo de los mirlos 
que, digeridas las cerezas de Julio, esperan 
las uvas de Septiembre... Corro, porque la 
mujer me ha arrollado — y necesito estar con- 
migo á solas, pensar, recaer en el cerebro, li- 
bertándome de lo sensible. 

Y era claro como la luz que este fenómeno 
había de presentarse á su hora. ¿Acaso no sé 
que hay en mí dos hombres, un meditativo es- 
piritualista y un corrompido epicúreo? ¿Ha pa- 
sado cerca de mí ninguna manifestación de be- 
lleza femenil que no me estremezca? Excepto 
la pobre Rita... Pero ésa era ya un fantasma 
cuando la conocí. 



LA SIRENA NEGRA 



185 



Por otra parte, me encuentro sometido á un 
régimen absurdo. Soledad, naturaleza, alimen- 
tación de pescado, fósforo, aire, sueño, el agui- 
jón vital sobrepuesto á la adoración secreta de 
la Nada... ¿Hay en Portodor otra mujer más 
que Annie? Las pescadoras son muy gallardas; 
las señoritas del pueblecillo quizás no dejen de 
atesorar hechizos para los horteras que vienen 
á baños y fraternizan y sudan agarrados á ellas 
en los bailes del «Casino Portaurense»; pero yo 
no he de aproximarme ni á unas ni á otras. En 
la duda, las pescadoras serían preferibles... si 
no fuese la acuidad de mi sentido del olfato, y 
aun del tacto, porque estas sirenas airosas y 
bravias llevan, textualmente, coraza de escamas 
de pez. En resumen: he aquí que Annie cons- 
tituye para mí un peligro: puede echarme á per- 
der la temporada. Cierto que no ejerce el me- 
nor influjo sobre lo hondo (sí, para ella estaban 
las telas de mi corazón!), pero, á flor de lo sen- 
sible, preso me tiene. Con mirada á la vez tur- 
bia y lúcida, la recorro, la desmenuzo. Hay ho- 
ras en que me olvido de Rafaeiín; hay momen- 
tos en que temo ser arrastrado por mi antojo. 



i86 



EMILIA. PARDO BAZAN 



Y véase cómo acertaba Camila, y los murmu- 
radores y todo el buen sentido, cuyos aciertos 
tienen la virtud de irritarme más que si fuesen 
errores. Me indigna que una parte de mí mis- 
mo esté sujeta á las fáciles previsiones de los 
cotarros parleros. «Ese solterón va á caer con 
la miss»... Pues, señores patitos de charca, no 
caeré, ó al menos no caeré como ustedes su- 
ponen. Soy jeroglífico que ustedes no desci- 
frarán. 

Hasta acertaron en lo de que Annie pica alto 
y á quien «pone los puntos» es á los señores. 
Ahora interpreto mejor aquel afán de acompa- 
ñarnos á Rafael y á mí. Su juego está descu- 
bierto... Pierdes el tiempo, cándido trozo de 
nieve solidificada y teñida con el zumo de un 
pétalo de flor. No te sueltes el pelo, no finjas 
haber olvidado la capa para quedarte, cho- 
rreante y guanteadapor tu tuniquilla de fra- 
nela, ante mí. Tengo contra ti un escudo, que 
es la meditación. Te medito, te escudriño con 
el pensamiento; no encierras para mí atractivo 
alguno de curiosidad; sé de antemano el gé- 
nero de impresión que puedes ofrecerme; no 



LA SIRENA NEGRA 



187 



soy de los que á cada copa nueva yá cada nue- 
vo licor suponen embriagueces distintas — y, 
libre de ilusiones, aunque no de fervorines de 
la sangre — me limito á esas ojeadas furtivas 
del gotoso goloso, que avizora en el escapa- 
rate el plato prohibido por su régimen y del 
cual sabe que, precavido, no comerá. 

Comparo el estado de mi espíritu á un entre- 
més que á veces nos presenta el cocinero: una 
exquisita crema de chocolate hirviente que 
viene á la mesa dentro de un aro de queso 
helado compacto, duro. Cuando te sirves del 
piperete, Annie, no sabes interpretar mi sonri- 
silla. En el centro de mi bloque de hielo hay 
calor— demasiado calor—, pero el hielo no se 
liquidará. No cantes victoria, hija de la pérfida 
Albión, porque notes la eléctrica sacudida que 
me causa tu presencia. Yo no soy esa parte de 
mi ser á quien tu blancura ha trastornado. Yo 
soy el que piensa, razona, conoce, prevé, di- 
seca. Yo soy el que ama otras cosas muy obs- 
curas, muy sombrías; yo soy el galán de la 
Negra... Soy su trovador, su romántico minne 
singer, capaz de cortarse un dedo, como se lo 



i88 



EMILIA PARDO BAZAN 



cortó aquel de la leyenda, para enviárselo á su 
princesa y dama. 

El niño puede distraerme de este ensueño 
viejo; tú no, aunque juegues á salir de las olas, 
salvo la franela, como Afrodita... 

A diversión tomo el engañarte inocentemen- 
te. Ya que tú me has perturbado en mi calma, 
te perturbaré en tus ambiciones. Gozo en 
hacerte creer, con indicaciones que aparento 
que se me escapan á pesar mío, que me traes 
fascinado, que lucho para no ceder al imán. 
Finjo suspiros, afecto brusquedades , hago 
como si tragase frases encendidas, bordo ren- 
dimientos, entretejo insinuaciones. Y así que 
te veo encandilada (no por mí, por mis acce- 
sorios de dinero y posición), hago la comedia 
de la retirada; me llevo á Rafaelín al bosque, á 
la playa, á los molinos, á los maizales, á los 
setos de zarzamoras , donde nos ponemos 
como dos bandidos — y echándome á cuatro 
patas, le digo á la criatura: 

— Súbete: soy tu caballo, ó tu pollino, como 
quieras... Para ti, nenito, soy asno. ¡Sólo 
para ti! 



XIV 



En el juego y desquite que mi cerebro se 
toma, entreteniéndose en presenciar y aun en 
provocar conflictos espirituales, encuentro un 
aliciente inesperado: además de Annie, otra 
persona está pendiente de mi escarceo. ¡Ya me 
lo sospechaba yo! Por lo visto, Desiderio Solís 
ha caído; había caído, por mejor decir, en las 
redes de la común enemiga y conservadora del 
género humano... 

Vuelvo á concentrar mi atención, un mo- 
mento distraída por un ampo de blancura en 
una encarnación femenil, en el alma que creí 
atormentada, complicada y simpática á la mía? 
del joven futuro preceptor... No, preceptor no; 
no temas, Raíaelín; te buscaremos un guía no 



*9° 



EMILIA PARDO BAZAN 



tan fácil en soliviantarse, en aturdirse al olor 
del mosto de la mocedad; un hombre en quien 
se hayan sedimentado las pasiones y que adore 
los libros: vendrá el viejecito cura bibliófilo. 
Para mí, Desiderio ha bajado muchos peldaños 
de la escala de valores. Soñar otras cosas, bueno; 
soñar á la mujer, y de esta manera anticuada, 
prevista, folletinesca, con arrebatos de celos 
y con sufrimientos enervantes, como el vul- 
gacho... eso no me interesa absolutamente na- 
da, y me produce una reacción de humorismo, 
que demuestro manteniendo al incauto en per- 
petuo estado de excitación y tortura. Sufre, 
alma sin valor ni fuerza, sufre... ó elévate, 
como yo, hasta más allá de los dolores y los 
goces pequeños... hasta más allá de las epider- 
mis de nieve, rosas y demás cursilerías! 

A cada mirar insistente que en la mesa dirijo 
á miss Annie; á cada palabra significativa que 
entre ella y yo se cruza — veo estremecerse á 
Desiderio, y noto la descomposición de sus 
facciones, de su cara turbia y movible como el 
mar. A la hora del baño, estoy convencido de 
que, si le aplicásemos á Soiís un termómetro 



LA SIRENA NEGRA 



IQI 



clínico, se apreciaría elevación en su tempera- 
tura. Adolece de una cuotidiana pasional, una 
calentura de león. Mas tarde, está caído y des- 
hecho; sus ojeras amoratadas descubren la al- 
teración de su organismo. Su violín solloza, y 
de noche me complazco extrañamente en escu- 
char el gemido de las cuerdas, que me parecen 
la queja de un condenado lamentándose más 
allá de la sepultura... ¿Por qué me recreo 
en oir desesperarse á este hombre á quien, he 
querido sacar de la miseria? ¿Es mi eterno des- 
precio al sentimiento, al dolor, á la flaqueza, á 
la necedad de mis... prójimos? ¡No, eso no; yo 
prójimos no tengo, ni quiero tener! 

Degradado porel suplicio celoso, acaso el más 
humillante de todos, Solís se rebaja hasta es- 
piar. Juraría que de noche se quita los zapatos 
y viene á pasos tácitos y furtivos á pegar el 
oído á mi puerta, movido de sospecha vil, ob- 
sesa la imaginación por esa terrible facultad 
que desarrollan los celos materiales, de repre- 
sentarse los sucesos fantaseados con el realce y 
la plasticidad de lo escuchado y visto. Yo di- 
simulo con arte supremo, en el cual hallo 



192 



EMILIA PARDO BAZAN 



una distracción digna de mí. Veo retorcerse al 
poseso y sonrío desde mi altura, y tiro de los 
hilos que mueven la mecánica de sus furores y 
de sus sensaciones crueles, y me complazco en 
formarme, con este ejercicio, unos músculos 
morales de acero templado... 

Por las tardes se alivia un poco el mal de So- 
lís: nota que yo paseo en compañía de Rafae- 
lín y que no trato de coincidir con la inglesa. 
Sin duda él ha intentado ofrecerse á Annie por 
acompañante, y sin duda Annie, cada vez más 
cebada en lo que cree mi conquista, le ha dado 
buenas despachaderas, marchándose sola, en 
su bicicleta, por las carretereras polvorosas. 
Bajo la presión de su idea fija, Solís se agrega 
á mí, unas veces desde que salgo de casa, otras 
como por casualidad: agregarse á mí, en efec- 
to, es un modo de seguir á Annie los pasos y 
saber que, por lo menos, no está conmigo; es la 
antipirina de su fiebre. El alivio, el respiro que 
le dan estos paseos, en los cuales se mitiga su 
rabiosa psicalgia, se nota en su fisonomía: va 
hasta jovial y expansivo, con la involuntaria 
alegría saltante que presta la desaparición de 



LA SIRENA NEGRA 



un dolor de muelas furibundo... A veces, me 
divierto en aguarle la fiesta, diciendo negligen- 
temente: 

— No sé si encontraremos á miss... La he 
dicho la dirección de nuestro paseo... Como 
ahora tiene bicicleta... 

El artefacto deportivo había venido de Vigo, 
la población europeizada más próxima á Por- 
tador; y nos sucedía encontrar en las carrete- 
ras á la joven, seductoramente masculinizada 
por los bombachos de paño café y leche, la me- 
dia escocesa y la gorrilla de tela blanca; sofo- 
quinada por la rápida carrera, alborotadas las 
guedejas color de cerveza blonda. Ante mi mo- 
vimiento retráctil, pues yo no quería ir con 
ella, la miss sonreía maliciosamente, me lan- 
zaba los dos rayos de zafir doblete de sus pu- 
pilas y continuaba pedaleando... 

Desiderio, ante aquella ojeada que no se di- 
rigía á él, me insinuó evitar las carreteras; eran 
lo trillado, lo previsto del paisaje. Nos dedica- 
mos á explorar un costado de Portodor, en el 
cual, desde nuestra llegada, no habíamos sen- 
tado el pie todavía. Aun siendo la parte más 

i3 



194 



EMILIA PARDO BAZAN 



selvática de la comarca, era, en conjunto, ama- 
ble y risueña; las orillas del río Andía, para mí 
familiares en los primeros días del despertar, 
después delsemisueño brumoso de la infancia. 

El río, próximo ya á desembocar y perderse 
en la ría, se hace más profundo y caudaloso, y 
sus márgenes, no encajonadas entre monta- 
ñas, como las de otros ríos de la región, están 
guarnecidas de mimbres, alisos, cañaverales y 
sauzales frondosísimos. La flora es vivaz y 
rica: hay lirios morados y amarillos, y abunda 
una planta, cuyo nombre ignoro, que echa 
unos ramilletes de flor de un rosa vivo, con 
emanaciones de almendra amarga. No sólo al 
que tiene, como yo, aguzado el sentido del ol- 
fato, sino á todos, probablemente, una fragan- 
cia ó un olor, aun siendo grosero, les recons- 
tituye íntegro un momento de la conciencia, 
tal vez borrado, perdido en ese archivo obs- 
curo donde se van almacenando los sucesivos 
estados del alma. El balsámico olor de las 
umbelas rosa me retrotrajo, instantáneamen- 
te, á la hora de mi adolescencia en que, de- 
primido por caídas y enfangamientos, apre- 



LA SIRENA NEGRA 

tado del mayor dolor, que es la vergüenza mo- 
ral, vi en el fondo del río unos ojos de tinieblas 
que me llamaban, y estuve á pique de irme 
hacia ellos, abriendo los brazos y exhalando el 
«¡Por fin!» de todos los ansiosos amores... 

Reconocí la peña donde me había sentado en 
la hora de la tentación. Y, deseoso de ahondar 
en Solís, se me ocurrió volver á ocupar el mis- 
mo sitial, á la misma melancólica hora de sol 
poniente, cuando en el río cabrillean los mis- 
mos flamígeros toques, y se ensombrecen los 
mismos remansos lóbregos — . Siempre me ha 
complacido reproducir lo externo de una situa- 
ción cuando falta lo interno, á fin de procla- 
mar una vez más que no tiene valor alguno lo 
que nos rodea; que somos nosotros los que nos 
proyectamos sobre el paisaje y el ambiente — . 
Y, tomando pie de esta observación, afectando 
la necesidad de confianza, que es una de las 
flaquezas de nuestro espíritu, — enteré á Solís 
de lo que aquel paisaje me recordaba. 

— <¡No es cosa rara que se desee con tal ve- 
hemencia dejar de ser? 

Al formular esta pregunta le observo. 



I96 EMILIA PARDO BAZAN 

— Qué ha de ser raro eso! Lo extraño es que 
deseemos vivir, don Gaspar — contesta el mo- 
zo. — Debe de estar bien claveteado allá den- 
tro de nuestro ser lo que llaman instinto de 
conservación, cuando todavía no se ha despo- 
blado de humanidad el globo. Tenemos mil 
razones de morir, y ninguna de continuar su- 
friendo esta broma pesada. 

— No cree usted que somos ahora más feli- 
ces que en otras épocas? Los adelantos... 

— Los adelantos! — Maldición en ellos!.. 
— exclamó violentamente. — Los adelantos, en 
nuestro período actual, ahondan las diferencias 
sociales; se consagran al dinero. Los pobres, 
los que estamos debajo, tenemos la ventaja de 
ver cómo todo, ó casi todo, lo que se refina en 
la civilización y en la cultura, es para una cas- 
ta, la casta dorada... á la cual nunca hemos de 
pertenecer. Soy de la casta del cobre. No ha- 
blarme de adelantos. 

— Sin embargo, amigo Solís — insinué trai- 
doramente — , hay muchísimas cosas que lo 
mismo son de los dorados que de los cobrizos. 
Los goces intelectuales, por ejemplo... 



LA SIRENA NEGRA 



¡97 



— Don Gaspar... yo he empeñado á veces 
por dos pesetas mis desencuadernados libros, 
atestados de notas y apostillas... Yo me he re- 
tirado del Ateneo, porque no podía pagar las 
cuotas... Yo, obligado á pasarme las mañanas 
traduciendo patochadas á diez duros el tomo, 
me he embrutecido en esa tarea de macho de 
noria. ..Yo no he podido ver trabajar á la Duse, 
porque no me gusta estar prensado en el galli- 
nero y no tenía para butaca... Hábleme usted 
de placeres intelectuales!.. 

Miré hacia el río, del cual se elevaba una 
frescura sepulcral, y arrancando distraída- 
mente un ramillo de flores rosa, jugueteando 
con ellas, deslicé: 

— Y el amor? Ahí tiene usted algo que ni 
reconoce cobre ni oro... Esa fruición nos 
iguala. 

Solís saltó, convulso. Se notaba en su voz la 
furia repentina. 

—Que nos iguala? Basta que usted lo diga... 
Para los cobrizos, las del arroyo! Si tenemos 
aspiración hacia una mujer bonita, inteligente, 
delicada... allí estará uno de la casta de oro 



I98 EMILIA PARDO BAZAN 

con su oro en la mano, y suya será la victo- 
ria!.. ¡Como si no lo supiésemos!.. 

Y rompió en una risa sardónica, insultante. 

— Father — gritó Rafaelín al pie de la peña 
que me servía de asiento—: mira un pez! Un 
pez que salta del río! 

— Una trucha, alma mía— respondí acaricián- 
dole. — Eso prueba que en el río hay hondones, 
y los niños no deben acercarse á él. — Según 
eso — insistí dirigiéndome al profesor — , usted 
no está á bien con la vida?.. 

— No estaré á mal, cuando vivo — declaró 
torvamente.— incurro en la contradicción ge- 
neral... Nos quejamos de la carga, y no solta- 
mos el lastré... Ó intentamos soltarlo una vez, 
y no lo conseguimos... y ya no se repite el in- 
tento. Verdad que es curioso? Tomamos una 
resolución... la estorba una nimiedad... Nadie 
nos obligaba á resolver; nadie nos impide vol- 
ver á la carga... y no volvemos. Y las circuns- 
tancias son las mismas ó peores; y no volve- 
mos, Y estamos convencidos de que debería- 
mos volver; y no volvemos. ¿Seremos ne- 
cios? 



LA SIRENA NEGRA 



199 



— Somos una red de contradicciones... No 
somos animales lógicos... 

— Pues hay que serlo— decidió Solís, con- 
tundente. — Persuadidos de que una cosa con- 
viene, se hace... Y se hace por cuenta propia 
y ajena. No comprendo cómo los que se ponen 
en salvo no salvan á la vez á algún amigo... ó 
enemigo. ¡Es tan fácil..! En la barca hay sitio 
para muchos náufragos. Y por qué no darse, 
antes de partir, un refinado goce? Vea usted: 
este goce es concedido igual á los cobrizos que 
á los dorados. No: mejor á los cobrizos, por- 
que ios dorados están reblandecidos, y no 
tienen el valor del gesto supremo... 

— Sí — pronuncié retándole con una mirada 
serena y fija — , recuerdo su artículo de usted 
en El Ideal, un periodiquito... Allí desarrollaba 
usted la misma tesis. 

— Llegó usted á leer aquello? — preguntó en- 
tre receloso y halagado. 

—En efecto: lo leí. Es un artículo tranquili- 
zador. Lo entendí como deben entenderse las 
lucubraciones que se confían al papel. Aunque 
no soy escritor, sé que en cuanto una idea sale 



EMILIA PARDO BAZAN 



de nosotros y cae sobre la hoja, blanca, es 
como si se deja destapado un frasco de perfu- 
me: cátalo desvirtuado... No creo en lo que se 
escribe. 

—En lo que yo escribo, crea usted lo mismo 
que en lo que digo... 

La amenaza del rival me arrancó una sonri- 
sa. Paré la estocada, murmurando negligente- 
mente: 

— En dichos creo menos aún... Escribir, 
hablar, son las válvulas por donde desahoga- 
mos lo superfluo de la actividad del cerebro. 
Remedio probado contra los impulsos absur- 
dos que nos precipitan al disparate y á la ac- 
ción prohibida ó criminal. El alma se liberta 
con rasguños y palabras, con aire y papel. No 
soy nada amigo de máximas; pero reconozco 
que del dicho al hecho... Fanfarroneamos 
hasta con nosotros mismos ; nos contamos 
mentiras', nos juramos que haríamos esto y lo 
otro... y nada hacemos, en puridad. Aire, ce- 
niza de voluntades y deseos... 

—No todos somos iguales, don Gaspar — re- 
calcó Solís — . Hay hombres en el mundo que 



LA SIRENA NEGRA 



han nacido cómicos; que, no teniendo audito- 
rio, se representan comedias á sí mismos. Hay 
también hombres — añadió con glacial y cor- 
tante reticencia — que no pueden figurarse cier- 
tos modos de sentir, ó porque su sentir es ob- 
tuso, ó porque no lo afinaron las desgracias, los 
conflictos, las tiranías de la vida... El dorado, 
que encuentra todo preparado á su gusto, mesa 
puesta y alrededor de la mesa una reunión di- 
vertida y amable, mujeres que le sonríen, pa- 
rásitos que cantan su gloria... ése ¿qué sabe 
de lo que se puede llegar á soñar para sustituir 
con el sueño todo lo que nos ha negado la rea- 
lidad? El único goce de dominación del que ni 
posee riquezas ni poder ni amores... tiene que 
ser ése: extinguir... — ¿No lo comprende usted? 
— añadió, enviándome la pregunta como un so- 
plo de lo desconocido. 

Resistí su mirada y se la devolví saturada de 
menosprecio. Y no lo hice por afectación: era 
que, realmente, en aquel momento, le menos- 
preciaba. Su teoría de que el abismo del alma 
se colma con riquezas, poder y amor, era para 
mí el más mezquino de los dislates. Estaba, el 



20-í 



EMILIA PARDO BAZAN 



supuesto intelectual, á la altura de los pinto- 
rescos mendigos, más alegres que yo, cien ve- 
ces más dichosos, á quienes limosneamos el 
domingo y que me creen monstruo de la for- 
tuna porque tengo siempre mucho y bueno 
que comer y en la faltriquera monedas que re- 
partirles. ¡Eres un mendiguillo, Desiderio! ¡Y 
todo por un pedazo de carne blanca, donde la 
naturaleza incrustó dos cuentas de vidrio azul 
y plantó un matorral de hebras de pelo color 
cerveza blonda!.. 

— Father — dice la voz pura — : mira, ha 
vuelto á saltar el pez... Péscalo, ¿di? Quiero 
verlo. 

— Si lo pesco morirá... ¿Te gusta que 
muera? 

— No... ¡Pobre pescadito!.. Morir no — de- 
clara el nene, y fija en mí su Cándido mirar, 
asombrado de algo que no comprende. 

Luego, asiéndose á mi mano, articula: 

— - Father, dime, anda... ¿Qué es morir? El 

pescadito, si muere, ¿cómo quedará? Y su 

father, ¿llorará por él, di? 



XV 



El día siguiente á la tarde en que pasamos 
este diálogo Solís y yo, domingo era, y había 
limosneo. Conservo y restauro esta costumbre, 
procedente del tiempo de mis padres, no por- 
que me parece caritativa, sino únicamente por 
encontrarla estética, complemento adecuado 
de la torre de tostadas almenas picudas, inúti- 
les para la defensa, pero bonitas sobre el ce- 
laje. Además, ¡el niño goza tanto con la distri- 
bución! razón babosa que ejerce sobre mí 
suma fuerza. — Nos sentábamos bajo el empa- 
rrado, entonces cubierto de pámpanos, entre 
los cuales comenzaban á pintarse de un car- 
mín claro aún los racimos. Al lado, la fuente 
gorgoriteaba su canción monótona y deleito- 



204 



EMILIA PARDO BAZAN 



sa. Frente á nosotros, descubría la Vista la 
extensión de la ría, espejeante, rebrilladora, 
salpicada de espuma un momento por el brinco 
de un delfín, ó cortada por el vuelo airoso de 
una barca de pesca, tendida el ala de su vela 
latina. Los puertecillos de la costa agrupaban 
diminutos, como casas de juguete, su caserío. 
Olía á heléchos frescos, á madreselva y á so- 
plos de mar, que llegaban por bocanadas. Yo, 
cauto, me provistaba de un frasquito primo- 
roso de sal inglesa, por si los mendigos espar- 
cían su acostumbrado vaho á hormigas, á sal- 
muera, á aguardiente de caña en estómagos 
mal nutridos. 

Presos los perros, irreconciliables enemigos 
de los pobres, presentaba el mayordomo el 
cestón atestado de trozos de pantrigo — no de 
sobras, eso lo prohibía yo, sino de mollete fres- 
co — y de tortas de borona. A Rafaelín se le 
entregaba un bolsón repleto de cobre. En mi 
bolsillo danzaba plata menuda, para los casos 
de mayor simpatía ó capricho de la criatura. 
Los pordioseros, según orden que se les había 
dado, aguardaban formados en doble fila. 



LA SIRENA NEGRA 



205 



Yo conocía ya á muchos de ellos; pero cada 
domingo venían algunos nuevos, de otras pa- 
rroquias, atraídos por la fama que cundía de 
mi liberalidad y buen corazón. Se respetaba 
jerarquía y antigüedad: los de la parroquia 
eran socorridos primero, luego los de las cir- 
cunvecinas, por orden de proximidad á Por- 
tador. La expresión de todas las caras, ó de 
casi todas, es de júbilo y de una malicia humil- 
de, como la de los legos bobos que fían en Dios 
y chorrean esperanza. La presencia de Rafae- 
lín les saca de sus casillas, y ríen más, y excla- 
man cosas más chuscas y optimistas; veje- 
zuelas desdentadas ríen como niños de pecho; 
vejezuelos reumáticos, arrastrándose sosteni- 
dos en un palo, ríen plegando el rancio cuero 
de su cara de manzana tabardilla muy madu- 
ra; un lelo ríe de felicidad al tocarle la maneci- 
ta del nene, y se olvida de devorar el mendru- 
go; un ciego es el más jovial, y se empeña en 
mosconear en la ^anfonayen dedicarnos coplas 
alusivas, aduladoras, donde nos llama reyes. 

— ¡Peseta para el ciego, father! — suplica 
el pequeñín. Y allá va la peseta... 



206 EMILIA PARDO BAZAN 

Una mujer flaca, que lacta á dos gemelos, es 
la única que pone gesto melancólico; pero al 
darle Rafael ración doble y peseta, ensarta 
bendiciones y sonríe, desenfurruñada. — Un 
chiquillo de unos ocho años se adelanta con 
una esportilla, marmoneando no sé qué. 

— ¿Tú quién eres? No te habíamos visto. 
La de los gemelitos explica: 

— Es de Naimor... Es así, tiene la habla tra- 
bada... Pide para su abuela, que está enca- 
mada con la paralís... 

Rafael, entonces, se adelanta, coge de la mano 
al chico, y misteriosamente le entrega algo. 

— ¿Qué le das, Faelín? Si no te riño; si no 
te riño... 

— Un bizcocho mío; es mío, es mío; que no 
lo quise con el topolate... — y en la voz hay 
una entonación de protesta. 

— Bueno, querido... Traiga usted más biz- 
cochos — ordeno al mayordomo, que extraña 
un poco la orden — . Vas á repartir tú bizco- 
chos ahora, cielo. 

Enfaenado Rafael en distribuir el contenido 
de la bandeja, entre el coro de «¡Vivan cuanto 



LA SIRENA NEGRA 



207 



deseen! ¡Dios le guarde de una envidia! ¡Dios 
le haga santo!» de los pordioseros engolosina- 
dos, — no advertí que dos señoras subían la 
cuesta que conduce desde el pueblo de Porta- 
dor á la torre. Hasta el mismo instante en que 
desembocaron en el camino de serventía que 
rodea la tapia del patio, tampoco era fácil ver- 
las, porque los viñedos hojosos, los matorra- 
les de zarza y saúco, los brabádigos y los al- 
tozanos del terreno lo impedirían. Me levanto, 
me precipito, echo mano ai canotier... Son 
Camila yTrini, risueñas, con sobrealiento, bajo 
quitasoles de seda tornasolada. 

Sin duda buscaban precisamente esto — co- 
germe desprevenido, en plena vida libre — , á 
ver qué posición adopto cuando estoy solo... 
La emboscada es doblemente cautelosa, puesto 
que Camila, hará una semana, me escribía 
desde Madrid que Trini no acababa de deci- 
dirse á venir á las aguas de San Roque, y que 
más bien la veía inclinada á tomar el rumbo de 
Alemania, deteniéndose una semana en París—. 
Es indudable el complot. ¿Qué importa? La vi- 
sita me distrae... 



208 



EMILIA PARDO BAZAN 



Lanzo las inevitables exclamaciones de sor- 
presa... 

— Qué es eso? Caemos mal, por casualidad? 
— pregunta Camila derrumbándose en el pre- 
til, porque viene que no puede más de la su- 
bida — . Ya ves, hemos seguido tus indicacio- 
nes; nos presentamos por la mañana, á pedirte 
de almorzar... 

— Sentiría mucho que le causásemos moles- 
tia... — murmura Trini, confusa — . Camila 
me ha animado tanto... Me ha dicho que usted 
le había dicho en Madrid... 

— Por Dios, Trini... No sé cómo manifestar 
á usted que estoy verdaderamente agradeci- 
do!.. Venga usted, venga á descansar un mo- 
mento á casa, á arreglarse; en fin, á lo que 
quieran... Pronto almorzaremos... Miss Annie 
— ordeno á la inglesa, que acababa de presen- 
tarse, súbitamente, de piqué verde claro, con 
una rosa lacre en el corpino — : ¿quiere usted 
hacerme el favor..? Estas señoras... 

Y dándome cuenta del motivo porque la 
inglesa, con un molinillo dentro, no se mueve, 
lleno la fórmula: 



LA SIRENA NEGRA 



2O9 



— Míss Annie Dogson, la señorita que cuida 
del pequeño... Mi hermana... la señorita de 
Dávila... 

Si con afectación se inclinaron las damas, 
con rígida tiesura cabeceó Annie. Dijérase que 
una barrilla de hierro pasaba á lo largo de su 
espinazo. 

— Gracias, Gaspar — exclamó Camila — ; 
no nos hace falta arreglarnos por ahora: el 
camino es corto; un cuarto de hora para 
cruzar la ría y una hora de coche... El ratito 
de venir á pie es lo peor... pero no hay 
tiempo de notar mucha fatiga; son diez mi- 
nutos... 

Desde que Trini había llegado, no apartaba 
los ojos de Rafaelín. Le miraba encantada, sor- 
prendida, sin duda, de su belleza. De pronto, 
con movimiento simpático, se bajó y le tomó 
en brazos. 

— Es el niño! El niño! — repitió enfática- 
mente — . Qué precioso! Parece un angelito de 
los que se ven en los cuadros de Murillo... 
Pedirás á Dios por don Gaspar, eh, nenito? 
Pídele mucho. 

14 



210 



EMILIA PARDO BAZÁN 



— No va á entender, Trini... Dígale usted 
que pida por father. Don Gaspar es un perso- 
naje que para él no existe. ¿Verdad, baby? Soy 
su papá... en inglés. 

Como la señorita se disponía á besarle en los 
carrillos, miss Annie se interpuso rápida, dando 
una orden secatona: 

— Baby... shake hand. 

Desiderio Solís, que bajaba la rampa em- 
parrada que conduce desde la cocina de Por- 
tador hasta el patio, se paró en firme al ver 
á las señoras. Hubo en su gesto algo de es- 
quivez felina, si así puede decirse; fué la re- 
tracción de una alimaña sorprendida en su cue- 
va. La cueva de Solís, ¡ya la conozco!: es la 
sombría madriguera de sus pensamientos des- 
esperados y ansiosos, entre los cuales se re- 
vuelve. En esa madriguera me encuentra á mí 
y me destroza á mí; y se acentúa la intensidad 
de mi goce al desafiarle, y en un desenfrenado 
imaginar me figuro la pronta supresión de la 
existencia que puede darme un loco lúcido 
como éste, al filo del cuchillo ó á la bala del 
revólver... Experimento una fruición de orgu- 



LA SIRENA NEGRA 



211 



lio, íntima, deleitosa — y, encontrándome á la 
altura de un poeta favorito, comprendo la gen- 
tileza del morir, y, sobre todo, la gentileza de 
jugar con la sensación del peligro oculto, in- 
minente, como se juega con un lindo kriss ma- 
layo de afiladísima hoja serpentina, envenenado 
con zumo de euforbia. El atractivo de todos 
los seres que por un momento han fijado mi 
atención, solicitado mis sentidos, hasta bus- 
cado el camino de mi corazón — Rita, Annie, 
Camila, Trini, el mismo Rafaelín — cede, se 
eclipsa ante este amor antiguo como mi ju- 
ventud, esta curiosidad y sed del gran Secre- 
to... Ya que no me decido á ir, á paso tran- 
quilo, hacia él, que venga él á mí, sin las 
decadencias de la enfermedad, sin las torturas 
de los padecimientos, sin los delirios délas fie- 
bres y con el hechizo peculiar del drama psi- 
cológico... ¿A que no es verdad, menguado 
Solís? ¿A que no te resuelves, una mañana..? 
Yo te daré vapor, pobrecillo celoso de la po- 
dredumbre, de la mísera carne de la mujer. Te 
estiraré el cordel, te haré tascar el freno en los 
pocos días que nos restan de verano y de baños 



212 



EMILIA PARDO BAZAN 



salobres. Y estoy de ello seguro: nada ocurrirá 
digno de referirse; tu amenaza tácita ó explí- 
cita será otro poco de aire; no sabrás propor- 
cionarte y disfrutar la sensación suprema, el 
trago de infernal ambrosía de suprimir con 
tus manos una existencia humana... No serás 
tú quien me haya asustado, profesorzuelo; no 
están nuestros espíritus al par. Espera... 

Y le llamo, complaciéndome en saber yo 
solo lo que tiene de significativo el rostro des- 
compuesto y demacrado, la chispa siniestra 
del mirar de Solís. También interpreto perfec- 
tamente la vislumbre de satisfacción que le 
causa la presencia de las dos señoras. La mis- 
ma sospecha que hace fruncir el rubio ceño á 
Annie, despeja momentáneamente la frente de 
Solís, que se acerca titubeando. 

— El futuro ayo de Rafael, don Desiderio 
Solís... Mi hermana, etc. 

Trini es la más espontánea: le tiende la mano 
con afabilidad; él, entre remiso y lisonjeado 
(no son sino sacos de vanidad estos aparen- 
tes bohemios), la estrecha desmañadamente. 
Camila le mira, reprobando para sí las negli- 



LA SIRENA NEGRA 



2l3 



gencias de su atavío y sus maneras hoscas, 
insociales. 

Toda, esta escena, más breve que mi re- 
lato, se desarrolla entre el corro de pordio- 
seros, los cuales, á fuer de genuinos mendi- 
gos españoles, se interesan más por lo que 
sucede á su alrededor que por su negocio de 
pedigüeñería. Las mujeres, con la boca abierta, 
no se sacian de admirar los trajes de batista 
floreada, los sombreros frondosos y botáni- 
cos de las dos señoras. Una medalla de Juana 
de Arco, cercada de rubíes calibres, que Trini 
ostenta al cuello, les arranca exclamaciones 
admirativas y bendiciones desinteresadas. Tri- 
ni, se apresura á registrar su bolsa de malla 
de oro, y á distribuir el cambio que lleva. 
Luego, acepta mi brazo para subir la rampa. 

Desiderio Solís, después de unos instantes 
de angustiosa vacilación, se resuelve á ofrecer 
el suyo á Camila. Ella hace que no ha visto la 
actitud, y sube derecha, sola, prontamente, 
como quien conoce bien los lugares donde se 
encuentra. Solís se encoge de hombros, cre- 
yendo que no le veo, para fanfarronear con 



214 EMILIA PARDO BAZAN 

miss Annie, que acaba de dirigirle una mirada 
irónica. Rafael nos precede corriendo, alboro- 
zado, guiando á Trini, con la cual ha hecho 
migas; y, alzando cuanto puede su manita, le 
cuenta cosas: 

— Tengo un pero así de gande... Lo pendie- 
ron porque muede á los pobes... Yo no quiero 
que los mueda... 

Entramos en la «sala de la torre». Camila se 
encarga de explicar á Trini esas cosas que se 
explican siempre al que pisa una casa por pri- 
mera vez. Sobre el sofá hay un retrato de mu- 
jer, con el pelo en moño de rizos, los hombros 
caídos, el corpino picudo de talle y el cuelle- 
cito blanco vuelto, característicos de la moda 
de 1860. 

— ¡Cómo se te parece esta señora! — excla- 
ma Trini. 

— No tiene nada de particular... Es mamá 
— dice Camila. 

La mirada de Trini pasa del retrato á la cara, 
no de Camila, sino mía. Toma un pretexto para 
mirarme, — lo he notado. — Quizás esta mu- 
jer ha pensado mucho en mí á solas. Viene, 



LA SIRENA NEGRA 



2l5 



me parece indudable, bajo el influjo de una in- 
quietud dolorosa respecto á miss Annie. Para 
Trini, como para la muchedumbre, yo me en- 
tiendo con la nivea inglesa... Y siento un chis- 
pazo de cólera al reconocer que, una vez más, 
el sentido común de las gentes no es tan vano 
y hueco como pensamos los soberbios, que 
nos situamos fuera de la grey; porque, no hace 
veinte días, si me dejo llevar del instinto... 

Visitan la casa las señoras, gustosamente. 
Se detienen mucho en recorrerla. Lo que las 
interesa, al parecer, es la distribución de las 
habitaciones. Camila lo revuelve todo, lo pes- 
cuda todo, con su ojeada maliciosa, digna y 
escandalizada á la vez. El examen resulta in- 
quietante. Yo ocupo, en el segundo piso de la 
torre, un cuarto no muy amplio; detrás de él, 
en otro más chico, duerme Tadeo, mi ayuda 
de cámara; y enfrente, dos habitaciones de di- 
mensiones iguales, separadas por un pasillo, 
corresponden á Rafael y miss Annie. El primer 
piso de la torre queda reservado pará un salón. 
Y al cuerpo de edificio, detrás del despacho y 
comedor, está relegado Solís. De aquí, los es- 



2l6 



EMILIA PARDO BAZAN 



pionajes nocturnos. Le veo que observa á Ca- 
mila y nota su actitud; dijérase que los dos 
pensamientos, las dos sospechas, se encuen- 
tran, cruzan y abrazan en el aire, como dos es- 
padas desnudas. Al contacto de la sospecha de 
Camila, la de Solís acaso se hace certidumbre. 



XVÍ 



Nos sentamos á almorzar. Camila, frente á 
mí, preside. A su derecha, Rafaelín. Solís, al 
otro lado. A mi derecha, Trini; la inglesa, en 
el puesto inferior, á la izquierda. 

Convencido como estoy de que la mayor 
parte de nuestros estados psíquicos, aunque 
jamás carecerán de razones de ser, las tienen 
frecuentemente tan ocultas que ni nosotros 
mismos las traducimos y analizamos, no he 
intentado explicarme por qué aquel almuerzo 
fué una hora excepcional en mi vida; por qué, 
desde que Trini se colocó á mi lado, comprendí 
su deseo y su sinceridad, y presentí el des- 
arrollo que iban á tener los sucesos. 

La mesa lucía un adorno muy vulgar, pero 
encantador: canalitos de vidrio liso llenos de 



2l8 



EMILIA PARDO BAZAN 



agua en que refrescan flores y ramillas tiernas 
de helécho. Eran como riachuelos dormidos 
sobre la blancura del mantel. Dado que en Por- 
todor andamos mal de jardinería, Tadeo se ha- 
bía ingeniado y traído del río buena provisión 
de las umbelas rosa que huelen á almendra 
amarga; y el ligero olor, avivado por el calor y 
la frescura, me penetraba en el alma como un 
cuchillo de oro. El cocinero, aunque carecien- 
do, según decía, de mil recursos que no faltan 
en Madrid, había sacado partido de la maris- 
cada y pesca tan abundante enPortodor,y desde 
las menudas anchoas hasta los filetes de len- 
guado á la Morny y el rodaballo á la Teodora 
braseado al Champagne, el menú, casi magro, 
era para despertar el paladar del más gastado 
gastrónomo. Trini, que habitualmente come 
poco, animada por mis bromas y mis obse- 
quios, estuvo hasta glotona; dos veces se sirvió 
del rodaballo, ensalzándolo. Solís, aliviado de 
su tortura al notar cómo yo atendía á Trini y 
cómo ella se esponjaba dichosa, y un tanto ex- 
citado quizás por los excelentes vinos que or- 
dené á Tadeo que sirviese, empezó por desta- 



LA SIRENA NEGRA 2ig 

car alguna frase y, al fin, habló brillantemente, 
desplegando ingenio, conocimientos y buen 
humor irónico, que descargó sobre el pueble- 
cilio de Portodor, sus notabilidades, sus fes- 
tejos, su Casino, sus bellezas. — Trini se reía; 
hasta Camila desfrunció el entrecejo, sonrió, 
y dos ó tres veces aprobó. 

Annie era la malhumorada silenciosa. A me- 
dida que adelantaba el almuerzo, se acentuaba 
su hosca frialdad: con leves pretextos repren- 
dió ásperamente, en inglés, á Baby; el peque- 
ñuelo hizo un mohín llantero, mimoso; Trini 
le echó un beso volado, le hizo un guiño de 
inteligencia. Los ojos azules, de claro doblete 
de zafir, se obscurecían, y los labios bien cor- 
tados temblaban de ira al notar que el niño se 
entendía con otra y que á esa otra yo le pre- 
sentaba un fruto, le servía una salsa, le ponía 
vino en el vaso. Alegando que Baby no debe 
permanecer tanto tiempo seguido en la mesa, 
levantóse al servirse el asado intentando llevar- 
se al chiquitín; pero Trini intercedió: 

— Miss Annie, ¡por Dios! déjenosle hoy, un día 
es un día. Rico, Faelín, ¿verdad que te quedas? 



220 



EMILIA PARDO BAZAN 



Entiendo: le hago un signo á la inglesa 
— nada más que un signo, pero de amo — , y no 
hay remedio, mi voluntad se impone; el aya, 
en señal de protesta, se retira. Entonces el al- 
muerzo se hace más íntimo, más atractivo; 
Trini respira, libre de las ojeadas de cristal 
azul; Camila, con toda su altivez, se encuentra 
también más á sus anchas; Solís especialmente 
se alegra; ¡mi acto de energía le da á entender 
tantas cosas! Radiante, salpicada de Cham- 
pagne su nada tersa pechera, vuelve á soste- 
ner la conversación con un esprit periodístico 
ameno y maligno á la vez. Después de un di- 
tirambo al «inflado» javanés con que termina 
el delicado almuerzo, propongo ir á tomar el 
café bajo el emparrado, en la enorme mesa de 
piedra toda bordada de vegetaciones que el sol 
metaliza. Allí nos sentamos... y ¡yo no me 
miento nunca á mí mismo! viendo á Trini con 
Rafaelín en brazos, explicándole por qué una 
mosca se ha preso las patas en el azúcar de un 
platillo, lo cual el pequeñín celebra con risas 
gorjeadas, con exclamaciones de asombro y 
gozo, — ¡me encuentro feliz! — El sortilegio del 



LA SIRENA NEGRA 



221 



niño sobre la mujer actúa visiblemente; el 
grupo inefable, símbolo de la vida, se ha for- 
mado y estrechado al influjo del aire, de la li- 
bertad, del alejamiento de las ciudades, de la 
naturaleza, en fin. Mientras yo fumo mi ciga- 
rro, Trini juega con el niño; juegan á partir pi- 
ñas y á descascarar piñones, sirviéndose de 
una piedra, y las risas aumentan y el chiqui- 
tín toma confianza, y tiraniza á Trini como 
me suele tiranizar á mí, y la empieza á soltar 
letanías de cariño: 

— Trini bonita, Trini buena, Trini de mi 
corazón... 

Ella se anima, se entusiasma también. Pasa- 
mos las horas calurosas de la tarde bajo el 
toldo de parra, oyendo surtir el agua, esa agua 
tan fresca, tan leve, tan digestiva, que bebí de 
niño con los carrillos sofocados de correr. El 
danés , Vértigo, sentado gravemente á mis 
pies, abre por turno el ojo derecho y el iz- 
quierdo y estremece una oreja cuando le im- 
portunan las moscas. El ambiente es pesado; 
pero á cada minuto lo abanican brisas de mar. 
A eso de las cinco, al empezar á aplacarse el 



222 



EMILIA PARDO BAZAN 



calor, propongo que bajemos al pueblo, alqui- 
lemos un bote y demos un paseo por la ría. Es 
muy probable que caigan algunos panchos. 
Tadeo llevará anzuelos, cordel y el cesto para 
recoger lo que se pesque. La proposición 
es acogida con transportes de júbilo por el 
niño, con satisfacción por las señoras. Invito á 
Solís, que rehusa, y no invito á miss An- 
nie: acabamos de verla pasar allá á lo lejos 
por la carretera que atraviesa la parte baja 
de la posesión, cabalgando en su bicicleta, 
muy bien ensiluetada, muy airosa, muy deci- 
dida. 

Vamos, pues, en familia, sin mercenarios de 
lujo. Desatraca el bote. Sardiñete, el marinero, 
rema despacio, de un modo insensible; su hijo, 
un rapazuelo de unos quince años, coge la caña 
del timón. Nosotros echamos la liña y espera- 
mos que el pez pique. Trini ayuda y aconseja á 
Rafaelín; le enseña á tener la cuerda quieta y á 
dejarla flotar según el derive, casi impercepti- 
ble, del bote. Trini, en toda esta jornada, se 
muestra mañosa, útil, viva. Al sentir el primer 
tirón, el chico pega un grito de alegría nervio- 



LA SIRENA NEGRA 



223 



sa, tan penetrante, que el pez se asusta é in- 
tenta huir, y no lo consigue, porque ya está 
enganchado. A la luz del sol poniente vemos 
encorvarse y palpitar su cuerpo de plata, y, 
arrancándolo del anzuelo, se lo entregamos á 
Rafaelín. La criatura coge el pececillo; pero, al 
notar su agonía, la gota de sangre que man- 
cha sus agallas, quédase un momento pensa- 
tivo, y después rompe á llorar, escondiendo su 
preciosa cara en el seno de Trini, que le cubre 
de caricias. 

— No se pesca más, rico — dice ésta — . Se 
acabó la pesca por hoy. Verás; á este pescadito 
le volvemos al agua y se pone tan contento y 
se va junto á sus hermanitos, á contarles que 
por poco nos le comemos frito esta noche. 

— ¿No mere el pescado? — pregunta, entre 
sus lágrimas, Rafael. 

— No mere, vidita, no mere: ahora rompe á 
correr tan contento, y va á tomar café con sus 
amigos, y á fumar, como tu father. 

La risa sucede á las lágrimas. Por debajo del 
agua transparente, el niño ve desaparecer el 
cuerpo del pez, en relampagueante fuga. 



224 



EMILIA PARDO BAZÁN 



Se recogen los avíos de pesca. Rafael es el 
que manda! Mi alma flota, se disuelve en la 
placidez infinita de la hora moribunda. Hace 
bochorno; no corre un soplo de viento. El sol, 
allá en la línea del horizonte, desciende abra- 
sado al íondo del agua obscura. Cae la noche, y 
apenas desaparece el astro, surge claridad, no 
de la luna, que no se deja ver, ni de las estre- 
llas, altas y diamantinas, sino de la misma sá- 
bana del agua, que se enciende en hervor nup- 
cial, como inmensa luciérnaga. Resplandores 
glaucos parecen venir del fondo de las olas, 
permitiendo ver las miríadas de peces que cru- 
zan sus profundidades y que son como remo- 
linos de prolongadas hojas de estaño, arras- 
trados por una corriente de esmeralda pálida, 
derretida. El remo abre surcos de lumbre fos- 
forescente y al subir derrama cascadillas de 
gotas luminosas. El pálido incendio nos alum- 
bra con reflejos fantásticos de linterna chines- 
ca. El niño pregunta, y le explico el fenómeno 
como puedo. Estoy cerca de Trini, y siento, 
en aquella noche de verano, en que arde hasta 
el agua, su atractivo; pero estoy seguro de que 



LA SIRENA NEGRA 225 

no se trata de un estímulo material, de que es 
la criatura quien vuelve á llevarme hacia el 
hogar, hacia la paz, hacia la aceptación de la 
existencia completa, vivida y transmitida á 
otros... 

Camila nos da el alto: tienen que volverse al 
balneario; la excursión exige hora y media lo 
menos, ¿cuándo llegarán, y qué pensarán de 
ellas los demás bañistas? 

Trini, suspirando, exclama: 

—¡Qué lástima! ¡Qué buen día se ha pasado! 

Saltamos en la playa, y ofrezco otra vez el 
brazo á Trini para llevarla hasta el coche, que 
ya las espera al extremo del muelle. Es un 
breve momento de soledad y de confianza. 
Camila se queda atrás, á propósito, entrete- 
niendo al niño, enseñándole las redes de pesca 
que negrean sobre el blanco arenal. 

—Gaspar— murmura Trini con voz temblo- 
na; y noto el golpeteo de su corazón contra mi 
brazo derecho — : tiene usted un niño que es 
un hechizo. Me voy prendada de él. 

— Lo quiere usted á su lado siempre, Trini? 
—respondo, en un arranque violento y espon- 

i5 



226 



EMILIA PARDO BAZAN 



táneo — . Ya sabe usted que se lo había ofre- 
cido... 

—Eso fué un día..'. Ahora... usted... ya... Y 
yo, entonces, no había visto al pequeño... 

— Ahora, igual... si usted...— Y estrecho el 
brazo; y el brazo contesta á mi presión con 
otra muy ligera, pero sensible... La respuesta 
del brazo es definitiva. 

— Hemos quedado — advierto á Camila— en 
que volveréis á pasar aquí el día del jueves. 
Iré á esperaros en el desembarcadero. Y antes, 
es probable que me aparezca en San Roque... 



XVII 



Y apenas se aleja, con ruido apagado de ro- 
dadas, el coche que lleva á las dos señoras, en- 
trego á Tadeo la criatura soñolienta, para que 
la suba en brazos á la Torre, hago una seña á 
los marineros y vuelvo á saltar en el bote. 

— ¿Caradónde, señorito?.. 

— Adonde queráis... Un paseo. 
Escupen en las manos y vuelven á empuñar 

remos y gobernalle. Pausadamente, la barca 
corta la sábana de lumbre pálida y verdosa... 
Caigo en pleno ensueño. Por última vez— á mí 
mismo me empeño la palabra — me entrego á 
esas conversaciones interiores, en que dialoga 
mi doble yo. Por última vez fumo opio... Dejo 
colgar el brazo sobre la borda, y al rozar el 



228 



EMILIA PARDO BAZAN 



agua parece mi derecha bañada en un livor so- 
brenatural; la estela del barco es un trazo pro- 
longado de lumbre, como el rastro de un co- 
meta en el firmamento. Es preciso que yo diga 
adiós á los antiguos fantasmas, mis persegui- 
dores, mis tétricos amigos; es preciso que salga 
de mi espelunca, y no vuelva más á ella; tengo 
que transmigrar y encarnarme en esposo, en 
ciudadano. 

El agua se engalana como para un funeral 
con esta luz mortuoria, que me recuerda la tez 
de espectro de Rita Quiñones ; y de entre las 
praderías de algas, donde ondulan vegetaciones 
de pesadilla, una forma se alza, semejante á 
una de esas vislumbres que tiemblan al mo- 
vimiento de las múltiples capas de agua, y 
cuyas líneas se disuelven, entre las gasas tré- 
mulas y fingidas, velo de los abismos. El que 
ve surgir una de esas apariciones inciertas y 
borrosas, hijas del consorcio de la fantasía 
con lo real, nunca deja de atribuir á la visión 
forma femenina. Cree discernir, fugitivos en 
su diseño, los brazos que han de enlazarle, el 
cabello donde se ha de enredar, la boca que. 



LA SIRENA NEGRA 



229 



ha de envenenar la suya, el flexuoso torso que 
se pegará á su pecho. La mayoría de los hom- 
bres hacen surgir de la obscura profundidad el 
amor. Mi visión, confusamente alumbrada por 
la fosforescencia de las ondas, es de muerte, 
y su boca, al acercarse á mi boca, la cuajaría 
en eterno hielo... 

El cuerpo de mi sirena no es blanco, su pelo 
no es rubio: tiene su forma lo indeterminado de 
los senos sombríos de donde sale, y su melena 
se parece á la inextricable maraña de las algas, 
suspensas, enredadas y penetradas por esta luz 
líquida. Creo verla ascender despacio, ávida y 
amenazadora, como si me dijese: «Eres mío, 
no me huyas...» 

— No soy tuyo — protesté — . Puedo huir. 
Me basta con desearlo. He jugado contigo á 
un juego peligroso: basta ya. Quiero vivir. 
Vete... 

No se iba. Agarrada á la borda con sus ma- 
nos de sombra, fijaba en mí los mismos ojos 
magnetizadores que había fijado desde el fondo 
del río. Y me llamaba, me llamaba... Un su- 
dor de angustia humedeció mis sienes, y, por 



2 3o 



EMILIA PARDO BAZÁN 



un hábito pueril, por uno de esos gestos ma- 
quinales que se han hecho en la niñez y que 
sobreviven á todos los procesos analíticos, de- 
moledores, de la edad madura — bajé dos de- 
dos, alcé otros dos y tracé sobre mi frente la 
señal de la cruz... 

En el mismo instante el agua palideció; sus 
reconditeces se velaron, y como se extingue 
una bengala de teatro, se extinguió la fosfores- 
cencia, dejando el agua incolora, tranquila, en 
la densa cerrazón de la noche. 

— ¿Se apaga el agua así de pronto? — pre- 
gunté á los marineros. 

— Sí, señor... Siempre pasa así en Agosto. 
Dura muy poco la claridá. Aun hoy duró más 
que otras veces. 

— Vamos al muelle — ordené, como avergon- 
zado de mi impresión y temeroso de que me 
la conociesen; avergonzado del sentimiento, 
hasta en presencia de tan ínfimo auditorio. 

Salto á tierra. Emprendo la caminata á la 
Torre de Portodor, cuyas iluminadas venta- 
nas veo desde el muelle lucir como un faro. 
Voy determinado á desenredar mi espíritu de 



LA SIRENA NEGRA 



23l 



los laberintos en que me he perdido siempre. 
Ahora creo discernirlo con lucidez total: es- 
taba enfermo del alma, y es la salud lo que han 
de darme las dos supremas representaciones de 
la existencia: el Niño y la Mujer. El reto que 
acepté era insensato y absurdo, como era ne- 
fando y monstruoso el amor que me había ins- 
pirado la Guadañadora. Cuando yo provocaba 
y exasperaba á Solís, la buscaba indirectamente 
á ella; glosaba una cuarteta conceptuosa que 
me embruja la imaginación: 

Ven, muerte, tan escondida 
que no te sienta venir, 
porque el placer de morir 
no me vuelva á ciar la vida... 

Subiendo por el sendero campestre donde, 
entre el olor recio del mar, flota el almizclado 
vaho de esos escarabajos negros, enormes, 
llamados en el país «vacas de San Antonio», 
formo mi plan. Mañana mismo, llamaré á miss 
Annie, la daré rendidas gracias por sus servi- 
cios, la haré generoso regalo y la enviaré á 
Vigo, en un buen coche. A Desiderio Solís le 
enteraré de que mi matrimonio es cosa acor- 



232 EMILIA PARDO BAZAN 

dada; le ofreceré un sueldo no despreciable en 
concepto de administrador y secretario, y le 
advertiré que estos cargos los puede desempe- 
ñar fuera de mi casa, y que así lo deseo. Y aña- 
diré todo lo que baste á curar los escozores de 
sus dudas y convertirle en amigo mío, al menos 
en indiferente. Y después... Ya veremos: ante 
todo, conjurar este peligro; salir de esta situa- 
ción anómala en que me he puesto voluntaria- 
mente, jugando con mi propio destino, por una 
caprichosa fantasía de poeta — sí, ahora en- 
tiendo la verdad: yo soy un poeta loco, á quien 
las herencias de melancolía de las edades dra- 
máticas y de los antecesores desdichados, ha- 
bían llevado á desear el aniquilamiento... Pene- 
trado de esa curiosidad palpitante que da fiebre 
á las novias la víspera de sus bodas, yo espe- 
raba ansioso, estremecido, lo que iba á ser de 
mí en poder de una fiera por mí mismo azu- 
zadaydesencadenada. Me había complacido en 
crear eso que llamamos fatalidad, con la subs- 
tancia de mis deseos, mis orgullos y mis anto- 
jos. Quizás la fatalidad no existe, si nosotros 
no la fabricamos. En esta hora de sana volun- 



LA SIRENA NEGRA 



233 



tad me parece todo el giro de mi suerte es mi 
obra. Soy yo quien ha soltado en mi propia 
casa al tigre de los celos, y le he visto avan- 
zar exhalando su ronco rugido, y en vez de en- 
jaularlo, me he complacido en admirar su man- 
chada piel... Ahora entiendo cuánto daño pude 
hacer, no sólo á mí, sino á todos. Destejamos 
la infernal tela; aprisa, borremos la huella de 
nuestros pasos, pisando al revés. 

Mi proyecto era conferenciar aquella misma 
noche con Solís, dejando para el día siguiente 
la entrevista con miss Annie. Ai llegar á la To- 
rre, supe que el profesor, algo indispuesto, se 
había acostado, y que la institutriz tampoco ba- 
jaría á cenar, por sufrir una jaqueca muy fuer- 
te. A otro perro con ese hueso: bien adiviné lo 
que ocurría. Solís y ella se habían peleado; ella 
trepidaba de despecho y cólera de haber sido 
excluida, suplantada. Me encogí de hombros. 
Mañana las siluetas de estos dos seres, en mi 
espíritu, quedarán borradas de la pizarra con 
una esponja... 

Cené gratamente, abierta la ventana, por la 
cual entraban la lejanía y la calma de la noche. 



234 EMILIA PARDO BAZAN 

Terminada la cena me levanté, y me puse de 
codos en el antepecho á respirar. Recordaba 
que en otras épocas me había acodado así, 
para contemplar las tempestades, que son en 
Portodor magníficas é imponentes. Caen rayos 
á centenares, zigzagueando sobre el mar; un 
espectáculo sublime. Ahora no se movía una 
hoja; algo de neblina, presagio de calor, em- 
pezaba á alzarse. Yo sentía ese temblor secre- 
to, ese comienzo de embriaguez que causa 
todo cambio en nuestro destino. Me esforcé 
en pensar en Trini, — pero la Seca todavía 
quiso interponerse. Te he vencido — murmu- 
raba yo... Y me reía de la derrota de la muy 
coqueta, que me trae al retortero desde tan- 
tos años hace, sin realizar nunca sus promesas 
de darme el olvido y el descanso... 

Serían las diez y media cuando subí á mi 
cuarto, no sin decir á Tadeo que no le necesi- 
taba. El servidor se quedó abajo, trajinando, 
recogiendo. El silencio era total: no se escucha- 
ban ni ladridos de canes, ni flauteos de sapos. 
Entré en mi dormitorio y cerré, sin echar la 
llave. Sonaron unas pisadas ligeras en el pasillo, 



LA SIRENA NEGRA 



235 



y antes de que hubiese tenido tiempo de dar 
vuelta al grifo del lavabo, sentí que llamaban á 
mi puerta unos dedos sonoros, de metal. Acudí 
á abrir, y me quedé perplejo, pero no sorpren- 
dido, al encararme con miss Annie. La inglesa 
venía muy guapa, es justo reconocerlo; su 
pelo de luz, sencilla y hábilmente recogido, 
y su traje de linó gris, de corte original, exa- 
geraban su aire pudibundo y prerrafaelista; era 
una deslumbradora girl de cromo, de esas en 
cuya cara la rosa se disuelve en leche y el 
carmín se afína con transparencias de cris- 
tal. Olía bien— sin duda usufructúa los per- 
fumes de Rafaelín — y, en suma, llegaba 
á tiempo, si no se interpusiese entre ella y 
yo algo nuevo que se había apoderado de mí. 

Entró con marcialidad, derecha y seria, y ya 
dentro, dió vuelta á la llave. 

— No conviene que nadie nos interrumpa 
— dijo autoritariamente. 

Me quedé mirándola, silencioso, sin protes- 
tar. ¿A ver por dónde descargaba el nublado? 
Y ella, acercándose con desdén, y trepidando 
de cólera y soberbia, profirió, en el buen es- 



236 



EMILIA PARDO BAZAN 



pañol que gasta, sólo extranjerizado por el 
acento: 

— Es preciso que hablemos claro, don Gas- 
par. Conmigo no se juega. Reclamo una con- 
testación categórica. La señorita Trini, ¿es ó 
no es novia de usted? 

Sonreí, ofrecí con el gesto un asiento en mi 
mejor butaca á la quejosa, y contesté al des- 
gaire, graduando el efecto de mi respuesta, 
para que molestase más: 

— Naturalmente que esa señorita es mi no- 
via. Pronto nos casaremos. ¿No se lo había di- 
cho ya? ¡Qué distraído soy! Discúlpeme, miss 
Annie. 

Un momento permaneció estupefacta la in- 
glesa. No quería fiarse de sus oídos ni de sus 
ojos; no porque fuese inverosímil que yo tu- 
viese novia, sino porque era humillante que 
se lo notificase así. Las naturalezas orgullosas 
se resisten á admitir la realidad de lo que las 
rebaja; el primer movimiento de la altanería 
ofendida no es la indignación; es la sorpresa. 
En aquella modesta institutriz era altanera la 
raza, la civilización de presa y de fuerza de 



LA SIRENA NEGRA 



237 



donde procedía; era altanera su convicción de 
que á la mujer se la debe lealtad. Cerca de me- 
dio minuto tardó en recobrar, no la palabra, 
sino la acción. Eso sí, la acción la recobró por 
entero, súbitamente. Avanzó sobre mí, y su vi- 
gorosa palma de jugadora de tennis y ciclista, 
huesuda bajo la morbidez , cayó sobre mi me- 
jilla, respondiendo al claqueo de la bofetada un 
dolor vivo, un escozor violento, un desquicie de 
dentadura, una serie de sensaciones que todas 
actúan sobre lo puramente animal de nuestro 
organismo, provocando en los hombres de baja 
educación el ejercicio del palo y del puño, y en 
un hombre más culto, otra reacción diferente... 
Porque no sé yo quién será el varón resignado 
á quedarse en situación tan ridicula como la de 
verse abofeteado, y no con blandura, por una 
mujer, á puerta cerrada, de noche, y cuando, 
anteriormente, esa mujer ha depositado en sus 
sentidos un germen de impureza y de miseria 
fisiológica. Ciego y disparado, aproveché, pues, 
el momento en que miss Annie, todavía ame- 
nazadora, permanecía inmóvil, — y la enlacé y 
envolví y ahogué entre las elásticas serpientes 



238 EMILIA PARDO BAZAN 

de mis brazos, riendo á carcajadas, con risa 
nerviosa producida por la excitación que el 
golpe me causaba. La defensa encarnizada de 
la mujer recrudeció mi repentina barbarie; y 
cuando digo la mía, digo mal; la de aquel 
que no era yo, ó, al menos, no era mi yo hu- 
manoy consciente, sino uno de los varios hom- 
bres que hay en cada hombre, que cometen lo 
que aborrecen y se preguntan después: «Pero 
¿cómo he podido? ¿Cómo me he dejado llevar 
de tal locura?..» sin encontrar respuesta. 

Ella, al pronto, hería, pegaba, mordía, usaba 
de sus uñas, de sus dientes, de sus pies; pero 
yo, nervioso, frenético, luchaba sin sentir los 
golpes, y la sujetaba é inutilizaba su defensa. 
Cuando arranqué un jirón de la tela sutil de su 
corpiño y vi la blancura de su piel, me ofusqué 
del todo. ¿Qué más? El resto fué para ella el 
ultraje, para mí el pecado — ese pecado her- 
mano de la muerte; el pecado que nos acecha 
en cada latido de la sangre y en cada anhelo 
de la respiración. La vi desplomada, sollozando 
con angustia infantil; después la vi erguirse, 
desmelenada y echando espuma, epiléptica. No 



LA SIRENA NEGRA 



supe qué decirla: me encontraba sin cerebro. 
Me limité á dar vuelta á la llave — ella no acer- 
taba — para que saliese. La mirada que me 
echó no fué ya de reprobación ni de furor: fué 
esa ojeada de la alimaña atrapada en el lazo, 
herida, sangrante, y que recoge para la última 
dentellada lo que le queda de fuerza vital. Si 
existiese en la mirada el poder que algunos 
antiguos autores le atribuyeron, yo me hubiese 
caído allí mismo redondo, á los pies de la mí- 
sera mujer á quien acababa de robar su única 
hacienda, su única prez, — más que la vida... 

— Annie... — tartamudeé. — Annie... Oiga... 
Ella seguía mirándome terrible. Sus labios 

se agitaban sin articular palabras. Con mano 
insegura arreglaba su peinado, juntaba maqui- 
nalmente los trozos desgarrados de su ropa. Lo 
incorrecto la dolía tanto como lo impuro. Se 
volvió un momento, y desde el umbral me es- 
cupió, en inglés, la injuria despreciativa; algo 
equivalente á 

— Pillastre! 



XVÍII 



Tadeo se presentó á los tres minutos. Venía 
azorado: sin duda había oído desde abajo gri- 
tos roncos, ruidos de lucha. 

— Quiere algo el señor? Me parecía... 

— Nada... Váyase usted... 

Se fué, sin convencerse. Las caras diplomá- 
ticas de los criados ¡qué expresivas son!— Me 
acosté y no pude dormir. Un devaneo de in- 
sensatez se apoderó de mí. Me sentía envuelto 
en lodo, hecho de lodo, y lo peor era que el 
lodo que me formaba discurría y se juzgaba á 
sí mismo, y se encontraba doblemente lodo, 
no tanto por el delito perpetrado, como por lo 
instintivo, lo vulgar del delito — mero impul- 
so—y por haberlo cometido enperjuicio propio. 

16 



242 



EMILIA PARDO BAZÁN 



¡Escoger para la inicua barbaridad la misma 
noche en que, del mar apacible y desembruja- 
do, de los setos y matorrales enflorecidos ,de la 
risa de un niño, de la ternura maternal de una 
mujer, había nacido para mí el porvenir, la 
aceptación de mi suerte, mi reconciliación con 
el mundo! Las hieles del mal me tiñeron de 
negro el corazón; la roezón del gusano infati- 
gable que me devora desde la niñez se hizo 
insufrible; creía ver su cuerpo anillado, blan- 
ducho y sus mandíbulas córneas, en movi- 
miento, Al levantarme, en la luna de mi arma- 
rio me encontré caduco, deshecho, agobiado, 
maduro para morir. 

Morir, sí... ¿Quién ha pensado en otra cosa? 
Es lo único que puede realizar mi destino, lo 
único que colmará de una vez mis afanes in- 
finitos, mis nostalgias sin forma y sin nom- 
bre. Ayer era casi dichoso. Ah! Una sola no- 
che sin dormir, cómo modifica nuestro con- 
cepto de la existencia! Por un sueño tranquilo, 
total, cambiaríamos todo el oropel, toda la 
farsa, todo le que es más sueño que el sueño... 
Y pensar que tenemos el sueño dulce, cons- 



LA SIRENA NEGRA 



243 



Jante, igual, eterno, en nuestras manos, y que 
titubeamos en cerrar los ojos, en revolvernos 
preparándonos al delicioso letargo; en exten- 
dernos cómodamente antes de perder de un 
modo insensible, sin notar el momento de la 
transición, la amarga conciencia de nuestro 
existir! Dada la media vuelta, adiós contrarie- 
dades... Miedo? Aprensión del dolor? Si tengo 
frialdad para prepararlo todo bien, lograré lo 
,que en el sueño fisiológico: no me daré cuenta 
del paso de esto á aquello... Apenas un estre- 
mecimiento, una convulsión instantánea, un 
gemido, un esguince... Y después... la nada... 
Sí; incrústese bien en mi cerebro lancinado la 
idea: nada. En la sima, únicamente hallaré 
tinieblas, limbos, lo vago, lo caótico de la 
desintegración de mis elementos, asociados 
para sufrir... 

Me levanto pensando en lo que me he pro- 
puesto. No tengas celos tú, mi antigua ama- 
da; te he sido infiel, pero ya vuelvo á ti. Es- 
pérame, que tardaré poco. 

Tadeo entra á servirme el desayuno. Vien e 
inquieto, enigmático. Su cara acartonada de 



244 



EMILIA PARDO BAZAN 



criado de alta sociedad y alto salario le vende 
un instante, cuando distingue, al pie de la bu- 
taca que yo había brindado á Annie, una hor- 
quilla de celuloide con chispas de estrás. La 
recoge y, respetuoso, la coloca sobre mi mesa 
de tocador. 

— Se ha levantado ya miss Annie? — pre- 
gunto, dominando la ronquera que producen 
las emociones. 

—Miss Annie! Señorito, ¡cuánto hará que se 
ha levantado, que hizo su baúl y salió hacia el 
pueblo! Dice que se marcha á Vigo en el pri- 
mer coche, el de mediodía. Y la acompañó don 
Desiderio; ella le avisó; le mandó recado, tem- 
pranito. El señor dirá cómo se ha de hacer con 
el niño y quién le va á cuidar. 

El niño..! Mi hijo... el hijo de mi voluntad, 
de mi aspiración, de mi cariño espiritualizado, 
superior al instinto... Y yo quenopensaba enél! 

—Allá voy ahora mismo— dije precipitando el 
cepillado de mi pelo y rechazando el chocolate. 

Al niño — cuenta mía es — hay que dejarle 
bien acomodado, bien seguro en la tierra... 
No se lo legaré á Camila, sino á Trini, ya 



LA SIRENA NEGRA 



245 



que un momento ha parecido tener entra- 
ñas para él... Si es preciso, me uniré á Trini 
en matrimonio, y al regresar de la iglesia... 
Quizás esto sea lo mejor. Ea! á poner en 
práctica lo decidido... Cuanto antes. Hoy 
mismo iré al balneario. Si Trini accediese, 
antes de una semana... Fingiré impaciencias 
de hombre súbitamente entusiasmado y que 
quiere lograr pronto su deseo, temeroso de 
que, al correr el tiempo, el deseo se gaste... En- 
gañaré á Camila, queme ayudará ignorando 
mis verdaderos fines... ¿Serán estos planes el 
disfraz de una cobardía ante el acto supremo? 
No; es lo contrario; es que el acto no será en 
mí fruto de un arrebato, sino cristalización de 
aspiraciones y tendencias continuas, contra 
las cuales ya no tengo defensa. Bien me he 
resistido... Ya no batallo. Seca mía, venciste. 
Te llevo en la masa de la sangre. Abre tu tá- 
lamo frío... 



Han transcurrido pocas horas desde que así 
pensaba... y en ellas cupo el suceso más espan- 
toso... No sé cómo decírmelo á mí mismo, en 



246 



EMILIA PARDO BAZAN 



mi autoconfesión... Y el suceso es lo de me- 
nos; nunca un suceso vale nada... Los efectos 
del suceso en mí... Soy otro — y de esta vez r 
soy otro para siempre... 

¿Cómo se ha inmutado mi ser? He aquí la 
que no comprendo, lo que me confunde^ y 
al mismo tiempo me inunda de dolor y de feli- 
cidad... No acierto, ni quiero, con el análisis 
de este sentir. Dos fuentes son mis ojos, y el 
manantial está tan adentro... tan adentro..! y 
se encontraba tan cerrado, tan intacto... que 
de fijo no lo agotaré nunca... 

Reconstruyo la escena á esta hora avanzada 
de la noche, entre la majestad del silencio, con 
la ventana abierta, al chisporroteo de las velas 
encendidas, hallándome libre de la sociedad 
humana, solo y acompañado... Basta! Tengo 
que escucharme á mí propio, tengo que inti- 
mar conmigo... tengo que persuadirme de esta 
maravilla que en mí resplandece. En mí! Y 
qué puede importarme sino lo que es en mí? 
En mí mismo es donde todo sucede para 
mí, aunque lo produzca algo que no soy 
yo... 



LA SIRENA NEGRA 



247 



A ver..? Las once de la mañana serían 
cuando Solís regresó de Portodor, habiendo 
dejado á Annie en el coche de Vigo. Desde la 
estrecha terraza que sombrea el emparrado, y 
en que yo estaba sentado madurando mis pro- 
yectos, con el niño — el niño! — jugando á mis 
pies, vi distintamente al profesor asomar y es- 
conderse reiteradamente, según le cubría ó no 
el follaje de los robles ó el matorral de zarzales. 
Aun cuando su faz, á causa de la distancia, no 
era sino una mancha blanquecina, se advertía 
en esa mancha algo desusado, y en el andar, lo 
mismo. Sin embargo, no venía lo que suele en- 
tenderse por descompuesto, y era doblemente 
aterrador notar cómo la resolución comunicaba 
no sé qué de automático á su andar, y, cuando 
se hubo aproximado, cómo su rostro, del color 
enfermizo de la arcilla blanca y seca, se había 
crispado y metalizado. Sus ojos, sangrientos, 
despedían un brillo de piedra preciosa, como el 
de las pupilas de los felinos. Era la salvajina 
que ventea el momento de saltar y destruir. 

Llegó ante mí, se paró en seco, sin hacer, ni 
por cortesía, la indicación de saludarme — y 



248 



EMILIA PARDO BAZAN 



deslizó la mano derecha en el bolsillo de su ca- 
zadora. Los artificiosos convencionalismos del 
respeto, la mentira social, habían desapareci- 
do. Ni él era el asalariado, ni yo el protector. 
Nos igualaba una situación dramática, anterior, 
en la historia de la humanidad, á salarios, con- 
tratos y servidumbres. 

— Ya supondrá usted á lo que vengo— pro- 
firió, apretando los dientes. 

— Sí, me lo figuro — respondí desdeñoso — . 
Ha hablado usted con Annie y trae el propó- 
sito de matarme. Falta — añadí, cediendo á 
mi espíritu de altivez sentimental — que tenga 
usted valor para ello. 

— Valor me sobra; pero... no soy un asesi- 
no. Vaya usted por su revólver y véngase con- 
migo ahí, al bosque, detrás de la piedra de la 
Moura, á que arreglemos este asunto. 

— Lo puede usted arreglar más fácilmente 
sin eso. No pienso defenderme — contesté con 
la mayor sinceridad; era, en efecto, mi propó- 
sito: ella venía á mí... y yo, cansado y anhe- 
loso á la vez, abría los brazos para recibirla y 
para estrecharla... 



LA SIRENA NEGRA 



249 



— Se defenderá usted, cobarde, mal caballe- 
ro, villano — gritó Solís, añadiendo algunas de 
esas interjecciones y calificaciones lupanarias 
con las cuales la estupidez cree reforzar el al- 
cance y sentido de la injuria—. Se defenderá 
usted, porque le voy á dar un bofetón en el 
otro carrillo, en el que no tiene usted hinchado 
de mano de mujer. 

Y su puño se tendió como una palanca de 
hierro, y me hirió brutalmente, en pleno ros- 
tro. Asomaron á mi nariz gotas de sangre, que 
salpicaron mi pechera, — y entonces oí el llanto 
desconsolado deRafaelín, que chillaba: 

—Father! Father! 

No hice caso de la aflicción de aquel cariño 
inocente... No hice caso. El negro velo en que 
ella se envuelve flotaba ante mis ojos. Lo ha- 
bía olvidado todo, todo, menos que iba á en- 
contrarme con la maga de mis ensueños; que 
iba á dormir, saturado de láudano, en su fresco 
regazo de sombra. Sacudí la cabeza; hice un 
gesto de indiferencia y perdón, y mirando á 
Solís, cuya cara era la de un precito revolvién- 
dose entre el fuego que le calcina, exclamé: 



25o 



EMILIA PARDO BAZAN 



—No me defiendo. Haga usted lo que quiera. 
Pago mi deuda... Le agradeceré que despache 
pronto. 

— Lo que quiera, eh?— repitió él con atroz 
ironía. — Pues yaque se empeña usted... — Y en- 
viando otra vez la mano al bolsillo, sacó el re- 
vólver. Vi el reflejo del sol en el cañón y, al 
mismo tiempo, sentí que me besaban ardien- 
temente unos labios suaves. Solís disparó dos 
veces... ¿Cómo sucedió lo que sucedió? Hay 
acontecimientos sin fácil explicación para quien 
en ellos interviene. Hay un instante en que las 
cosas pasan como quieren pasar, sin que, arras- 
trados por el torrente de los hechos, podamos 
intervenir, ni comprender siquiera. — Preciso 
es suponer que, al apuntar Solís. ó yo me des- 
vié involuntariamente, rehuyendo lo que de- 
seaba, temiendo el instinto lo que buscaba la 
mente, ó el pulso del homicida vaciló, hacién- 
dole torcer la puntería la misma furia de su al- 
ma. Ello es que, después de las dos detonaciones, 
yo me sentí ileso— y vi á Solís hacer un gesto y 
lanzar una exclamación de horror, correr un 
instante como si le persiguiesen, volverse, me- 



LA SIRENA NEGRA 



25l 



terse el cañón del arma dentro de la boca y 
caer hacia adelante, extendido, como un pelele 
que se sale fuera de la manta. Y, á mis pies, 
yacía el niño — un niño distinto de Rafaelín, 
porque era de cera, un niño como el que yo 
había visto en mi sueño macabro la última no- 
che que velé á la madre... 

—Hijo mío!— grité desde el fondo de mi es- 
píritu—. Hijo, nene, mi tesoro! Socorro! Soco- 
rro! Tadeo! Tadeo! Vengan, acudan... Muer- 
to, muerto mi niño... 

Y le estrechaba, y le besaba, y las lágrimas 
— para mí desconocidas — afluyeron, como 
afluyen ahora, ahora que velo al santito, ten- 
dido sobre una colcha de seda azul, cubierto 
de flores y más céreo, más blanco que nunca... 
¡Dispararon sobre mí, y cayó Rafael! No tiene 
sino una esplicación el caso horrible... La cria- 
tura, al ver que me hería en la cara el puño de 
Solís, corrió hacia mí llorando; y no pudiendo 
alcanzarme para besarme, hizo lo que otras ve- 
ces: subió medio á gatas por el declive de la 
rampa de piedra que oríllala terraza, rampa en 
que yo estaba apoyado, y se puso á mi altura, 



252 



EMILIA PARDO BAZAN 



hasta llegar á mi rostro. Los dos proyectiles 
fueron para él: uno le alcanzó en el brazo que 
levantaba; otro, por el sobaco, penetró en el 
pulmón, abrasándolo instantáneamente... 

He conservado á la víctima todo el día en mis 
brazos. No me saciaba de mirarle. Apenas he 
respondido á los interrogatorios, á las chin- 
chorrerías de la justicia humana, que empiezan 
á caer sobre mí. He dado dinero, he sembrado 
billetes, para que se me deje en libertad provi- 
sional y con el cuerpo de Rafael. En mis decla- 
raciones he tratado de salvar á todos; á miss 
Annie, la instigadora, para que no se la per- 
siga; á Solís, para que no se infame su recuer- 
do. He ordenado que se le hagan toda especie 
de honores postumos — y no he querido ver su 
cadáver, que se han llevado para las necesarias 
diligencias. A mí, que me permitan estar con mi 
niño, el que dio por mí su vida, sellando el sa- 
crificio con un beso celeste... 

¿Qué me dices, niño de mejillas blancas? 
¿Qué me sugieren tus labios de rosa troncha- 
da, y tus ojos vidriados, y tu sonrisa graciosa, 
y tu aspecto de Jesús durmiente sobre la cruz 



LA SIRENA NEGRA 



253 



de su martirio? ¿Qué efluvios me vienen de ti? 
¿Qué siento, qué pienso, qué quiero, en esta 
velada en que no reposaré, por hacerte com- 
pañía hasta el último momento en que tu frágil 
forma vuelva á la tierra? 

He aquí lo que me murmuró tu boca helada; 
el ajre que me trajeron tus alas invisibles: 

Se me figura que mi corazón, aquel cora- 
zón hastiado, recocido en todos los amargores 
de mi siglo, curtido en egoísmo, meló han sa- 
cado del pecho. Fuiste tú quien me lo arran- 
caste de allí, con tus deditos hoyosos, cortos, 
menudos; me lo quitaste como se quita un in- 
secto venenoso de la ropa de un ser querido, 
para que no le muerda, ni le dé grima, y lo 
sacudiste y lo aplastaste, y en el sitio de aquel 
corazón de cordobán, me pusiste uno de carne 
humana, reblandecido en llanto, confitado en 
humildad, transverberado por la herida del 
arrepentimiento... 

¿Será verdad? Corazón, respóndeme. ¿Eres 
tú el desesperado que andaba perdido de amor 
romántico por la Seca, y corría tras ella, con 
perversión de potencias y sentidos? 



254 EMILIA PARDO BAZAN 

No; aquél no eres. Aquél era viejo, y se ha- 
brá deshecho en ceniza. He aquí que tengo un 
corazón virgen, joven, sangrante, limpio como 
una hostia. Un corazón que se ha curado de 
las aberraciones de la muerte y también de las 
concupiscencias de la vida. Un corazón resig- 
nado, apiadado, leal, que sólo desea expiar y 
arrodillarse para que lo levanten del suelo, ó, si 
no merece tanto, lo dejen en él... 

He aquí que me complazco en postrarme, 
quebrantada la dura cerviz de mi soberbia, as- 
queado de mi sensualidad, avergonzado de mi 
dureza, fuera del laberinto de complicaciones 
miserables en que se perdió mi espíritu... He 
aquí que me siento sencillo, pequeño, bien- 
aventurado... 

En esta noche decisiva, me veo claramente, 
veo el horror de lo que fui; veo mi gangrena y 
mi laceria, ocultas bajo apariencias de elegan- 
cia moral; veo en mí, en el yo de antes, al loco 
satánico, perverso, al sembrador de odio, al 
jardinero que cultiva dolores, al vaniloquio 
que se alzaba más arriba de sus hermanos y 
compañeros en el breve tránsito... Y me pesa, 



LA SIRENA NEGRA 



me pesa, me pesa tres veces, y mis lágrimas lo 
repiten, cayendo como perlas de mansedum- 
bre, sobre la ropa y el cuerpo del Niño que 
hizo el milagro en mí. 

A cada lágrima, la Seca se aleja un paso: 
sus canillas suenan más apagadamente en los 
peldaños de la escalera... La Negra se marcha 
escoltada por su paje rojo, el Pecado; derro- 
tada, destronada... impotente... 



¡Oh Tú, á quien he ofendido tanto! Dispon 
de mí: viviré como ordenes, y me llamarás 
cuando te plazca... Pero no me abandones! Tu 
presencia es ya Tu perdón... 



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